Trump, Xi Jinping y Taiwán
19/05/2026
Autor: Dr. Herminio S. de la Barquera y A.
Cargo: Profesor Investigador Escuela de Relaciones Internacionales

Su Majestad Donald I está de visita oficial en Pekín. Desde antes de la llegada del presidente estadounidense, ya se especulaba en medios diplomáticos y militares hasta qué punto la isla de Taiwán (oficialmente, República de China) sería un tema central en las conversaciones entre Trump con Xi Jinping, el poderosísimo presidente de la República Popular China (RPC). No es ningún secreto: desde hace décadas, la RPC considera a Taiwán como una provincia rebelde que pertenece a su territorio y que, tarde o temprano, debe reincorporarse a él, incluso mediante una invasión militar. Tradicionalmente, Taiwán ha sido protegida por Estados Unidos, pero todos sabemos que Donald Trump sólo le es leal y fiel a sí mismo, que parece gozar traicionando a sus aliados y que su admiración por los autócratas —como Putin y Xi Jinping— es mucho mayor que la que siente por los demócratas, como los taiwaneses, por lo que no sería raro que nuevamente abandonara a este tradicional aliado en aras de fortalecer su relación con Pekín.

La isla de Taiwán, conocida en el pasado como Formosa (del portugués ilha Formosa: “isla hermosa”), tiene una extensión aproximada de 36 mil km², situada frente a las costas de la China continental, separada de esta por el estrecho de Taiwán. Al norte se encuentra el mar de la China Oriental; al sur, el mar de la China Meridional; y su costa oriental está bañada por el océano Pacífico. Su capital es Taipéi y es considerada una de las democracias más sólidas del mundo.

Trump llegó el miércoles 13 a Pekín en un escenario muy diferente al de su primera visita en 2017. En aquel entonces, Xi Jinping todavía se encontraba consolidando su poder interno y Estados Unidos consideraba que China podía ser contenida mediante una fuerte presión comercial y diplomática. Hoy, nueve años después, las cosas han cambiado: China es tecnológicamente más avanzada, militarmente más poderosa y posee una presencia global mucho mayor, en parte debido a los errores estratégicos estadounidenses de las últimas décadas, incluidos los del propio Trump. Además, el presidente estadounidense llega a esta visita sumamente debilitado por su desastrosa guerra en Irán.

Trump aseguró hace un par de días que hablaría con Xi sobre la venta de armas estadounidenses a Taipéi, rompiendo así un tabú ****que durante décadas habían respetado tanto republicanos como demócratas: Estados Unidos nunca consultaba con Pekín sus decisiones sobre exportaciones militares a Taiwán. Este hecho preocupa enormemente al gobierno de Taipéi y a sus aliados Japón y Corea del Sur, ambos también aliados de Washington.

Recién hace cinco meses, la Casa Blanca anunció un paquete de venta de armas a Taiwán por un valor de 11 mil 100 millones de dólares —una cifra récord—, mientras que otro programa adicional de al menos 14 mil millones ya se encuentra en preparación. Según ha trascendido, Pekín habría intensificado la presión sobre el gobierno estadounidense para que modifique su política hacia Taiwán y se oponga a cualquier intento de independencia formal de la isla. Esto supondría un cambio radical en la postura internacional de la Casa Blanca y tendría profundas implicaciones geopolíticas, pues dejaría el camino libre para que la China comunista pudiera apoderarse por la fuerza de Taiwán. Ello representaría un enorme peligro no sólo para la isla, sino también para Corea del Sur, Japón e incluso para los propios Estados Unidos, que se estarían dando un balazo en el pie, algo en lo que parece que Donald I se está convirtiendo en experto.

La pregunta es si Taiwán podría convertirse en un peón dentro de la lucha por el poder global entre Trump y Xi. Todos saben que el presidente estadounidense se impresiona fácilmente con los halagos, las alabanzas y las recepciones ostentosas, fastuosas y pomposas, como las que ha recibido en Pekín, donde parece contemplarse a sí mismo como el centro del universo. En ese contexto, podría estar dispuesto a hacer concesiones políticas y firmar deals con una sonrisa de oreja a oreja. Además, mientras China persigue sus objetivos estratégicos con paciencia y visión de largo plazo, Trump carece de esa perspectiva y suele exigir resultados inmediatos, lo cual favorece claramente a Pekín. Para Trump, todo es negociación entre hombres poderosos que sellan acuerdos con un apretón de manos: Xi quiere Taiwán; Trump quiere Venezuela, Cuba, Groenlandia e Irán. ¿No sería, desde su lógica, un buen deal si cada quien obtiene lo que quiere?

