En México, cada 30 de abril celebramos el Día del Niño. Esta fecha es una oportunidad para discursos oficiales, para regalos, para festivales escolares y para llamados —por supuesto— hacia la protección de la infancia. Sin embargo, habría que preguntarnos algo que se aleja un poco de este plano festivo y que tiene que ver con cómo significamos esta celebración de niñas y niños en un país atravesado por la exclusión, la desigualdad, la violencia y el abandono estructural.
La pregunta no es menor, pues abordar el tema de la infancia no es solo dar cuenta del futuro de las personas o, incluso, de una forma de ternura; es construir un discurso sobre un presente y sobre una sociedad que se encuentra fracturada. En México, millones de niñas, niños y adolescentes crecen en contextos atravesados por violencias que aparecen de forma subrepticia, pero que dan cuenta de complejos procesos de exclusión, racismo y abandono estructural y simbólico.
Dicha realidad es tan compleja que incluso las formas de abandono no escapan a sectores que podrían considerarse privilegiados. Aquí aparecen nuevas lógicas de desamparo articuladas con la individualización del sujeto, un exceso de competencia, una colonización de lo digital y una erosión de los vínculos tradicionales.
Todo lo anterior obliga a afirmar algo con total claridad: no podemos hablar de paz en el mundo mientras las infancias viven en condiciones de abandono. En este punto vale la pena realizar una precisión: la paz no puede entenderse solo como la ausencia de violencia; no puede ser únicamente orden, ni del mundo ni del sujeto. La paz implica una idea de justicia ligada al reconocimiento, a los cuidados y a la posibilidad de una convivencia en la que no queden sacrificados ninguno de los agentes involucrados en la búsqueda de la prosperidad de algunos.
Por tanto, es importante hablar de una educación para la paz que no se reduzca a la enseñanza o resolución de conflictos en la escuela. Es importante promover campañas de convivencia buena y sana, pero es insuficiente. Una educación para la paz exige cuestionarnos cuáles son las características de la sociedad que estamos construyendo y cómo estamos contribuyendo a su conformación. Si en la escuela reproducimos competencia feroz, formas legitimadas de exclusión, jerarquías y desigualdades, difícilmente puede ser un espacio que funcione como semillero para la paz.
Si las niñas y los niños solo son vistos como una población vulnerable y, por tanto, como un objeto de intervención y administración, y no como sujetos con voz y dignidad, estamos perdiendo una dimensión profundamente democrática e inclusiva de la educación.
Hoy necesitamos pensar una forma de educación para la paz inclusiva. ¿Y qué significa esto?
Primero, reconocer que la paz inicia donde termina el abandono estructural y simbólico. Por tanto, no puede haber una cultura de paz si aceptamos normalizar que determinadas infancias vivan en constante exposición a la precariedad y la violencia.
Segundo, asumir que no hay paz sin una pedagogía de los cuidados. Estas pedagogías colocan en el centro una verdad profunda: la vida solo es posible porque alguien nos cuida. Sin embargo, el cuidado en muchas instituciones sigue siendo invisibilizado, ausente y precarizado; incluso, tratado como algo que solo concierne al ámbito familiar o a lo privado.
Quizá uno de los retos más urgentes de la educación sea justamente aprender y enseñar a cuidar: cuidar a los otros, cuidar lo común, cuidar el espacio que habitamos, cuidar el discurso, cuidar la vida. No como algo meramente sentimental, sino como un principio político.
Educar para la paz no es solo formar ciudadanía; es conformar una “cuidadanía”, donde las personas sean capaces de vivir con otros desde la corresponsabilidad. Esto es una urgencia en un país como México, pues frente a las violencias que nos atraviesan no es suficiente una política que contenga; hacen falta formas para la reconstitución del tejido social.
Eso también empieza en la escuela, pero no se limita a ella: debe aparecer en la comunidad, en los barrios, en los juegos, en las aulas, en las experiencias y en la escucha de niñas, niños y jóvenes. Porque una educación para la paz no puede limitarse al mero disciplinamiento y obediencia; consiste, más bien, en aprender a estar con el otro sin destruirnos, en comprender la diferencia y en transformar los conflictos sin convertir al otro en enemigo.
Consiste en producir una escuela en donde se ensaye, de forma sistemática, otra lógica de estar juntos. Y aquí la infancia tiene algo que enseñarnos a los adultos. Hay algo profundamente político en el juego, en el recreo y en la imaginación del infante. Allí donde los adultos solemos administrar lo posible, las infancias inventan y reinventan otras formas de existencia.
Tal vez, entonces, imaginar la infancia es pensarla también como la posibilidad de un nuevo comienzo.
En este Día del Niño, más que felicitar a la infancia, habría que establecer nuevos compromisos con ella: compromisos en donde ningún niño, niña o adolescente crezca sintiendo que su vida vale menos; comprometernos con una educación que no solo nos prepare para competir, sino también para cuidar; comprometernos con una paz que no solo esté en el discurso o en la ley, sino que sea visible en la práctica cotidiana.
Porque la educación para la paz no es adaptar a la infancia a este mundo roto, sino formarles para poder reconstruirlo.
No me imagino una tarea más urgente que esta.
Feliz Día del Niño










