Memoria y Legado: Un Homenaje al Ing. José Antonio Quintana Fernández
08/05/2026
Autor: María Quintana Gómez
Cargo: Secretaria de la Junta de Gobierno

En el marco de las celebraciones por el 53 aniversario de UPAEP, nuestra comunidad universitaria se vistió de gala para honrar la memoria de uno de sus pilares fundacionales. En un acto cargado de simbolismo y gratitud, se llevó a cabo la develación de la placa conmemorativa en honor al Ingeniero José Antonio Quintana Fernández, cuyo nombre desde hoy identifica y da vida al Centro Cultural UPAEP.

Este espacio, que el Ingeniero Quintana impulsó con pasión desde su concepción, se erige ahora como un testimonio permanente de su amor por la cultura, el arte y la identidad poblana. Durante la ceremonia, su familia compartió palabras que no solo recordaron su trayectoria como fundador y líder visionario, sino que revelaron la profundidad humana y la brújula espiritual que guio cada una de sus acciones. A continuación presentamos el discurso que María y Antonio Quintana Gómez, hijos del Ingeniero, leyeron durante este acto.


Buenos días a todos los presentes: autoridades, académicos, alumnos y amigos de nuestra muy querida comunidad universitaria UPAEP. En representación de toda mi familia y en el mío propio, agradezco mucho a mis compañeros de la Junta de Gobierno y de la comunidad universitaria por este reconocimiento para mi papá. Pero, más aún, agradezco el cariño y el respeto que le profesaron en vida, y con el que nos han arropado ahora que ya no está con nosotros.

Hablar de mi padre, José Antonio Quintana Fernández, es hablar de un hombre cuya vida estuvo tejida por la coherencia entre lo que creía y lo que hacía. Muchos de ustedes lo conocieron como el incansable fundador de la UPAEP, como el líder con visión o como el hombre de acción. Hoy, con motivo de este reconocimiento, me permito compartirles su gusto y disfrute por la cultura, así como sus deseos y convicciones que hoy se han convertido en su legado cultural.

Fue un admirador de la belleza, amante de las expresiones artísticas, coleccionista de arte religioso, promotor de la cultura e investigador empírico. Su amor por la cultura empezó desde casa: su abuelo paterno era un coleccionista quien dejó un legado que podemos disfrutar todavía. Su abuela materna —pintora, al igual que su madre— fue quien le transmitió el gusto por la pintura, en especial por los bodegones.

De mi abuela Ana María podemos disfrutar, entre otros cuadros, el Viacrucis de la iglesia de Santo Domingo en Puebla. Ella tomó clases de pintura con Ignacio Dávila y con el padre Carrasco, prestigiados pintores poblanos de la primera década del siglo XX. Su casa siempre contó con diversas obras de arte; algunas tan importantes que, cuando mi abuela quedó viuda y se vio en la necesidad de sacar a sus tres hijos adelante, le vendió a don José Luis Bello y González algunas piezas que todavía se conservan en el Museo Bello (el de la 3 y 3), como el pabellón flotante: una espectacular embarcación hecha de marfil con más de 20 personajes individuales.

Por otro lado, su tío Arturo, que vivía en el piso de abajo de su casa de la calle Reforma, contaba con una excelente biblioteca de la que mi papá era asiduo; disfrutaba, además de los libros y la lectura, los grabados del Quijote de la Mancha, la Divina Comedia o la Historia de Roma. Su tío, Alejandro Ruiz Olavarrieta, fue dueño de lo que hoy conocemos como Casa del Alfeñique, además de generoso mecenas y promotor artístico de la época.

Toda esta herencia cultural recibida la hizo vida. Admiraba obras de arte visitando museos mientras pudo hacerlo presencialmente y, en sus últimos años, navegando en catálogos virtuales y páginas de internet. Devoraba libros de diferentes temas, los analizaba y los compartía. Apreciaba mucho las expresiones artísticas y culturales autóctonas de nuestros pueblos, encontrando en ellas las raíces más profundas de nuestra raza mestiza. Disfrutaba de la música, principalmente de los tangos. Los paseos dominicales al centro y los viajes culturales de fin de año también eran toda una tradición familiar.

Fue un hombre de una profundidad interior silenciosa y poderosa; gran devoto e investigador de la Virgen de Guadalupe, lo que lo llevó a promover e impulsar su devoción. Recuerdo su emoción cuando tuvimos la bendición de ir con el Centro de Estudios Guadalupanos a ver de cerca a nuestra Madre del Tepeyac; me decía: "Me emocioné tanto que no pude ver el tono de su piel".

Mi padre guardaba doblado en su cartera un pequeño pedazo de papel que consultaba con frecuencia. No eran cifras ni recordatorios de tareas pendientes; era una brújula espiritual y vocacional que definía su propósito. Ese pensamiento, que fue motor de su entrega, decía así:

"La cultura se debe considerar como el bien común de cada pueblo, la expresión de su dignidad, libertad y creatividad, el testimonio de su camino histórico. En concreto, solo desde dentro y a través de la cultura, la fe cristiana llega a ser histórica y creadora de historia".

