“¿El Papa? ¿Y cuántas divisiones tiene el Papa?”. Con esas palabras cargadas de sarcasmo el entonces líder de la Unión Soviética, Iósif Stalin, desdeñó a Pío XI. Se las dijo en Moscú a Pierre Laval, entonces Ministro de Asuntos Exteriores de Francia. Corría el año 1935 y Laval intentaba convencer al político ruso de acercar posiciones con la Santa Sede ante el avance del nazismo. 80 años después, Stalin yace enterrado, la Unión Soviética ya no existe y el Papado sigue siendo un referente espiritual en el mundo.
En Roma, para los corresponsales extranjeros, diplomáticos y conocedores de los entresijos vaticanos, esa frase es un constante recordatorio de que no se puede medir el impacto del Papa en términos de la política internacional clásica.
A contrapelo de cierta convicción popular, siempre es importante tener en cuenta que el poder del pontificado no es militar (la Ciudad del Vaticano apenas cuenta con 120 guardias que ni siquiera son romanos, son suizos), ni económico (su presupuesto, si bien es suficiente, es más modesto que el de cualquier municipio medio italiano), ni mucho menos territorial (apenas ocupa 40 hectáreas en el corazón de Roma).
Aun así, los Papas han detenido guerras, salvado refugiados, mediado en conflictos intestinos e impulsado la liberación de pueblos enteros. Sus palabras han sido tantas veces eficaces, muchas otras se han convertido en una voz en el desierto.
La frase de Stalin también deja en claro que el pontificado está llamado, en no pocos momentos de la historia, a ser signo de contradicción. Y que eso le ha ganado y le ganará ataques de todo tipo.
Si se camina por los Jardines Vaticanos, un muro exterior de una estación de tren muestra todavía un gran boquete, producto del bombardeo que los nazis hicieron a territorio papal el 5 de noviembre de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial.
Ni ese ataque, ni otro ocurrido meses después, cambiaron la política de estricta neutralidad del Papa Pío XII, gracias a la cual Roma no fue destruida y se lograron salvar miles de refugiados escondidos en templos y conventos de la ciudad.
Es bueno tener presente la historia para ubicar por qué se equivoca el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, al intentar meter al Papa León XIV en un contrapunto a distancia.
Esto, con un condimento grave: ataques personales e insultos gratuitos. Jamás, ni Stalin, ni los políticos opositores más acérrimos a los diversos pontífices, habían caído tan bajo. Trump lo hizo, además de pretender compararse con Jesús con una burda imagen de IA publicada (y luego borrada) de sus redes sociales.
Quizás la indignación de Trump provenga de la reciente audiencia que León XIV concedió en El Vaticano a David Axelrod, estratega principal de la campaña de Barack Obama y de Chicago, como él. Aunque esta había sido planeada desde hace meses y en un contexto completamente distinto del actual.
El mandatario parece enojado también con la negativa de la Santa Sede a secundar la incursión estadounidense en Irán, pese a la inaudita convocatoria de parte del Pentágono al nuncio apostólico en Washington, cardenal Cristophe Pierre, a una conversación privada que no tiene precedentes en la diplomacia internacional.
Pero ni las presiones, ni los insultos, ni el contexto geopolítico cambiarán la ecuación.
No lo hicieron en 2003, cuando un ya debilitado Juan Pablo II ensayó un intento diplomático desesperado por detener la incursión de Estados Unidos y aliados en Irak, que precipitó una guerra sanguinaria y la caída de Sadam Hussein.
Desgarradora fue la imagen del 16 de marzo de aquel año cuando Karol Wojtyla, totalmente debilitado, clamó desde una ventana del Palacio Apostólico: “Mai piu guerra!”. ¡Nunca más la guerra! La guerra no es siempre inevitable. Es siempre una derrota para la humanidad.
Pensar que León XIV se desviará de la misión esencial de ser artífice de paz, impulsor de la unidad y del diálogo entre los pueblos, es simplemente no comprender lo que es propio de su ser vicario de Cristo.
Por ello, la diatriba de Trump está destinada a fracasar. Simplemente porque no se ubica en el mismo plano del Papa. León XIV ya aclaró que no cesará de instar al fin de toda violencia y guerra pero, sobre todo, que no cejará en proclamar el mensaje del Evangelio.
Si no lo entiende el presidente de Estados Unidos, aumentará sus chances de precipitar en otra famosa frase que todos recuerdan en Roma y que resulta una cruda metáfora: “Chi mangia del Papa… muore!”. Quien come del Papa… muere.










