El profesor que promueve la participación por el bien común en sus estudiantes universitarios
29/04/2026
Autor: Dra. Selene Georgina López Reyes
Cargo: Profesora Formación Humanista

Hace un tiempo escribí una reflexión titulada “El joven socialmente comprometido que era un vecino poco agradable”. Este texto sigue provocando en mí preguntas que hoy deseo retomar. De él surge un desafío fundamental, no solo para nuestros jóvenes universitarios, sino también para quienes nos dedicamos a la docencia y a la formación en la comunidad UPAEP: ¿cómo pueden los profesores fomentar la participación por el bien común en los universitarios?

Como he sostenido antes (López, 2020), participar en comunidad es un acto de amor que implica donarse y comprometerse activamente con el bien común. No hacen falta gestas heroicas; basta actuar cada día con coherencia, responsabilidad y apertura a los demás.

Desde esta convicción, propongo algunas acciones concretas para los profesores, inspiradas en la visión personalista de Karol Wojtyła (2005; 2014), que pueden favorecer en los jóvenes una participación auténtica.

1. Enseñar a reconocer la integralidad de la persona.

El primer paso para motivar la participación en comunidad es reconocer a la persona en su ser integral (Wojtyła, 2014) y en el valor que le es propio: su dignidad. Desde la perspectiva personalista, el obrar en común solo es plenamente humano cuando está guiado por el amor, entendido como la única forma adecuada de tratar a la persona (Wojtyła, 2012) y como fundamento ético de toda relación interpersonal.

El amor no es un sentimiento abstracto, sino una elección consciente por el bien. Amar es donarse: “La esencia del amor se realiza del modo más profundo en el don de sí que la persona amante hace a la persona amada” (Wojtyła, 2012, p.154).

Este reconocimiento del valor de cada persona no se transmite únicamente con discursos o excelentes cátedras, sino, sobre todo, con el ejemplo cotidiano del profesor: en la forma en que mira, escucha y se relaciona con sus estudiantes.

Algunas acciones concretas que el docente puede realizar son:

  1. Memorizar el nombre de cada estudiante y dirigirse a él o ella por su nombre.
  2. Elaborar una planeación cuatrimestral colegiada, abierta a ajustes según las características del grupo y de las personas que lo integran.
  3. Ser ejemplo de compromiso con el propio desarrollo integral, buscando su bienestar constante en los estratos corporal, psíquico y espiritual.

2. Enseñar a participar por todos y por cada uno.

Se participa verdaderamente cuando se descubre en el otro un , que es, de algún modo, otro yo, y que puede convertirse en un nosotros cuando se actúa por el bien de todos y de cada uno (Wojtyła, 2014).

Desde esta perspectiva, la participación tiene un doble criterio. Por un lado, un criterio personal: el impacto de la acción en común en la propia realización. Por otro, un criterio comunitario: que esa acción permita la realización plena e integral de cada persona y del conjunto.

En el primer sentido, la persona se autodetermina por medio de su libertad, pero siempre en relación con otros. Como señala Wojtyła, el encuentro con un “nos ayuda en el orden normal de las cosas a afirmar más completamente nuestro <<yo>> aún más a confirmarlo” (Wojtyła, 2005, p. 83.)

En el segundo sentido, la comunidad puede entenderse como un “modo común de existir y de obrar de las personas, a través del cual mutuamente se confirman y se afirman, y que sirve para la realización personal de cada una de ellas por medio de la recíproca relación” (Wojtyła, 2009, p. 236). Por eso, es fundamental ayudar a los jóvenes a comprender que el bien individual no se opone al bien común, sino que se realiza en él (Lozano Arco, 2016).

Algunas acciones concretas que el docente puede realizar son:

  1. Motivar y acompañar a los estudiantes en la organización de eventos académicos, formativos o recreativos que fortalezcan la vida comunitaria.
  2. Promover una actitud cotidiana de servicio: gestos sencillos como saludar, agradecer, escuchar o colaborar.
  3. Compartir los logros de la facultad, del área o de las personas de la comunidad, que nos posicionan como un claustro de profesores y estudiantes del que podemos sentirnos orgullosos.

