Comentarios sobre Hungría y sobre León XIV
20/04/2026
Autor: Dr. Herminio S. de la Barquera y A.
Cargo: Profesor investigador Escuela de Relaciones Internacionales

Generalmente, como mis fieles y amables cuatro lectores saben, pues poseen una memoria prodigiosa, en esta columna que perpetramos tozudamente cada semana casi nunca tratamos más de un solo tema a la vez. Sin embargo, como en estos días recientes ocurrieron acontecimientos dignos de reseñarse, hablaremos brevemente de dos de ellos: del resultado de las elecciones del pasado 12 de abril en Hungría y del choque entre Donald I y León XIV.

En Hungría, la población votó en contra de la continuidad del gobierno del primer ministro Viktor Orbán y a favor de un nuevo comienzo bajo el mandato de su rival, Peter Magyar. Para quienes estamos interesados en la expansión de la democracia y en la derrota de los regímenes autoritarios, fue una sorpresa advertir que los resultados electorales en Hungría casi no se comentaron en México, a pesar de la enorme importancia que revisten. Tras 16 años en los que el partido Fidesz y Orbán provocaron una profunda reestructuración del Estado y del régimen, el país se enfrenta a un periodo de agitación.

Con la derrota de Orbán, Hungría ha perdido a un jefe de gobierno que terminó de acuñar el término "democracia iliberal" para disfrazar su marcha hacia el autoritarismo. ¿Son las elecciones en Hungría el presagio de un cambio de paradigma en Europa? Lamentablemente no: en Polonia, por ejemplo, el partido populista Ley y Justicia (PiS, por sus siglas en polaco), que en el pasado reciente trató de doblegar al poder judicial, perdió el poder a finales de 2023, pero según las encuestas, se perfila para volver a la victoria electoral el próximo año. Esto, a pesar del buen trabajo del Primer Ministro Donald Tusk, del partido moderado Plataforma Cívica. En Eslovaquia, el primer ministro “iliberal” Robert Fico tiene la rara virtud de poder ser descrito como de izquierda, populista y conservador, todo a la vez. En Austria, el Partido de la Libertad (FPÖ, por sus siglas en alemán) lidera actualmente las encuestas y podría obtener muy buenos resultados en las siguientes elecciones, pese a su pasado reciente pletórico de actos de corrupción. En Alemania, las últimas encuestas sitúan a Alternativa por Alemania (AfD, por sus siglas en alemán) superando a los demás partidos en las preferencias electorales. Por lo tanto, no se puede hablar de una tendencia generalizada en Europa que nos indique que los electores se estén apartando de las opciones de la derecha radical y populista.

Orbán restringió severamente la libertad de prensa, el Tribunal Constitucional perdió su independencia y su influencia, pues está totalmente en manos de seguidores de Fidesz. La libertad de expresión se restringió y el sistema electoral que introdujo favoreció a su propio partido y le permitió obtener la mayoría constitucional en el parlamento por medio de la sobrerrepresentación, hasta que el pasado 12 de abril todo eso se ahogó en una marea de votos para el candidato de la oposición, que se quedó con dos terceras partes de los escaños en el parlamento.

Magyar, el candidato triunfador, proviene del partido Fidesz, lo que permite comprender su visión del mundo, que no es radicalmente distinta de la de Orbán. Pero desde que renunció al partido en el poder, Magyar se distanció mucho de él y de Orbán, concentrándose en la campaña electoral en dos puntos capitales: la corrupción y el deterioro económico de la población, lo que lo acercó a los ciudadanos. Su objetivo declarado es normalizar las relaciones con la UE, alejarse de Putin y de Trump y recuperar los 17,000 millones de euros de ayuda congelada. Recordemos que Orbán se dedicó permanentemente a torpedear casi todas las resoluciones de la UE, apoyando a Putin desde dentro de la UE y de la OTAN y estorbando cualquier ayuda a Ucrania. El carácter autoritario del régimen húngaro despertó la admiración de autócratas del mundo entero, sobre todo de Donald Trump. Sin embargo, Magyar no ha sido claro en muchos temas, como en lo relativo a la migración. Así que queda por verse cómo actuará como jefe de gobierno. Con la mayoría de dos tercios que Magyar ha logrado, teóricamente es posible derogar las leyes antiliberales de Orbán. Sin embargo, el presidente de la república, designado por Fidesz, puede retardar el proceso legislativo y recurrir al Tribunal Constitucional para que revise las nuevas leyes. Es por eso que Magyar ha pedido la dimisión del presidente, pues de esta manera podría tener más margen de maniobra e impedir que se presenten escenarios como en Polonia, en donde el Primer Ministro y el Presidente no comparten perspectivas políticas, por ejemplo, en lo referente a la UE.

Las autocracias están sin duda en auge en el mundo entero. Incluso algunas democracias están regresando a este tipo de régimen. Se está produciendo un desmantelamiento democrático, observable en todo el mundo. Es cierto que hay algunos golpes militares -como en África y Asia-, pero el panorama general es el de las democracias que se están volviendo cada vez más “iliberales”. En la actualidad, 32 países en el mundo son democracias liberales y consolidadas, con lo que representan solo el 14% de la población mundial. México, por supuesto, no está en este selecto grupo.