Investigando después, nos dimos cuenta de que esta cita está tomada de la Exhortación Apostólica Christifideles Laici, firmada por San Juan Pablo II. Con esta frase entendimos que, para mi padre, la vida no se trataba simplemente de transcurrir por el tiempo, sino de crear historia. Él entendía que la cultura no es algo ajeno a nosotros, sino la manifestación más pura de nuestra dignidad y libertad.

Por eso, su compromiso con la acción social a través de la educación no era solo técnico o académico: era profundamente humanista. Colaboró en la fundación de la UPAEP convencido de que la universidad debe ser un espacio donde la cultura y la fe no se opongan, sino que converjan y se nutran; donde se funden espacios de encuentro, de crecimiento y de trascendencia. Creía firmemente que, para que nuestra fe y nuestros valores tuvieran un impacto real en el mundo, debían encarnarse en la cultura de nuestro pueblo.

Su intención no era solamente formar profesionales exitosos, sino seres humanos integrales que, a través de su creatividad y testimonio, transformaran la realidad social. Su convicción era que la cultura se construye desde dentro: desde las comunidades, las tradiciones, los valores y la fe vivida en lo cotidiano. Visualizaba la fe cristiana no como un discurso aislado, sino como una fuerza viva que, encarnada en la cultura, se vuelve historia que transforma realidades.

La cultura al servicio del pueblo nos hace reconocer que cada persona tiene una voz, una historia y una identidad que se pone en común para construir comunidad; y que, como tal, merece ser defendida, valorada y promovida. Nos hace apostar por la libertad como una posibilidad real de crear y de transformar, entendiendo que la creatividad no es un lujo, sino parte de la esencia de lo más humano.

Crear corrientes de pensamiento y formar líderes que transformen nuestra sociedad —como anuncia nuestra misión y nuestro ideario— solo es posible cuando somos congruentes entre nuestra historia, lo que somos hoy, y nuestro futuro; cuando, de manera decidida y valiente, apostamos por la difusión de nuestra identidad católica y promovemos la dignidad humana. Pues nadie enciende una lámpara para esconderla debajo de la mesa, sino sobre el candelero para que todos vean la luz. Tomemos con firmeza esa luz que heredamos y que la UPAEP siga siendo ese candelero para todos los pueblos y naciones.

Es muy significativo para nuestra familia que este espacio cultural y museo —en el cual estuvo involucrado desde su concepción, desde las primeras ideas hasta su reciente remodelación— lleve su nombre. Fue promotor del primer museo UPAEP en el centro histórico de Puebla y de sus múltiples expresiones. Seguidor de las obras de teatro de Sergio Álvarez, donde personalmente iba a los camerinos del Teatro Principal a felicitar al reparto. Estaba convencido de que, a través de esta expresión artística, el ser humano recibe formación y trasciende integralmente.

Junto con varios amigos aquí presentes, como Eduardo Merlo, fue también relator del legado cultural de Puebla, escribiendo sobre la Catedral o las iglesias anteriores al siglo XX. Asimismo, escribió sobre sus devociones para contagiarnos de fe hacia los santos patronos que nos guían, como San Miguel del Milagro o el Beato Juan de Palafox, además de su amada Guadalupana.

En su última visita a este museo, con mucha satisfacción de verlo concretado, le enseñaron las instalaciones. Recuerdo lo contento que salió, siempre insistiendo en hacerlo atractivo y accesible para que los muchachos y la sociedad poblana pudieran disfrutarlo. Ya imaginaba acciones para que todo el esfuerzo cultural de la Universidad se difundiera con más pertinencia e impacto, convirtiéndose en un hito de referencia.

Su humildad nunca le hubiera permitido aceptar este reconocimiento. Él tenía muy claro que su trabajo no era para ser premiado en este mundo; trabajaba para el cielo. Siempre pensaba que no había esfuerzo suficiente, que siempre se podía hacer más. Es ese espíritu de lucha y su necesidad de ver realizada la gran promesa: "Reinaré".

Hoy, ese papel que guardaba con tanto celo en su cartera se ha materializado en la Universidad; se ha transformado en cada muro, en las aulas y, sobre todo, en el espíritu de cada uno de ustedes. El compromiso de la UPAEP, a 53 años de su fundación, sigue siendo el mismo que movió a mi padre y a los demás fundadores: ser una universidad católica y valiente que defienda el bien común.

Sigamos, como él, siendo creadores de historia. Recordemos que la cultura es el instrumento donde la fe se hace vida y esperanza. Que la cultura que forjamos día a día sea siempre el testimonio de nuestro camino hacia una sociedad más justa, más libre, más humana y profundamente cristiana.

Muchas gracias.