El fin de semana pasado, la lideresa opositora venezolana María Corina Machado visitó Madrid, la llamada “Pequeña Caracas”, debido a que allí viven unos 200 000 venezolanos de los casi 700 000 refugiados originarios de Venezuela que han hallado en España un lugar para vivir, huyendo de la dictadura. Pero Machado llega a Europa con las manos vacías: han pasado más de cuatro meses desde la "extracción" estadounidense del dictador Nicolás Maduro. Machado no puede ofrecer ni una fecha para su regreso ni para la celebración de elecciones libres en Venezuela, sólo palabras de aliento e intentos por mantener unida a la oposición desde el exilio. Por el momento, no hay otra opción más que seguir esperando. Su lealtad a Donald Trump, quien la ha tratado muy mal, podría costarle muy caro.
En una rueda de prensa en Madrid, la opositora insinuó con cautela la posibilidad de celebrar elecciones en su país a finales de este año. Sin embargo, aclaró de inmediato que se atiene al guion político trazado por el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, con quien afirma estar en estrecho contacto. La fecha definitiva se coordinará con Washington "con respeto mutuo", declaró diplomáticamente. Machado, quien le obsequió a Trump su Premio Nobel, en un gesto muy difícil de entender, se ha embarcado en un arriesgado juego de equilibrio político: los estadounidenses desean calma y estabilidad bajo la sucesora de Maduro, Delcy Rodríguez, mientras que los demócratas venezolanos en el exilio anhelan regresar a una Venezuela nuevamente libre.
Pero ese juego diplomático que ha desplegado María Corina frente a Trump y su gobierno no es parejo: frente al gobierno español y su presidente, Pedro Sánchez, ha sido muy poco diplomática. Incluso podemos decir que ha cometido errores estratégicos, dejándose ver, además, demasiado ostensiblemente, con numerosos amigos populistas de derecha europeos, de quien podemos estar seguros que carecen de una vocación democrática. En Madrid, eludió las preguntas sobre sus socios estadounidenses, limitándose a prodigarles grandes elogios, lo que también sirvió para explicar por qué le entregó a Trump el Premio Nobel de la Paz. El presidente, afirmó, era "el único jefe de Estado" que había "arriesgado la vida de ciudadanos estadounidenses por la libertad de Venezuela". "Los venezolanos jamás lo olvidarán y siempre le estarán agradecidos", aseguró.
Los elogios a Trump también fueron una crítica velada al gobierno socialdemócrata español -que los populistas de derecha califican de “socialista”-, al que Machado prefirió evitar durante sus cinco días en Madrid. Se mostró, por tanto, más atenta al conservador Partido Popular (PP) y al partido populista de derecha Vox, sin que a Machado le importe que estos últimos estén en contra de regularizar a los cientos de miles de venezolanos en España que se encuentran de manera ilegal en el país.
En Barcelona, los "comunistas" estaban de celebración, declaró la presidenta regional de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, quien había otorgado a la oposición venezolana la medalla de oro de la región antes de la manifestación multitudinaria que encabezó Machado. Ayuso se refería a la reunión que sostuvieron gobernantes “progresistas” de varios países en la capital catalana, de quienes hablaremos abajo. Previamente, el alcalde del PP le había entregado las llaves de la ciudad a la venezolana, una costumbre generalmente reservada a los jefes de Estado. Y el presidente del PP la recibió en la sede del partido en una especie de marcha triunfal. Cualquier peatón que hubiese pasado por allí en esos momentos podría haber pensado que Machado acababa de ganar las elecciones españolas.
En realidad, yo pensé que el curso diplomático de Machado se corregiría después de haberse mostrado abiertamente como admiradora de Trump e incluso obsequiarle su premio Nobel. Machado se reunió en Chile, a principios de marzo, con el rey Felipe VI en el marco de la toma de posesión del nuevo presidente José Antonio Kast. La reunión con el monarca fue un buen gesto, pues todos sabemos que Felipe es un demócrata y es la cabeza del Estado español, por lo que acercarse a él le ayudaba para su posterior recepción en España. Lamentablemente, Machado arrojó por la borda estos avances al negarse a un encuentro con quien encabeza el gobierno español, el socialdemócrata Pedro Sánchez. No hay que olvidar que el gobierno de Sánchez apoyó a la oposición venezolana e incluso ofreció asilo a Machado, por lo que no había razón para alejarse de él. Además, ser socialdemócrata actualmente no equivale a ser socialista o comunista como si estuviéramos en los años 60.
