I
Terminó el mundial… terminó para México. Caras tristes, lágrimas gruesas y honestas derramadas ante la impotencia y la desilusión. La vieja y necia iteración volvió a instalarse en el espacio de la realidad: Del ¿Y si sí? al Perdimos como siempre. En ese anhelo del “quizás hoy sea diferente” el mexicano puso el corazón entero, confió, creyó, se envalentonó—¿qué son esos ingleses jijos de su Commonwealth para nuestra selección de cuāuhpipiltin y ocēlōpipiltin, guerreros águila y jaguar? Al final, el sueño tornóse pesadilla, fuimos vencidos en casa.
Pero mudemos el contexto de análisis, desde el deporte y su tan poco conmovedora sentimentalería a una especie de sociología del futbol—una que, tal parece, amenaza con convertirse, en nuestro país, en criminal apologética del social-autismo mexicano (nada que ver, vale enfatizar, con el Trastorno del Espectro Autista, TEA). México, el gran anfitrión, el país que los superricos—esos que sí pudieron pagar viajes y boletos—llegaron a amar; México como el país de las borracheras que enceguecen, los bailes que desnudan, las noches que nunca se deshilan en madrugadas; México como patio de desahogo, como lugar de catarsis, como paraíso báquico, como orgía dedicada a Cibeles o a su homóloga, Coatlicue; México reconocido por su capacidad de vivir de fiesta, mientras el alcohol no se agote y el gobierno regale a los celebrantes una dotación de condones que higienicen el exceso y la lujuria, volviéndolos indoloros (que no inocuos).
Nuestro México es el México lindo y querido, El Rey y el Cielito Lindo; es ese país que sigue creyendo que es lindo aun cuando sus valles han sido convertidos en fosas clandestinas; ese país que no es soberano de nada porque entregó esa condición por el plato de lentejas del caudillismo y la autocracia; es ese tristísimo país cuyo cielo se pinta a diario de rojo cenizo, ese país que sabe a sangre mezclada con azufre.
Alcemos la vista y miremos la competencia futbolística par excellence como un todo. El mundial nos une, dice FIFA (ver mi entrega anterior, https://upress.mx/desarrollo-humano-y-social/16935-ese-deporte-de-masas-que-une-al-mundo-2). Quizá se refiera la poco honorable Federación a esa unión en la corrupción que hace de este mundo el estercolero que es. FIFA y Trump, FIFA y Argentina, FIFA y Messi, FIFA y un caudal de irregularidades, parcialidades y francas injusticias. Pero, ¿realmente debemos recular y recapacitar en las minucias de un torneo que une al mundo? Peccata minuta, respondería FIFA, convenciendo al espectador promedio, que prefiere el autoengaño de una competición sin justicia que desviar su mirada del televisor para mirar el desastre de mundo en el que vive.
FIFA es solo la última constatación, el efecto de una sociedad que ha transitado de ser sociedad del espectáculo a sociedad de la transparencia y el simulacro. Ya no vivimos en una sociedad del espectáculo donde la realidad ha sido puesta en el televisor y viceversa. No hay en el espectáculo nada que le dé consistencia al mundo, porque el show continúa, pero sin presencia, sin peso, sin sustancialidad. Es más, hoy sabemos que vivimos en una sociedad del espectáculo y somos conscientes de la irrealidad de la misma, y sin embargo continuamos como en un perpetuo simulacro en el que lo dado es lo único que tiene un gramo de realidad. Ya no nos sentimos engañados porque conocemos la treta y la asumimos como el único mundo posible—¡que los utopistas y sus mundos ideales se vayan al carajo!, reza el credo oficial de nuestras sociedades contemporáneas. Vivimos en modo supervivencia, plenamente conscientes de que el mundo no gira, no avanza, que se ha aplanado (para felicidad de los terraplanistas) y quedado sin posibilidad de ofrecer una experiencia genuina.
El mundial México-USA-Canadá es sólo uno más de los ejemplos que evidencian un mundo enfermo de irresponsabilidad, de arrogancia, de apatía, de conformismo y de una profunda crisis de ignorancia, de ineptitud, de vulgaridad y de frivolidad. Ese deporte que une al mundo lo hace, sí, pero en el perverso juego de vivir como si no se viviese, en una existencia reducida a mera supervivencia, ζωή y no βíos, existencia animal antes que vida auténticamente humana. En palabras de Agamben, vida nuda.
II
En ocasiones no falta en nuestro México quien traiga a la Morenita a la discusión para salvar el día. Más de un mexicano ha querido secar este valle de lágrimas invocando la protección de Tonantzin Guadalupe.
