Rememoraciones sobre el amor
30/04/2026
Autor: Dr. Roberto Casales García
Cargo: Profesor de Formación Humanista

Mientras que para algunos hablar del amor es algo cursi y simplón, algo poco serio y que no merece la pena tematizar, en mi caso el amor fue mi primera aproximación al mundo de las humanidades. Aunque aún era muy joven para tener plena consciencia de lo que hacía, desde los seis años experimenté una profunda necesidad no sólo de entender qué es el amor, sino también de vivirlo en carne propia, de amar y ser amado. Intuía que el amor, más que el conocimiento, la fama o la gloria, era lo único por lo que realmente valía la pena vivir. No sabía por qué, ni entendía mucho qué era eso de amar y ser amado, pero me sentía profundamente seducido por el amor. Eso fue lo que me acercó al ámbito de la poesía, donde pronto advertí que uno podía escribir y ahondar sobre los misterios del amor. Así, con tan sólo seis años, escribí un primer poema sobre el amor, donde advertía que, detrás de las complejidades y los  pesares que pueden acompañar a esta vivencia, se oculta una cierta promesa de sentido y esperanza por la que vale la pena apostar. Desde esa temprana edad advertía que el amor conlleva una promesa de eternidad y vida que se extiende hasta el fin del mundo, así como también una esperanza para vivir, algo que dota a nuestra existencia de plenitud, incluso ahí donde su vivencia puede ser dolorosa.

No creo que a esa temprana edad entendiera todo de cuanto escribía; me atrevería incluso a decir que mi escritura estaba inspirada más por el corazón y el sentimiento que por la razón y la comprensión. Escribía cuanto sentía, cuantas cosas llegaran a mi precoz pluma, incluso cuando muchas terminaran rayando en lo cursi o fueran totalmente superficiales. Advertía, sin embargo, que nadie más a esa edad tenía el mismo tipo de preocupaciones que me llevaban a escribir, que hablar del amor era algo que a la gente no le interesaba, incluso a pesar de que experimentaran también esa necesidad de amar y ser amados. En mi caso, sin embargo, esa necesidad se fue transformando en algo todavía más complejo, de modo que, aunque renunciara a mi carrera como poeta, siempre he considerado que el amor es un tema vital. Renuncié a mi carrera como poeta, pero no a mi interés por el amor y su vivencia, lo que quizás sea una de las razones más importantes por las que terminé estudiando filosofía.

Mi primera vivencia sobre amor estuvo profundamente marcada por dos experiencias contrastantes: desde que era muy pequeño advertí una diferencia radical entre el amor que se vivía en la casa de mis abuelos paternos, y la difícil relación que se daba entre mis abuelos maternos. A través de mis abuelos paternos descubrí que el amor es capaz de vencer cualquier adversidad, no sólo la de tener cuatro hijos que poco a poco perderían la vista por una extraña enfermedad genética, sino también por la enfermedad de mi abuela. Desde que tengo uso de la memoria, mis abuelos fueron un gran ejemplo de vida en lo que respecta al amor: recuerdo, por ejemplo, que gracias a los cuidados de mi abuelo, mi abuela vivió más tiempo del que le habían dado cuando fue diagnosticada con una diabetes severa. Quizá ahora diríamos que, con los debidos cuidados, una diabetes así podría ser llevadera durante varios años. Pero en aquel entonces esta enfermedad era poco conocida y se antojaba como una enfermedad letal, a la cual le seguiría una muerte pronta. A mí abuela le habían diagnosticado tan sólo dos años de vida, pero los cuidados de mi abuelo hicieron posible que ella, a pesar de que a veces cometía algunas travesuras y se comía aquel pan dulce que le estaba prohibido, vivera más de ocho años con una buena calidad de vida.

Recuerdo que siempre que íbamos en carretera, mi abuelo solía hacer tantas paradas como pidiera mi abuela, especialmente cuando se trataba de algún antojo en particular, como aquel de comprar fruta en los puestos que solía haber a lo largo del camino. Mi abuelo siempre procuró a mi abuela, siempre la consintió y cuidó, tanto así que, cuando falleció mi abuela, mi abuelo padeció una enfermedad muy fuerte del corazón. Se había centrado por completo en el cuidado de mi abuela, tanto que había descuidado casi por completo su propia salud. Cuando mi abuelo falleció, unos años más tarde, descubrimos entre sus tesoros un pequeño diario que conservaba de su juventud, donde narraba cómo conoció a mi abuela y cómo solía subirse al camión sólo para encontrarse con aquella bella muchachita que lo tenía cautivado. Mi abuela fue su primera y única novia, su primer y único amor. De ahí que no sea raro que fueran, para mí, un ejemplo paradigmático de lo que es el auténtico amor y de lo mucho que se puede lograr cuando hay un amor sincero.

En el caso de mis abuelos maternos me topé con una realidad muy diferente, una relación profundamente marcada por el dolor, por la traición y por todos los daños y perjurios que puede provocar el machismo. Si bien no recuerdo haber escuchado de algún maltrato físico, tengo muy presente todo el maltrato psicológico que vivieron tanto mi madre y mi tía, como mi abuela, un maltrato que incluso experimentamos en carne propia. Mi abuelo siempre hizo menos a mi abuela y a sus dos hijas, ocasionando que nuestra relación siempre fuera distante y fría, y que entre nosotros sólo mediara un cierto respeto que mi madre nos exigía. Al final de cuentas, fue mi abuelo quien durante muchos años le dio un trabajo estable a mi padre, incluso cuando constantemente se empeñara en ponerle el pie o en hacerle la cosa difícil. No dejo de reconocer, sin embargo, que al final de su vida supo pedir perdón, muy a su modo y estilo, pero con un profundo y sincero sentir. A pesar de todo el dolor que mi abuelo causó, mi madre supo transmitirnos la importancia de vivir el amor de forma auténtica, un amor centrado en la búsqueda del bien ajeno (algo que, por supuesto, había aprendido tanto de su madre, como del ejemplo de mis abuelos paternos). Mi madre tuvo el valor de transformar ese dolor en lecciones de vida que nos marcarían por siempre, logrando que el mal no tuviese la última palabra ni en su vida, ni en la nuestra.

Puedo decir, en este sentido, que mi madre tuvo la fortaleza no sólo para sobrellevar ese dolor que tanto daño le hizo, sino también para abrirse a la vivencia de un amor sincero como el que encontró en mi padre, en su madre, en mis abuelos paternos y, por supuesto, en sus hijos. Gracias a mi padre, mi madre descubrió otra forma de vivir el amor, de experimentar lo que es la vivencia sincera de la donación, de construir un hogar, una familia y de fundar una genuina escuela de amor. Soy dichoso de haber heredado esa escuela de amor, de ser artífice de mi propia familia y de poderle transmitir todas lecciones de vida a mis seres amados.