
¿Puede una guerra ser justa? La pregunta, que durante años parecía asunto de tratados escolásticos y discusiones lejanas, hoy ha vuelto —sorprendentemente— al centro del debate público.
Tomás de Aquino dedicó una cuestión de su Suma Teológica a este problema. Discípulo aventajado de Aristóteles, asumió de su maestro una convicción fundamental: desconfiar de los extremos y buscar, en cambio, el justo medio. Y en el caso de la guerra, los extremos abundan. Por un lado, quienes la condenan siempre, sin matices ni contexto, juzgándola de antemano como inmoral. Por otro, quienes la justifican con facilidad, presentándola como motor de progreso, mecanismo de control o incluso como reactivador económico. Tomás no se instala en ninguno de esos dos polos.
Para el Aquinate, tres condiciones deben concurrir para que una guerra pueda ser considerada justa. Primero, que sea declarada por una autoridad competente. El cuidado del bien común implica que la autoridad no sólo mantenga el orden interno —para eso existen policías y cárceles—, sino que también proteja a la comunidad frente a amenazas externas. Segundo, que exista una causa justa: vengar una injuria, restituir lo injustamente arrebatado o defender al pueblo de una agresión injustamente padecida. Tercero, que haya rectitud en la intención de quienes combaten: que el fin último no sea la avaricia, ni el deseo de dañar, ni la crueldad de la venganza, ni ese ánimo implacable (implacatus et implacabilis animus), ni la pasión de dominio (libido dominandi), sino evitar un mal o restituir un bien.
Ahora bien, Tomás profesó un cierto pacifismo, entendido como una disposición ordinaria a la mansedumbre. Pero nunca abrazó el quietismo ni la inacción. Es verdad que en la vida cotidiana muchas veces conviene tolerar y no responder. Sin embargo, él mismo establece un límite claro: cuando está en juego el bien común, la omisión no es neutral. No actuar ante el mal, en esos casos, no es virtud, sino una forma de corresponsabilidad. La inacción puede ser trágica, sobre todo cuando deja a los más débiles a merced de la injusticia.
En la célebre cuestión 40 de la II-II de la Suma Teológica, elaborada en gran medida a partir de san Agustín, Tomás recoge una idea tan breve como provocadora: “sé pacífico combatiendo” (bellando pacificus), para que con la victoria aportes la utilidad de la paz a quienes enfrentas. No toda guerra, por tanto, contradice la paz. Algunas —al menos en principio— podrían buscarla, restaurarla o reconquistarla cuando ha sido destruida por una injusticia.
Otros pasajes de la misma Suma matizan aún más esta doctrina. Por ejemplo, que incluso en un acto de legítima defensa —y pensemos aquí en la guerra bajo esa lógica— no debe causarse un daño mayor que el que se intenta evitar. O que la defensa no debe provocar un escándalo más grave que el mal que se combate (I-II, q.96, a.4, ad 3). Más aún, Tomás no fue partidario del tiranicidio, aun en casos extremos. Antes que eliminar al tirano, privilegió otras vías: la desobediencia civil, la resistencia pacífica, la expulsión, las alianzas entre naciones y, por supuesto, la oración (De regno, lib. 1, cap. 7).
A la luz de estos criterios, las preguntas surgen inevitablemente. ¿Las actuales incursiones militares en Irán cumplen con las condiciones de una guerra justa? ¿La eliminación de líderes políticos o religiosos puede considerarse un acto legítimo? ¿Son realmente rectas las intenciones de los contendientes, o están atravesadas por intereses económicos, geopolíticos o de dominio? ¿Se han agotado de verdad los medios pacíficos —diálogo, negociación, diplomacia— antes de recurrir a la fuerza? ¿Puede garantizarse que las consecuencias de estas acciones no generarán males mayores que aquellos que se pretendían evitar? ¿Se ha evitado el escándalo, incluso en una era donde las imágenes (reales o generadas por IA) multiplican el impacto de la violencia o anticipan al anticristo?
Estas preguntas incomodan. Y deben incomodar. Porque si Tomás de Aquino tiene razón, entonces la mayoría de las guerras que la humanidad ha emprendido, y no pocas de las que hoy se libran, difícilmente cumplen con estos criterios. Tal vez por eso, más que tranquilizarnos, la doctrina de la guerra justa nos deja en una posición exigente: la de reconocer que, en la historia, las guerras verdaderamente “justas” han sido, en efecto, muy pocas. Y no creo que las actuales lo sean.