Es muy probable que ambas partes anuncien acuerdos importantes: por ejemplo, la compra de cientos de aviones Boeing, compras adicionales de productos agrícolas y energéticos estadounidenses por parte de China, nuevos formatos de inversión o incluso acuerdos relacionados con tierras raras. Sin embargo, nada de ello debe ocultar que el conflicto de fondo entre ambas potencias continúa escalando. Estructuralmente, la relación sigue siendo tensa: Estados Unidos quiere mantener su ventaja tecnológica frente al país asiático, reducir su déficit comercial y disminuir su dependencia de China en bienes estratégicos. Naturalmente, Pekín tiene una visión diferente. Además, la experiencia ha demostrado que los grandes acuerdos entre Trump y Xi no siempre se cumplen: en 2020, por ejemplo, China se comprometió a realizar compras adicionales de bienes y servicios estadounidenses por aproximadamente 200 mil millones de dólares, algo que finalmente nunca se materializó.

Ambas partes han anunciado que discutirían el tema de Taiwán. En la isla, esto siempre genera preocupación. La situación se agrava aún más porque Trump todavía no ha aprobado un acuerdo de venta de armas a Taiwán por valor de 14 mil millones de dólares, pese a que ya fue respaldado por el Congreso estadounidense. Esto sugiere que podría estar utilizando los envíos de armas como moneda de cambio en sus negociaciones, lo que constituye una grave ruptura con la política tradicional estadounidense. Lo cierto es que cada vez que un presidente estadounidense viaja a China, en Taiwán se encienden las alarmas. Y no sin razón: cuando Richard Nixon se convirtió en el primer presidente estadounidense en visitar Pekín, en 1972, allanó el camino para el posterior reconocimiento diplomático de la República Popular China y el desconocimiento de Taiwán como Estado soberano.

Estados Unidos es, con diferencia, el principal proveedor de armas de Taiwán. Generalmente, los presidentes estadounidenses han manifestado su disposición a defender la isla en caso de una invasión china; Trump, en cambio, no la ha hecho. Esta ambigüedad —típica de Trump en muchos asuntos— genera nerviosismo entre los aliados de Washington y Taipéi, pues existe el temor de que en Pekín se consolide la percepción de que Estados Unidos no acudiría en defensa de Taiwán.

Muchos taiwaneses temen esta situación, especialmente aquellos cercanos al gobierno, que poseen una fuerte identidad taiwanesa y se sienten amenazados por China continental. Sin embargo, esto no se aplica con todos: algunos prefieren no tensar aún más las relaciones con Pekín o siguen considerándose culturalmente chinos, aunque este grupo se ha reducido notablemente con el paso de los años. La complejidad de la relación con China también se refleja en el debate sobre el rearme militar. Recientemente, el Parlamento —controlado por la oposición— aprobó un presupuesto especial de defensa significativamente menor al solicitado por el presidente Lai Ching-Te. La oposición justificó el recorte alegando preocupaciones por posibles actos de corrupción y falta de transparencia, aunque también busca captar el voto de quienes temen una confrontación abierta con Pekín.

Cuando, en la década de 1990, representantes chinos preguntaron al entonces subsecretario de Defensa estadounidense, Joseph Nye, si Estados Unidos defendería a Taiwán, este respondió: “No lo sabemos y ustedes tampoco”. Y tenemos que confesarlo: seguimos sin saberlo. Las declaraciones categóricas de Joe Biden en su momento fueron, en realidad, una excepción. Otros presidentes estadounidenses fueron considerablemente más cautelosos, pero todos dejaron entrever su disposición a seguir apoyando a Taiwán, al menos mediante la venta de armamento sofisticado. Existen numerosos indicios de que Estados Unidos apoyaría firmemente a Taiwán en caso de crisis: el papel central de la industria taiwanesa de semiconductores y la ubicación estratégica de la isla respaldan esta idea. El general Douglas MacArthur comparó a Formosa bajo control comunista con un portaaviones insumergible. Si Taiwán cayera en manos de la República Popular China, la posición estadounidense en el Pacífico occidental se vería gravemente debilitada. Pero la pregunta sigue siendo: ¿lo entenderá Trump, quien, según él, pretende fortalecer a Estados Unidos mientras en realidad parece debilitarlo sistemáticamente? Y además, si necesita a Pekín para influir sobre Irán, ¿qué le pedirá Xi a cambio?

Predecir lo que hará Donald I es arriesgado. Sin embargo, es muy probable que haya dicho algo bien recibido en Pekín, aunque ambiguo y cuidadosamente calculado para no poner en peligro posibles acuerdos. Trump ha generado una enorme inquietud internacional y ahora necesita demostrar que todavía tiene la situación bajo control y que sigue obteniendo resultados. Aunque eso tampoco signifique demasiado: unos días después podría afirmar exactamente lo contrario. Recordemos que parece padecer el “síndrome de la Chimoltrufia”: “Así como digo una cosa, digo otra”. Por ello, desde la perspectiva taiwanesa, lo menos importante es lo que Trump haya dicho en Pekín; lo verdaderamente relevante será comprobar si su administración desbloquea pronto el acuerdo de venta de armas para Taiwán. Como de costumbre, Trump mantiene a todos en vilo.