3. Crear oportunidades para practicar la participación.

La participación no solo se enseña: se aprende ejerciéndola. Como explica Wojtyła, su ejercicio enseña a la persona a seguir eligiendo el bien común:

El momento de la participación se encuentra, entre otros lugares, en la elección: el hombre elige lo mismo que otros eligen e, incluso, elige porque otros eligen, pero, a su vez, lo elige como bien propio y como fin al que se tiende. Lo que elige en esos casos es el fin propio, en el sentido de que en él se realiza el hombre en cuanto persona. La participación capacita al hombre para esas elecciones y para esas actuaciones junto con otros (Wojtyła, 2014, p. 399).

Participar implica, por tanto, una actitud solidaria: no solo cumplir con lo que corresponde, sino hacerlo por el bien del conjunto (Wojtyła, 2014). El bien común es, al mismo tiempo, el bien de cada persona y de la comunidad; un bien que mueve a la persona tanto subjetiva como objetivamente, porque responde a su naturaleza social.

Desde aquí, el papel del profesor es clave: no solo debe comprender esta lógica, sino generar espacios donde los estudiantes puedan vivirla.

Algunas acciones concretas que el docente puede realizar son:

  1. Ser ejemplo de participación en investigación, acciones solidarias o proyectos institucionales orientados al bien común, como asociaciones, fundaciones o iniciativas como “Una Apuesta de Futuro”.
  2. Generar talleres que vinculen el bien común con cada profesión, área o disciplina.
  3. Propiciar espacios de diálogo entre estudiantes y organizaciones profesionales, gubernamentales o empresariales, donde se valoren y atiendan las propuestas de cada persona para el logro del bien de todos.
  4. Formar a los estudiantes en la identificación de necesidades a través del método científico, evitando intervenciones superficiales.
  5. Promover mentorías entre pares, trabajo interdisciplinario y vínculos colaborativos o de amistad que fortalezcan la comunidad universitaria.

Conclusión

A manera de conclusión, puede afirmarse que la participación, en su sentido más profundo, no es simplemente una forma de actuar en conjunto, sino una dimensión constitutiva de la persona. Desde la perspectiva de Karol Wojtyła, participar significa autodeterminarse en relación con los otros, elegir el bien común como propio y realizarse como persona en esa elección compartida.

Esto permite comprender que la participación no es un añadido externo a la vida universitaria, sino un principio antropológico y ético que orienta el obrar humano hacia su plenitud. El bien común, en este sentido, no se opone al bien individual, sino que lo integra y lo eleva, haciendo posible la realización de cada persona en comunidad.

Por ello, esta visión puede hacerse vida en el aula cuando el profesor enseña a reconocer la integralidad y la dignidad de su persona y la de los demás, forma en el don de sí y abre espacios reales para ejercer la participación.

La participación no se reduce a acciones esporádicas, sino que se convierte en un estilo de vida que se expresa en prácticas cotidianas.

Aunque se trata de una tarea exigente, estoy convencida de que puede integrarse de manera natural en el modo habitual de enseñar y de relacionarse con los estudiantes. Así, el profesor UPAEP no solo transmite conocimientos, sino que forma personas capaces de participar por el bien común.

Referencias:

López, S. G. (2020). Amar para participar en comunidad: una propuesta desde la psicología comunitaria y la teoría de la participación wojtyliana. Quién: Revista de Filosofía Personalista, (11), 83–101.

Lozano Arco, S. (2016). La interpersonalidad en Karol Wojtyła. Editorial Cultural y Espiritual Popular, S. L.

Wojtyła, K. (2005). Trilogía inédita II: El hombre y su destino (P. Ferrer, Trad.; J. M. Burgos & A. Burgos, Eds.; 4ª ed.). Ediciones Palabra. (Escritos de antropología realizados entre 1970 y 1978).

Wojtyła, K. (2009). Trilogía Inédita III, El don del amor (A. Esquivias, Trad.; J. M. Burgos & A. Burgos, Eds.; 5ª ed.). Ediciones Palabra. (Escritos de antropología realizados entre 1950 y 1979).

Wojtyła, K. (2012). Amor y responsabilidad (J. González & D. Szmidt, Trads.; J. M. Burgos, Ed.; 4.ª ed.). Ediciones Palabra. (Obra original publicada en 1960)

Wojtyła, K. (2014). Persona y acción (2ª ed.). Ediciones Palabra.