Entre los resultados de la Encuesta Nacional sobre Usos y Percepciones de la IA en la Educación Superior, llama la atención que, ante el aumento significativo del uso de IA para redactar textos, los investigadores se cuestionen si la escritura sigue siendo el mejor referente para evaluar el aprendizaje. Resulta especialmente llamativo que quienes realizaron este análisis lleguen a semejante interrogante, sobre todo cuando sabemos que la escritura y el pensamiento mantienen un vínculo irrenunciable.
Si una de las finalidades de la educación es enseñar a pensar, parecería contraintuitivo renunciar a la escritura como medio para evaluar el aprendizaje. Quizá, más bien, debiéramos replantear nuestras formas de evaluación sin abandonar los procesos de escritura. En lo personal, me preocupa más que mis estudiantes deleguen la tarea de pensar a la IA que el hecho mismo de recurrir a ella para librarse de actividades mal planteadas y fácilmente sustituibles por estos medios.
De ahí que considere necesario retar a los alumnos a articular sus pensamientos mediante escritos más personales, donde se atrevan a pensar por sí mismos sin la ayuda de la IA, parafraseando el ideal kantiano de la Ilustración. La educación, dice Kant, debe “hacer madurar el entendimiento y activar su desarrollo, ejercitándolo en juicios de experiencia y obligándole a prestar atención a lo que las sensaciones de los sentidos, comparadas entre sí, pueden enseñarle”. El estudiante, según Kant, “no tiene que aprender pensamientos sino a pensar; no se le debe llevar sino guiar, si se quiere que en el futuro sea capaz de andar por sí mismo”.
No es que el docente tenga que transformarse en malabarista para llamar la atención del estudiante, pero sí debe hacer del aprendizaje algo retador, algo que los obligue a salir de su zona de confort y los lleve a pensar por sí mismos, sin quedarse con fórmulas fáciles de repetir. Un buen docente de matemáticas, por ejemplo, no es aquel que facilita la fórmula para resolver tal o cual problema, sino aquel que enseña por qué esa fórmula funciona, obligando al estudiante a comprender su razón de ser. No se trata de dar filosofía for dummies, sino de retarlos a hacerse aquellas preguntas fundamentales que puedan brindarles mayor claridad sobre su propia existencia. Educar es, en buena medida, enseñar a pensar.
En el caso particular de mis materias, tengo la mala costumbre de pedirles cada periodo que escriban cartas personales (algo que la IA no puede hacer de forma sincera): el resultado siempre ha sido conmovedor. Si les damos la ocasión a nuestros alumnos, ellos tienen todo el potencial para salir del anonimato y expresar aquello que les parece más apremiante. Resulta realmente gratificante descubrir lo profundos que pueden ser nuestros estudiantes, especialmente cuando los alentamos a pensar por sí mismos, tal y como puede verse en las siguientes cartas:
Carta anónima
Querida Clara:
Hace poco, y con la finalidad de cumplir una asignación en una de mis materias, leí una compilación de correspondencia entre el licenciado Adolfo Mancera y el doctor Roberto Casales titulada Pensar la vida desde una perspectiva filosófica. He de confesarte que, al momento de comenzar la tarea, me acerqué a ella con el mismo cinismo que le dedicaba a los demás trabajos. El cansancio de las últimas semanas y aquel sentimiento de añoranza hacia mi hogar, que crecía en mi pecho, me provocaban un desánimo que se manifestaba en la monotonía con la que ejecutaba aquellos trabajos finales, cuya exorbitante cantidad hacía que cada uno se sobrepusiera al otro, creando un torbellino de listas donde, sin importar cuánto se tachara, nunca se terminaba.
Por eso fue una grata sorpresa darme cuenta de que el libro captó mi atención y me hizo pensar en aquellas discusiones que solíamos tener cuando la carga académica nos sobrepasaba y cada ensayo producido parecía igual de insulso que el anterior.
No pude sino recordar aquella frase que te leí en voz alta una tarde de junio: “Lo único que sé es que he desperdiciado todos estos años buscando algo, una especie de trofeo que sólo obtendría si realmente hiciera lo suficiente para merecerlo. Pero ya no lo quiero, quiero algo más ahora, algo cálido y protector, algo a lo que pueda recurrir, sin importar lo que haga, sin importar en quién me convierta. Algo que estará ahí, siempre, como el cielo de mañana.”