Independientemente de que simpaticemos o no con Sánchez, Machado debió tomar en cuenta que, si ella es en verdad una lideresa con vocación democrática, debió buscar a un representante de un partido y de un gobierno que le demostró su apoyo, que además puede acercarla a otros Estados y dirigentes de la Unión Europea y que además le permitiría mostrarse como una dirigente opositora en Venezuela que busca más la unidad de los demócratas que la atomización ideológica. Vale la pena subrayar que la voz de América Latina en la Unión Europea generalmente resuena a través de España, no de otros países latinos, como Italia o Francia. Hay que señalar también que fue un enorme error diplomático meterse en asuntos de la política interior de España y demandar “elecciones impecables” en ese país, uno de los mejor calificados por la calidad de su democracia.
Además, ser demócrata no significa ser necesariamente “de derechas”: ¿desde cuándo es “Vox” un partido de vocación democrática, si es tan excluyente y de marcado sesgo populista y xenófobo? ¿Podría presentarse María Corina como una “presidente para todos”, si ya excluye a políticos demócratas que, a pesar de no coincidir en todo con ella, la han apoyado precisamente porque los une la convicción democrática?
La reunión de “comunistas” a la que Ayuso se refería tuvo lugar ese mismo fin de semana en Barcelona. Allí, el presidente del Gobierno, el socialdemócrata Pedro Sánchez, fue anfitrión de una iniciativa internacional para la "Defensa de la Democracia" y la "Movilización Progresista Global", una coalición de partidos socialdemócratas y socialistas. Asistieron los presidentes de Brasil, Colombia, México, Sudáfrica y Uruguay, así como el presidente del partido socialdemócrata alemán y ministro de Hacienda federal, Lars Klingbeil.
En esta reunión también encontramos a demócratas despistados: si analizamos algunos indicadores internacionales sobre la calidad de la democracia en el mundo, Alemania, Brasil, Colombia, España, Sudáfrica y Uruguay se consideran países democráticos, aunque con diferencias substanciales. La calidad de la democracia en Uruguay, España y Alemania (democracias consolidadas) es muy superior a la de Sudáfrica, Colombia y Brasil (democracias algo defectuosas), pero a fin de cuentas todos se gobiernan bajo regímenes democráticos. El único “prietito en el arroz” es México, que en muchos indicadores (como el que elabora “The Economist”) ya no figura en ese selecto club, sino que se ha resbalado hasta caer en la categoría de “régimen híbrido”, es decir, que aún conserva rasgos democráticos pero que ya tiene características propias de regímenes autoritarios.
Así que, por un lado, María Corina Machado prefirió ignorar al Presidente del Gobierno español, es decir, a una investidura, a una institución, que difícilmente habría podido ser considerado como partidario de regímenes autoritarios; Machado volvió a expresar su admiración por Trump, un personaje totalmente ajeno a las convicciones democráticas, y se reunió con la dirigencia de un partido abiertamente excluyente y populista, como lo es Vox. Pero, por el otro lado, vimos a los “progresistas” sentarse a la mesa con la representante de un régimen que, en su país, demolió a las instituciones democráticas y concentró el poder, que apoyó siempre a Maduro y que sigue apoyando al régimen autoritario cubano.
Si Machado no quiso dialogar con un socialdemócrata en Madrid, ¿cómo se entendería con la complicada oposición política y con el aparato autoritario en Venezuela? ¿Cómo gobernaría para todos? ¿Cómo conduciría a su país por los difíciles caminos de una transición hacia la democracia? Si buscaba asegurar el apoyo de su voto duro, sin duda lo logró; pero si buscaba ir construyendo un andamiaje de relaciones internacionales que sirviera para ir apuntalando una transición democrática en Venezuela y que después le ayude a interactuar con países democráticos desde el gobierno de un país en reconstrucción, entonces se equivocó tremendamente.
Y desde los “demócratas” de Barcelona no llegaron palabras de aliento para la oposición venezolana y su exigencia de elecciones libres; y tampoco hubo ni una palabra de condena para el régimen dictatorial cubano, ni se le pidió celebrar elecciones libres en la isla. Con la elección que hizo Sánchez de sus acompañantes en Barcelona, Machado vio justificado su rechazo a una reunión con él. En un comunicado dado a conocer por Brasil, España y México, se reafirmó el compromiso de esos tres países con “los derechos humanos, los valores democráticos y el multilateralismo”, haciendo además un llamamiento a un diálogo que garantice “que sea el propio pueblo cubano el que decida su futuro en plena libertad”. Pero: ¿Cómo puede ser esto posible, si no hay elecciones libres? Ni una sola palabra sobre la pésima gestión del gobierno cubano, sobre la represión sistemática de las libertades fundamentales o sobre un régimen que desde hace más de 60 años prohíbe toda forma de oposición.
No queda la menor duda: hacen falta demócratas de vocación, no demócratas despistados.










