¿Una ontología de la “perrada”?
13/05/2026
Autor: Dr. Juan Pablo Aranda Vargas
Cargo: Director Académico del IPBC

En mis clases, el término “perrada” se ha convertido en un lugar común, un significante que, no obstante, en ocasiones desborda su significado. Hace poco, irresponsablemente solté la palabreja en una reunión seria, solemne y profesional (el tipo de congregación de grandes mentes donde mejor haría alguien como yo permanecer en silencio… máxima que alguien como yo, dolorosamente, rechaza obedecer la mayoría de las veces). Sirva este espacio, pues, para ofrecer una explicación respecto de mi imprudencia y despejar, al menos, algunos yerros interpretativos.

La importancia del concepto, de este terminajo al que tanto y con tanto gusto recurro, estriba, primero, en su capacidad de comportarse como un puente conceptual que permite abandonar el esnobismo académico y adentrarse en las discusiones del vulgo (vulgus: pueblo, multitud, populacho, masa… en otras palabras, quienes no poseen sino conocimiento superficial). Una segunda razón para abordar tan curiosa empresa—quiero decir, preguntarnos por una ontología de la perrada—es disipar malentendidos que podrían emerger cuando pulcros y educadérrimos oídos se topan con semejante terminajo. Vayamos, pues, a nuestro esbozo—que no a una ontología completa, porque ni soy filósofo de profesión ni hace falta llegar al extremo de escribir un tratado, tratándose (perdónese la cacofonía) de un término como el que nos ha reunido aquí.

Primer postulado ontológico: La perrada no define, ni explica, ni actualiza, el ser de nadie. La perrada **no delimita un quién o unos quiénes echando mano de indicadores socioeconómicos, raciales, etnográficos, históricos ni ideológicos. No es perrada el rico por ser rico ni el pobre por ser pobre; tampoco puede aparejarse el concepto “perrada” a una tonalidad de piel, a una determinada ideología, creencia, religión o superstición (por estrambótica que esta sea). Nadie es perrada en un sentido sustantivo. La idea de perrada, por el contrario, sirve para explicar determinado momento (“aquí-ahora”) de un “yo” cuyo actuar obliga describirlo momentáneamente como parte de aquello que llamamos “perrada”.

Segundo postulado ontológico, primero fenomenológico: de lo dicho anteriormente se sigue, necesariamente, que más que de una ontología como tal, deberíamos ensayar una fenomenología. Porque, si la noción de “perrada” no puede aplicarse a ningún ser humano en tanto sustancia—porque, insistamos, nadie es perrada—, entonces quizá deberemos entender la perrada como un modo específico del actuar humano, como contenido de determinada praxis; un modo que no puede ser descrito como necesario a la persona, sino como meramente accidental. El individuo deviene, **aquí-ahora, perrada a partir de determinados comportamientos que se verifican en sociedad. No debe, pues, decirse: “éste es perrada”, sino más bien: “éste se comportó aquí como perrada” (énfasis en la conjunción).

Propongo al lector aquí el mismo experimento mental que ofrezco a mis estudiantes cuando quiero explicar de qué hablo cuando hablo de la “perrada”. Considere un primer escenario: lo reto a usted a tomar una piedra y lanzarla contra los cristales de la oficina del rector. Naturalmente (a menos que esté usted dominado por un espíritu sociopático, anárquico o nihilista), se negará a cometer esta travesura, que muy probablemente le costaría el trabajo, por no hablar de una denuncia formal. Imagine ahora un segundo escenario: se encuentra usted en una manifestación junto con cinco o diez mil individuos; uno de ellos, de repente, lanza una piedra que destroza los cristales de un Oxxo cercano y, acto seguido, escucha una voz que invita a saquear la tienda. En medio de gritos revolucionarios, agresiones y silbidos contra la autoridad, la oportunidad de hacerse con un Sprite y unos Rancheritos se antoja mucho más plausible que la travesura del escenario anterior.