La primera vez que leí esta frase, sacada de una de aquellas novelas policiacas que solía leer para matar el tiempo, comprendí lo irrelevante que parecía todo. Había estado evadiendo la verdad durante mucho tiempo, acallando la duda con los elogios de los demás, mientras por dentro me cuestionaba si lo obtenido compensaba realmente lo perdido. ¿De qué me servían ahora los interminables diplomas, sino para acumular un polvo que con la luz del sol se tornaba dorado? ¿De qué servían los trabajos dedicados a la reflexión si su cantidad exorbitante provocaba que el único pensamiento al realizarlos fuese la inminente fecha de entrega?
Esta cuantificación del saber, tema recurrente en la correspondencia de ambos autores, se presenta como un ideal excelencia; sin embargo, como se menciona a lo largo del libro—y como tú y yo experimentamos de primera mano—, solo conduce a la pérdida de una curiosidad genuina, reemplazada por la indiferencia y por una actitud centrada únicamente en producir, donde conseguir reposo se vuelve intolerable, pues esos periodos de quietud nos recuerdan todo aquello que “podríamos” estar produciendo.
A pesar de lo pesimista que pueda parecer esta introducción, y evitando disuadirte de leer el libro, quiero decirte que vale la pena hojear sus páginas. El texto debate a fondo estos temas, criticando la forma en que la sociedad ha evolucionado hacia un mercado fundamentado en la producción constante y en la instrumentalización del pensamiento estudiantil, mientras simultáneamente alienta la desconexión entre pares y desalienta mirar más allá de los propios horizontes interpretativos, creando una cultura individualista y propensa al descarte.
Y cuánta razón tienen estas palabras. Basta observar la facilidad con la que descartamos aquello que deja de ofrecernos satisfacción inmediata, o la rapidez con la que una crisis reemplaza a otra. Por momentos, pareciera que el mundo es un conjunto de gritos, cada uno intentando imponerse sobre la cacofonía que conforma la opinión pública. Resulta confuso desenvolverse en este mundo ¿no es así? Vivimos entre transiciones constantes, entre la creación de nuevos valores y la transvaloración de otros.
Constantemente me pregunto cómo afrontaremos esto. Sin embargo, siguiendo las reflexiones planteadas en aquellas correspondencias, el único remedio parece ser amar al otro sin condiciones, luchando contra la soledad que tantas veces se nos impone. Para ello, debemos enfrentar esas verdades de frente y permitirnos ser libre de aquellas ataduras que nos orillan a traicionarnos a nosotros mismos para vendernos a un mundo que nos mira como productos, cuya oferta y demanda dependen de estándares inalcanzables aplicados indiscriminadamente sobre cualquiera que exista.
Por tanto, y en vista de que lo único verdaderamente mío son mis sentimientos y emociones, no me queda más que reiterarte que siempre tendrás mi más sincera amistad. No puedo prometerte permanecer inamovible ante los cambios que el mundo intente hacer sobre mi persona, ni jurarte que nunca intentaré encajar en ese molde preestablecido que se me ofrece cada vez que abro los ojos para recibir un nuevo día; pero sí puedo garantizarte que tu presencia jamás podrá ser removida de mi ser.
Carta de Luis Felipe García Saravia
Querida Pau:
Creo que la primera pregunta que te estarás haciendo es por qué te está llegando esta carta. Tu mejor amigo, Pipe, te está enviando esto en vez de mandarte algo por Insta o activar nuestra racha. La verdad es que sentí que era un buen momento para algo así: algo especial que no hacemos todos los días.
No sé si lo has notado, pero ya pasó casi un año desde que nos veíamos a diario, cuando hablábamos en persona sobre la universidad y las carreras, la cena de graduación y los viajes de verano. Para mí todo eso aún se siente como si hubiera ocurrido ayer. Me cuesta demasiado creer que estamos por terminar nuestro segundo semestre en la universidad; todo lo que veo a mi alrededor todavía parece nuevo, extraño e intimidante, en muchos más aspectos de los que me gustaría admitir.
