
Según la literatura judía (Talmud de Babilonia, Sanhedrín, 97b), en cada generación de seres humanos existen 36 justos;, sí, 36 personas extremadamente buenas gracias a las cuales el mundo se sostiene. Son gente humilde y sencilla. No son figuras públicas ni ocupan puestos de liderazgo político o religioso. El mérito de este puñado de santos consiste en contener la ira divina y evitan que el mundo sea destruido debido a la maldad sistémica, acumulada y cotidiana que los seres humanos nos empeñamos en acrecentar.
Estos justos (tzadikim) son santos ocultos. Son demasiado pocos. Pero su existencia demuestra que incluso unos cuantos pueden inclinar la balanza de la historia. Son prueba de que la marcha de la humanidad no depende de mayorías estadísticas, sino de una minoría justa y santa.
Yo me pregunto seriamente si, cuando hablamos del “liderazgo transformador” estamos acentuando más la transformación social— esa bondad introducida en el mundo que hace el contrapeso en la historia de un pueblo— o si, más bien, ponemos más énfasis en el protagonismo del líder: fama, prestigio, presencia, fotos, likes, influencia.
Si nos fuera dado transformar el mundo para bien a cambio de nuestro absoluto anonimato, ¿lo aceptaríamos? ¿O acaso es el ego el que pesa más en la ecuación? ¿Aceptaríamos ser uno de esos 36 justos a cambio del disimulo y de pasar desapercibidos incluso para nuestra familia, nuestros amigos y la sociedad? ¿Qué buscamos en el fondo cuando hacemos el bien?
Porque no es lo mismo la caridad que se anuncia a trompetazos que aquella en la que “la mano izquierda ignora lo que hace la derecha”. El anonimato, en una era de hipervisibilidad, se ha vuelto casi un sinsentido. Y, sin embargo, ahí se juega la autenticidad: si nadie te aplaude, si nadie te etiqueta, si nadie te da like… ¿sigues haciendo el bien? Esa es la pregunta incómoda que los tzadikim responden cada día con su vida.
Si nos fuera dado, por el contrario, hacer poco, pero aparecer mucho, ¿nos seduciría este protagonismo de lentejuela y oropel? Confieso que a veces sí. Hay una seducción peligrosa en ser reconocido, en que te inviten a dar entrevistas, en que tu nombre aparezca en el cartel del evento. Pero el protagonismo sin sustancia es como el humo: se disipa en cuanto sopla un poco de viento. Y lo peor no es que los demás se den cuenta, sino que nosotros mismos terminemos creyendo que aparecer es lo mismo que servir. Ahí radica una de las trampas más sutiles de un liderazgo malentendido.
Por supuesto, alguien me dirá que ambas cosas deben buscarse cuando hablamos del bien: ser y parecer. ¡Y estoy de acuerdo! Sólo que el ejercicio de pensar las alternativas por separado nos ayuda a purificar las intenciones y descubrir dónde se encuentra realmente el centro de gravedad de nuestras acciones. Porque, cuando el parecer pesa más que el ser, comenzamos a actuar para el público, y el público, como todos sabemos, es un amante infiel: hoy te ovaciona, mañana te olvida. En cambio, cuando el ser es lo fundamental, el parecer se convierte en una consecuencia natural y no en una obsesión.
¿En una universidad quiénes son esos pocos que hacen mucho? ¿El vigilante de la entrada, que recibe a los estudiantes con un “buenos días” que les cambia el ánimo antes de empezar la jornada? ¿La bibliotecaria que atiende con una sonrisa y nos ayuda a encontrar ese libro que ni siquiera sabíamos que necesitábamos? ¿El maestro de matemáticas que explica con paciencia y vuelve sencillo lo difícil, aunque nadie le tome una fotografía para redes sociales?
¿En UPAEP quiénes serán esos 36 tzadikim que mantienen en pie a la Universidad? No lo sé con certeza, pero sospecho que no aparecen muy seguido en el “correo del día”, en los encartes o en las portadas. Andan en los pasillos, en los talleres, en los laboratorios, en el área de limpieza o en las oficinas de servicios escolares resolviendo problemas con paciencia.
Y, mirándolo bien, ¿realmente estoy yo, que escribo o leo esta columna, entre ellos? No lo creo. Pero saberlo al menos me hace consciente de que debo proponérmelo.
El mal siempre es estridente. Escandaloso. Todos notamos la injusticia: el acoso, la violencia, el agandalle, la pereza, la incompetencia. Por el contrario, el bien es silencioso. Es como esa sonrisa que se ofrece sin esperar nada a cambio o como una flor que abre sus pétalos al amanecer sin testigos.
El bien más profundo y eficaz es casi imperceptible, pero precisamente así transforma vidas con mayor fuerza. Porque lo que se impone por mediante el ruido o la fuerza rara vez cambia el corazón. En cambio, aquello que se entrega en la penumbra, con humildad y constancia, va horadando la piedra, no por su fuerza, sino por su caer de continuo: gota a gota, día a día.
En una era de las redes sociales, donde se confunde fama con liderazgo y visualizaciones con verdadera incidencia, es momento de ser nosotros el contrapunto: ser buenos, profundamente buenos… incluso si ello implica asumir el costo de la invisibilidad.
Porque la historia, a fin de cuentas, no la transforman los que más ruido hacen, sino los que más amor siembran en tierra fértil. Y esos, querido lector, casi nunca aparecen en los espectaculares ni en las tendencias del momento. ¡Pero sostienen el mundo! Y eso, para quien ha entendido de qué va la vida, es más que suficiente.










