Uno de los mayores problemas de la filosofía política contemporánea, según Axel Honneth, reside en que, al estar desacoplada de un análisis de la sociedad, se limita a permanecer en el ámbito de lo normativo. Así comienza la introducción de El derecho de la libertad, una de las obras más significativas de quien es actualmente considerado el principal representante de la tercera generación de la Escuela de Frankfurt.
De acuerdo con Honneth, no es que la filosofía política no deba abordar principios normativos; el problema surge cuando, al prescindir del análisis de lo social, se limita a enunciarlos sin considerar la realidad social a la que se pretende aplicarlos. No es raro, así, que muchas propuestas contemporáneas de filosofía política se centren en la relación entre justicia y libertad sin considerar las condiciones sociales sin las cuales no es posible ningún tipo de libertad y, por ende, ningún tipo de justicia. No en vano Arendt afirmaba que a la filosofía le hacía falta perder su arrogancia frente al mundo de la vida, para volverse ancilla vitae.
No podemos esbozar una teoría de la justicia sin partir de los requisitos estructurales de las sociedades actuales, ya que, como sostiene Honneth, “en sus instituciones, en sus prácticas y en sus rutinas sociales cobran forma las convicciones normativas que comparten los miembros de la sociedad y aquello que constituye los objetivos de su contexto de cooperación”. En ese sentido, Honneth advierte que uno de los principales problemas reside en la relación entre justicia y libertad, en tanto que “la orientación hacia la justicia es sólo una expresión de nuestra capacidad subjetiva de justificarnos… de cuestionar los órdenes sociales y de exigir su legitimación moral”.
El problema recae, por tanto, en la forma en que se caracteriza la libertad. Partiendo de la distinción que hace Isaiah Berlin entre libertad negativa y positiva, Honneth añade una tercera caracterización: la libertad social. De acuerdo con Honneth:
Mientras que la primera idea, la negativa, parte de la base de que para la libertad individual solo es necesaria una esfera protegida jurídicamente en la cual el sujeto pueda hacer y deshacer según sus preferencias, sin verificación ulterior, la segunda, la reflexiva, subordina esta libertad a la obtención de resultados intelectuales que, por otra parte, son pensados como ejecuciones normales de todo sujeto competente. Solo la tercera idea de la libertad, la social, acarrea condiciones sociales adicionales, porque la ejecución de la libertad está ligada al requisito de un sujeto bien avenido, que confirme el objetivo propio.
Honneth muestra, en este sentido, que las dos primeras ideas de libertad ofrecen una concepción de la justicia meramente formal, mientras que la tercera enfatiza la estructura intersubjetiva de la libertad, la cual sólo es posible mediante ciertas instituciones que no sólo aseguren posibilidades de acción, sino que también dispongan de “esferas de acción en las cuales se puede experimentar libertad social en distintas formas de la acción comunicativa”.
La libertad social se asocia, así, con prácticas, costumbres y roles sociales indispensables para hablar de una auténtica justicia social. Para Honneth, tanto la libertad negativa como la libertad reflexiva resultan insuficientes para establecer “nuevos contextos sustanciales de acción que, a su vez, contengan objetivos valiosos con lazos vinculantes”, ya que sólo representan “posibilidades de la libertad que nos permiten distanciarnos, revisar o rechazar ciertas relaciones de interacción dadas”, pero no conforman en sí mismas una realidad compartida intersubjetivamente dentro del mundo social.
La libertad social, por el contrario, se inserta en la realidad social, donde los sujetos se desarrollan a partir de relaciones de reconocimiento mutuo. Solo somos plenamente libres cuando nos comprendemos como parte de complejos institucionales de carácter intersubjetivo, en virtud de los cuales establecemos relaciones de reconocimiento recíproco.
De acuerdo con Honneth, la libertad social se desarrolla fundamentalmente en tres esferas o instituciones relacionales: la esfera de las relaciones personales, la esfera de la economía de mercado y la esfera de la vida público-política. Comprendida desde estas tres dimensiones, no solo se advierte que nadie es plenamente libre de manera aislada, sino también que la justicia no se reduce a una mera distribución de derechos. Dada la relación entre justicia y libertad, se sigue que esta solo es posible allí donde existe la posibilidad de desarrollarnos libremente, especialmente cuando se habla de una justicia social.