¿Qué cambió? La persona que usted es, convengamos, sigue siendo la misma. Nada ha cambiado en su quién más íntimo. Sin embargo, su comportamiento sí cambia cuando se encuentra en medio de una masa. Encontramos aquí el principio que explica por qué algunos ciudadanos pueden, en terminadas condiciones, participar en un linchamiento o un acto de vandalismo. Al preguntárseles: “¿quién es responsable?”, todos se mirarán con genuina confusión. La respuesta es clara: nadie es responsable. El comportamiento de masa no cambia el ser de las personas, pero sí las difumina; las cubre, por así decirlo, con una capa que las hace invisibles, que convierte a las personas en una masa anónima. Es, precisamente, ese anonimato, ese momentáneo eclipse de la identidad personal, lo que elimina de un tajo la responsabilidad, permitiendo al colectivo hacer aquello que, en lo individual, difícilmente cada uno se atrevería.

¿Qué es, pues, la “perrada”? La perrada es el resultado del proceso de oscurecimiento momentáneo del “yo” cuando éste se encuentra dentro de la masa; proceso que lo reduce a la enésima iteración de un sujeto sin rostro ni características propias; una copia. Este proceso no ocurre, como hemos dicho, a nivel del ser, sino más bien a nivel del comportamiento social, y solamente es observable en la forma del accidente, del comportamiento del “yo” como sujeto masificado en un punto determinado del tiempo.

Vivimos un tiempo de confrontación estúpida y salvaje, donde las sociedades se parten en dos, creyendo cada bando ser el bondadoso que se enfrenta a la maldad absoluta representada por el “otro” radical. Ricos y pobres, demócratas y republicanos, los “buenos y genuinos” católicos contra los “falsos y malos” católicos, chairos y fifís… la lista no termina. Todos y cada uno de estos binomios pecan de forma similar, a saber: niegan de entrada la posibilidad misma de la diversidad ad intra y ad extra de estos grupos.

Contra estas falsas ontologías, contra la reducción simplista de los seres humanos a una sola **de sus características, es necesario comprender que toda ontologización que pretende hacer aquí lo que el cristianismo espera al final de los tiempos— a saber, la separación del trigo y la cizaña, las ovejas de los cabritos (Mt 25:33)— es falsa, opresora y anticristiana.

Cuando hablo de “perrada”, por ende, busco explicar a mis estudiantes que todos somos potencialmente perrada cuando renunciamos a la excelsa obligación de pensar, de razonar críticamente. En ese “todos” hay, a mi parecer, un potencial democratizador brutal, tanto positivo como negativo. Positivo, porque la democracia exige a las sociedades nutrir a sus niños, niñas y jóvenes con las intuiciones, virtudes e ideales necesarios para alcanzar, en su vida adulta, un comportamiento ético y cívico. Negativo, porque cuando la democracia se reduce a un vulgar método de votación y se cierran los espacios para la formación de areté, de excelencia y virtud, la frontera entre democracia y populismo se borra; así como también la frontera entre verdad y mentira, justicia e injusticia, y la vida social termina convertida en mera supervivencia.

No tengo miedo, por tanto, a las personas por ser ricas o pobres; blancas, amarillas, trigueñas, mulatas o púrpuras; no me asusta que crean en esto o en aquello, que tengan esta o aquella preferencia, que vengan de determinado lugar del mundo o que recen de una u otra forma. No. Tengo miedo de todo aquel que se rehúsa a pensar, que resiste todo esfuerzo civilizatorio, que sigue las tendencias de forma acrítica (idiotizado en su teléfono); a todo aquel que cree que leer es perder el tiempo y que cultivar el espíritu contemplando obras de arte nos hace necios e insensibles a los verdaderos problemas de la humanidad (¡como si la estupidez no fuera uno de ellos!); tengo miedo al que ha renunciado a la participación política porque “todo es un cochinero” y se retira a su vida privada como si esta no estuviera íntimamente afectada por las condiciones de la existencia pública de su comunidad; tengo miedo al que solamente sigue patrones, al que, buscando su identidad, la sacrifica con tal de pertenecer a un grupo (¡al que sea!); tengo miedo, pues, a todo comportamiento que finge ser social pero que, en última instancia, destripa al individuo de su condición de persona, convirtiéndolo en mero engranaje de un proyecto totalizador.

Es a ello a lo que yo llamo el “fenómeno de la perrada”.