Sinceramente creí que la nostalgia se desvanecería poco a poco, que el sentimiento de añoranza se volvería más débil con el paso del tiempo; pero, a pesar de todo lo bueno que esta nueva etapa me ha dado, mi mente sigue regresando a hace algunos años, cuando realmente nos sentíamos libres.
Estas ideas han rondado mi cabeza desde hace tiempo, aunque no había encontrado una manera concreta de expresarlas. No veía sentido en desahogarme sobre ello, pues pensaba que nada cambiaría el hecho de que la nostalgia solo puede sobrellevarse intentando tolerar y apreciar sus efectos en la vida diaria.
Al menos eso pensaba hasta que, por una serie de coincidencias, me encontré a mi mismo leyendo el texto de un libro del que no sabía qué esperar. Definitivamente no imaginaba encontrar ahí una oportunidad para expresar con mucha más claridad todo lo que ha cruzado mi cabeza sobre no solo esta etapa, sino nuestras vidas; lo que creímos que serían nuestros caminos hace unos años, el poco tiempo que el mundo—o nosotros mismos— nos hemos dado para mirar nuestra vida en retrospectiva, las personas en las que nos estamos convirtiendo sin darnos cuenta y todo aquello que nos espera en esos rincones de la vida sobre los que todavía no queremos pensar demasiado.
Pensar la vida desde una perspectiva filosófica es el libro del que te hablo. Y sí, sé exactamente lo que estás pensando. A primera vista no suena como algo que ni tú ni yo consideraríamos interesante. Al final, ambos somos ingenieros y, en teoría, nuestra naturaleza parecería alejarnos de la filosofía o de la reflexión más personal.
También sé que generalmente no eres la persona más dispuesta a escuchar mis consejos, pero creo que nos encontramos en una situación muy particular. No solo tú y yo, sino también todos nuestros amigos, la familia que construimos durante tres años y que poco a poco veo diluirse entre vidas cada vez más distantes unas de otras. Imagino que no debo ser el único con estas ideas de nostalgia rondando mi cabeza.
Hace unos días vi un TikTok que mencionaba, de pasada, la importancia de no desperdiciar los mejores años de tu vida. Sobre el papel, al menos para mí, esa idea resulta emocionante, porque como adolescentes muchas veces tenemos impregnada la idea de que esos años dorados aún están por venir, muy cerca en el horizonte, pero todavía no del todo presentes. Sin embargo, nuestra realidad ya es otra.
Creo que estamos atravesando una primera etapa de esos años dorados. Una etapa diseñada para descubrirnos y desafiarnos, pero que solo puede existir si nosotros permitimos que así sea. Tal vez por eso existe esta nostalgia postpreparatoria: porque hace apenas un año, todos esos momentos de crecimiento, plática, risas, consejos, planes y aventuras aparecían diariamente en nuestra vida. Los vivíamos constantemente y los disfrutábamos porque sabíamos— aunque fuera inconscientemente— que formaban parte importante de nuestro crecimiento.
Ahora todo es muy distinto. Las distancias y las responsabilidades nos han forzado a cambiar la dinámica. También sabemos lo que la mayoría diría frente a esto: que podemos vivir experiencias similares en la universidad, con las personas que conectan con nosotros aquí. Y sí, hay algo de razón en ello. He conocido amigos increíbles; las personas de mi carrera son geniales y el grupo de amigos que he formado aquí también lo es. Pero, aún así, muchas veces me descubro pensando que no es igual.
Las personas con las que terminas formando un grupo en la preparatoria no se unen únicamente por intereses académicos o habilidades; son vínculos construidos desde una conexión genuina entre cientos de personas que coinciden en una misma etapa de la vida.
Creo que lo que realmente intento decir es que esta nueva vida— la tuya y la mía— llena de nuevos entornos, responsabilidades, libertades y personas, avanza casi al límite de velocidad. A veces veo hacia el horizonte y siento un nudo en la garganta al no encontrar una pausa posible, un descanso que nos permita reflexionar verdaderamente sobre lo que hemos vivido, sobre cómo hemos cambiado respecto a quienes éramos cuando nos veíamos todos los días.
