“Hacia una filosofía de la calle”: ¿Por qué hacer una filosofía de la calle?
14/04/2026
Autor: Dr. Roberto Casales García
Cargo: Profesor Investigador de Formación Humanista

El presente libro surge como respuesta a una inquietud que algunos colegas y un servidor compartimos desde hace algunos años. Me refiero a la necesidad de llevar la filosofía más allá del ámbito académico, no porque la academia no sea un lugar propicio para la filosofía, sino porque consideramos que la filosofía no puede quedarse relegada a este ámbito. ¿Por qué hacer una filosofía de la calle? ¿Cuál es la necesidad de salir del ámbito académico para insertarse en el ámbito de lo cotidiano, de lo concreto? ¿Por qué no conformarse con habitar el mundo académico, siendo que éste ha sido el ámbito más propicio para la filosofía desde finales del siglo XVIII, principios del XIX, donde nos encontramos con grandes académicos como Kant, Fichte, Schelling o Hegel? No podemos negar que este espacio nos ha brindado muchas oportunidades de las que carecieron muchos filósofos en el pasado, filósofos, por ejemplo, que no podían dedicarse por completo al quehacer intelectual, pues, a la par que se dedicaban a pensar, debían procurarse algún medio para subsistir. Recordemos, por ejemplo, que Spinoza vivía de pulir lentes, que Leibniz era el bibliotecario, historiador y consejero de la casa de Brunswick, que Tomás Moro fue un Canciller, o que Maquiavelo fue un servidor público.

Casos excepcionales eran los de personajes como Erasmo de Rotterdam, quizá el primer intelectual que, aprovechando el impulso de la imprenta por tipos móviles, pudo vivir de sus publicaciones. En la actualidad, sin embargo, sabemos que esto es mucho más complejo de lo que parece, y que en países como México, donde tenemos una precaria cultura de la lectura es todavía más difícil. Teniendo pocos lectores y una vastísima oferta literaria, donde además competimos con una infinidad de textos producidos para el fácil consumo, la posibilidad de vivir de la mera escritura se antoja casi imposible. Contar con un espacio tan privilegiado como la academia, nos permite hacer de la filosofía una profesión en el más puro sentido del término, algo que, para muchos -incluyéndome-, marca la diferencia entre poder dedicarnos a la filosofía y el tener que dedicarnos a algo totalmente diferente. Al haberse profesionalizado la filosofía en México, según Hurtado, la filosofía ha ganado mayor concentración y rigor; al mismo tiempo, sin embargo, vemos que esa profesionalización de la filosofía también se ha visto afectada de múltiples formas. La academia, en efecto, está sucumbiendo ante los imperativos impuestos por lo que autores como Carlos Hoevel denominan como “la industria académica”.

Es esta industria la que, al extrapolar criterios mercantiles al ámbito propio de la academia, ha generado toda una serie de vicios y problemas que, si no les prestamos atención, nos pueden conducir a terrenos infértiles para el pensamiento, donde la filosofía corre el riesgo de convertirse en un saber profundamente estéril -no un saber por saber, como proponía Aristóteles, sino un saber sin más, carente de toda significación y sentido-. Una filosofía hiperespecializada, sometida al imperio del rendimiento, termina por ser una versión tergiversada de la filosofía, cuyo potencial queda totalmente confinado al ámbito de la exégesis. Y no es que la exégesis filosófica sea mala, o sea un hijo bastardo de la filosofía: el problema no es la exégesis, sino la reducción de la búsqueda sincera de la verdad a la mera adulación e idolatría, a una serie de currículums vacíos que se muestran ajenos a los problemas del día a día. Para librarse de estos peligros, la filosofía debe salir a la calle, asumir un tono callejero que le permita redescubrir su auténtica vocación, cuyo centro no sea otro más que la búsqueda sincera de la verdad. Incluso ahí donde nuestros intereses filosóficos nos llevan a seguir haciendo publicaciones que respondan a los formalismos propios de la academia, surge la necesidad de llevar la filosofía a otros ámbitos, la necesidad de atrevernos no sólo a pensar por nosotros mismos, como quería Kant, sino también de salir a la calle, de responder a las problemáticas que se dan en nuestro entorno.

Hacia una filosofía de la calle, en este sentido, es un intento personal por transitar hacia ese ámbito de lo cotidiano; es un intento por trascender las aulas, las oficinas, los papers, etc., cara a mostrar que la filosofía no es un saber estéril. La filosofía no es un saber para iniciados, ratas de biblioteca que se abstraen del mundo para elaborar tratados rebuscados sobre meras elucubraciones, sino un saber para la vida. La filosofía, decía Arendt, debe perder su arrogancia frente al mundo de la vida, dejar de ser ajena a los problemas de nuestro entorno para pasar a ser ancilla vitae. Si bien es cierto que este libro todavía no es, en sentido estricto, una filosofía de la calle, pues en él permanecen algunos remanentes de ese academicismo que cuestionó, tampoco es ajeno a dicha intención, ya que a través de este libro busco exhortarnos a no ser ajenos al mundo que nos rodea. De ahí que el libro se componga de ensayos breves, un tanto caóticos, sobre una amplia variedad de temáticas, a través de las cuales pretendo, en última instancia, aproximarme a una filosofía callejera, de lo cotidiano, de lo concreto en el sentido que le confiere Marcel a este término.