Donald Trump, como presidente de Estados Unidos, también está encaminado hacia el establecimiento de una democracia iliberal, pero habrá que ver si podrá continuar por esta senda. Esto dependerá de su situación política interna, de las capacidades institucionales democráticas de su país y de la salud del aspirante a monarca. Podría perder su mayoría en el Congreso en las elecciones intermedias de este año. Trump enfatiza la necesidad de una presidencia fuerte, sin control institucional, que debe gobernar el país con autoridad en tiempos de crisis. Está intentando debilitar la separación de poderes, limitar el alcance del discurso mediático e impulsar una política marcadamente antiinmigrante, incluso racista. En la práctica, esto significa que podría seguir tomando decisiones mediante decretos presidenciales. Sin embargo, si los demócratas obtienen la mayoría en ambas cámaras, tendrá dificultades para hacerlo, aunque seguramente tratará de gobernar con decretos.

Es en este mundo de democracias en retirada, del derecho internacional en peligro de extinción y de guerras en diversos escenarios es donde las declaraciones del Papa León XIII contra Trump se han intensificado. A principios de marzo hizo un llamado al diálogo para resolver el conflicto en Irán, pero sin referirse a los actores beligerantes por su nombre; en Pascua lanzó un llamamiento a deponer las armas. Hace una semana se dirigió directamente a Trump, calificando su amenaza de destruir una civilización entera de "inaceptable" y a la guerra de "injusta". Se trata de un juicio contundente, más que de una simple amonestación. Y, más recientemente, instó directamente al pueblo estadounidense a contactar a sus representantes en el Congreso para ejercer influencia sobre el gobierno. Esto va más allá de un llamamiento papal general a la paz; es una intervención directa en la política estadounidense.

La Iglesia no debe pronunciarse con vaguedad sobre temas como la guerra y la paz o las violaciones de los derechos humanos, ya que, en última instancia, nadie se sentiría interpelado. Esto difiere, por ejemplo, de los detalles de la legislación fiscal, donde la Iglesia debe mantenerse al margen. Pero en las grandes cuestiones de la vida y la muerte, la Iglesia tiene que involucrarse, ser política y tomar medidas concretas y decididas. Es evidente que el papel de un pontífice es el de pronunciarse en contra de la guerra y a favor de una paz justa. A veces esto no ocurre, como durante el régimen nacionalsocialista en Alemania y Austria, época en la que la Iglesia pudo haber hecho más. Si bien existen ejemplos heroicos de católicos que criticaron abiertamente a los nazis, incluso poniendo en juego su vida -no pocos la perdieron-, en general la Iglesia como institución guardó un silencio incómodo ante los crímenes del régimen hitleriano. El predecesor de León XIII, el Papa Francisco, intentó repetidamente dialogar con los rusos desde que inició la invasión de Ucrania. Algunos lo acusaron por ello de falta de claridad o de desconocer algunos detalles del contexto de la guerra. No se puede decir lo mismo del Papa actual, quien ha sido clarísimo, pero hay que señalar que eso depende también de la personalidad del Papa en cuestión.

Trump debe reflexionar sobre el hecho de que los católicos son cruciales en las elecciones porque ocupan una posición relativamente centrista y móvil en el panorama político estadounidense. Cuando Trump ataca a la Iglesia Católica de esta manera, pierde votantes de este centro. No solo ofendió al Papa personalmente, sino que la imagen generada por IA de Donald Trump como una figura de Cristo fue grotesca y ofensiva. Muchos cristianos la consideran blasfema. Sin embargo, algunos evangélicos fundamentalistas en Estados Unidos siempre han considerado a la Iglesia Católica como obra del diablo. Estos fundamentalistas representan el nacionalismo cristiano, mientras que ven a los católicos como globalistas y antipatriotas. Es probable que estos fundamentalistas se sientan reivindicados por los ataques de Trump contra el Papa. Sin embargo, este es su electorado principal, que vota por él de todos modos. Por lo tanto, en general, esto le perjudicará en las elecciones de noviembre porque perderá el voto de los católicos indecisos.

Los cristianos fundamentalistas radicales en Estados Unidos tienen motivos religiosos para apoyar a Israel. Creen que Cristo sólo puede regresar si se cumplen las promesas hechas al pueblo de Israel. Esto incluye la reconstrucción del Templo, destruido por los romanos en el año 70 d. C. Sin embargo, una mezquita musulmana se alza en el Monte del Templo. Algunos fundamentalistas esperan que los conflictos se intensifiquen a tal grado que esta mezquita sea destruida. Según esta creencia apocalíptica, será entonces cuando Cristo podrá regresar y comenzará el fin de los tiempos. Esta es una forma de cristianismo irreflexiva, irracional y filosóficamente ignorante. Pero tanto el embajador de Estados Unidos en Israel como Pete Hegseth, el sedicente Secretario de Guerra, pertenecen a este movimiento. Para ellos, la guerra no es sólo para proteger a Israel, sino también para poner en marcha procesos históricos que sirvan a sus objetivos religiosos, ciertamente disparatados.