Me preocupa que la velocidad con la que nuestras vidas avanzan termine haciéndonos menos conscientes del tiempo que transcurre y de las brechas que poco a poco se abren en relaciones que durante años fueron fundamentales para nosotros.
Creo que existe un punto de equilibrio perfecto entre la vida universitaria y la vida que teníamos antes de sentir el peso de la carrera sobre los hombros. Son relaciones distintas para momentos distintos de la vida. Y sinceramente creo que, después de un año viviendo un estilo de vida tan diferente al que estábamos acostumbrados, todos podríamos intentar volver a sentirnos como esos jóvenes emocionados por ser mayores de edad y dispuestos a aprovechar hasta el último segundo ese campus que llegamos a considerar un segundo hogar.
¿Por qué creo que necesitamos detenernos a reflexionar sobre nuestro pasado? Porque hay pocas personas que me conocen tan bien como tú. Sabes todo lo que he cambiado en estos años y también aquello que sigue intacto desde que éramos niños en el patio del Ángeles.
La realidad es que sabes cómo fue la pandemia para mí. En apariencia, fue una agradable estancia de casi un año y medio en casa con mi familia. Pero, aunque en ese momento parecía algo extraordinario para un niño de primero de secundaria obsesionado con los superhéroes y Star Wars, en realidad terminó siendo mucho más importante de lo que podía imaginar.
Durante la cuarentena, me dio tiempo para mirar mi vida con perspectiva; pensar en lo que realmente había hecho hasta entonces, en aquello que me interesaba y en los amigos con quienes mantuve un contacto verdadero a pesar de la distancia. Medité sobre mis ambiciones y sobre lo que buscaba en la siguiente etapa de mi vida.
Pero no soy el único que siente que desde que terminó el confinamiento la vida no ha tenido frenos. La pandemia se siente a veces cercana y, al mismo tiempo, como si hubiera ocurrido hace diez años. Creo que no hemos vuelto a tener una pausa semejante para reflexionar sobre nuestras vidas.
Nadie quiere otro encierro, así que creo que algo como esto— una conversación a corazón abierto en medio de todo el ruido— es lo más cercano que tendremos a esa pausa.
El momento en el que el libro logró conectar conmigo fue cuando habló de la distancia. Solemos pensar primero en el distanciamiento físico, en cómo las relaciones parecen debilitarse cuando dejamos de ver a alguien todos los días. Pero el texto plantea algo distinto: que el sentido de nuestras relaciones no depende únicamente de la cercanía constante, sino de la profundidad con la cual decidimos vivirlas.
Esto fue clave para mí. Comprender que lo verdaderamente importante es cuánto significamos el uno para el otro. Además, me parece que ambos sabemos que, en ese aspecto, estamos bien.
Tú has sido el apoyo más fuerte y resiliente que podría haber pedido, y espero poder ser para ti ese mismo respaldo incondicional. Creo que ahí está la verdadera base de nuestra amistad: el apoyo mutuo. Ambos sabemos que no tiene sentido que uno avance mientras el otro se queda atrás.
Los momentos de triunfo compartido— tanto en la prepa como en Éxodo— fueron los que nos hicieron más cercanos; ver al otro superar cada pequeño o gran obstáculo que su propia forma de ser o la vida le ponía enfrente.
Justamente el libro habla sobre la crítica al individualismo y sobre lo fácil que resulta encerrarnos en nuestros propios problemas, metas y decisiones. El hecho de que nuestra amistad siempre haya funcionado como un equipo, como un dúo donde los temas del otro interesan tanto como los propios, demuestra lo fructífera y valiosa que ha sido y lo mucho que deberíamos trasladar esa lógica a nuestras demás conexiones, relaciones que tenemos día a día, tanto con conocidos y amigos, como con el mundo en general.
Este no tan breve mensaje es el empujón que necesitabas para escucharme y leer el libro por ti misma, porque creo que, al igual que yo, también estás buscando esa pausa: esa oportunidad de pensar lo que son nuestras vidas, valorar la amistad más fuerte que podría pedir y seguir echándole coco para procurar que esa distancia con la que la vida quiso probarnos siga siendo apenas de veinte minutos de uni a uni.
Con más cariño del que sabes,
Tu mejor amigo,
Pipe.