No se me malentienda, la madre de Dios y su culto en México ha sido un hermoso capítulo de la historia de nuestro país. Quien pretende entender a México sin su Virgencita comienza derrotado, porque sin ella, milagro y mito nacional, México se convierte en un reguero de grupos inconexos confrontados entre ellos, algunos con los castellanos, y estos últimos reducidos a meros bárbaros enamorados de la crueldad colonialista. La realidad nacional es otra: pese a los muy reales excesos que la historia nos recuerda, el reino de Castilla no colonizó **a México (que, por decir una perogrullada, no existía) sino que, creando las condiciones de posibilidad para la existencia del nuevo país, lo anexó, dotándolo de estatus y derechos—algo que el Jefe Seattle y los de nativos de Norteamérica jamás pudieron siquiera soñar. En Guadalupe, este amasijo de grupos encontró un punto de unión, un auténtico mito nacional, una luz que orientará nuestra identidad nacional.
Pero, ¿qué ha sido de Guadalupe? ¿Qué hemos hecho los mexicanos de ese culto excelentísimo a la Madre de Dios? A Guadalupe Madre de Dios se le ha visto recurrentemente reducida a nivel de diosa: Guadalupe sin Hijo, madre de un sol que no calienta. De ser laudada por los ángeles, en México comenzó a colarse por entre las grietas de su basílica una sectarización de Guadalupe, ahora entendida con una centralidad que, haciendo de lado al auténtico sol, apagó su brillo. Este guadalupanismo sin cristocentrismo manosea la imagen de la Virgen sin aceptar que la figura de María es indisociable de la de Cristo. Guadalupe ha sido convertida en amuleto cultural sin Dios, en diosa rebelde, diosa de los tullidos y los marginados pero diosa sin redención ni justificación ni salvación; diosa del adolorido que ha olvidado, o nunca ha escuchado, las palabras del auténtico médico: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt 11,28). Es el fetiche de Guadalupe venida a Madre Tierra, Guadalupe descompuesta en Coatlicue y Cihuacóatl, es la paganización de Guadalupe (cf. gloria Anzaldúa, Borderlands).
¿No coincide, en el fondo, esta devaluación de nuestra Madre de Guadalupe con la sociedad contemporánea? Si bien es cierto que ambas historias corren por sendas históricas completamente distintas, ¿no existirá una secreta y oculta complicidad entre fenómenos tan dispares? ¿No es Guadalupe fetichizada el correlato de nuestro México actual? A la sociedad de transparencia y perpetuo simulacro le acompaña una Guadalupana vacía de contenido en tanto que divinizada, adorada por un pueblo que cae de rodillas para arrastrarse y ofrecer un tributo de sangre a la diosa. El México que celebra, canta, bebe, fornica y entra en éxtasis hedonista mientras ríos de sangre asfixian a su pueblo parece secundado por un culto tan exótico e indisciplinado que lo mismo puede aparejársele con la Santa Muerte, con Jesús Malverde o con figurillas de las antiguas religiones politeístas indígenas. ¿No encontramos, pues, en la corrupción de uno de los elementos más sagrados de nuestra identidad nacional, un guiño a esa pasividad con la que el mexicano asume que su país es mero simulacro, realidad desfondada, la mala broma con la que, con Garrick, reímos para no llorar? ¿No llevaba razón Paz cuando alertó de las mil máscaras del mexicano, de su cobarde envalentonamiento respecto de la muerte, de la que se burla para no evidenciar el terrible pánico que siente por vivir la vida? ¿No se convierte esa mención perpetua de “Guadalupe” en mero mantra, en palabreja pseudo-mágica que olvida la profundidad del misterio de la encarnación del Hijo?
III
Pregunté a mis alumnos hace unos días, ¿qué de su México, qué de su país y su cultura, toman para generar su identidad? En otras palabras, ¿de dónde sacan la materia prima con la que generan su identidad? La pregunta generó ese silencio incómodo de un salón de clase que ha sido descubierto en arenas movedizas. “Nuestra cultura”, “nuestras tradiciones”, “la forma en que hemos sido educados”. Ideas sensatas, sí, pero suficientemente vagas como para no significar mucho, para no comprometer demasiado.
El momento de preguntarnos qué diablos significa ser mexicano ha llegado, parece, a un momento crítico. No es la crisis generalizada de sentido que azota a la humanidad—esa de las palabras condenadas a fluir (Bauman), de la espectacularidad que sustituye la realidad (Debord), de la democracia venida a totalitarismo invertido, democracia administrada (Wolin), post-democracia (Crouch) o como quiera llamársele a esas criaturas deformes que son nuestros regímenes políticos actuales—, hablamos de una crisis que se adiciona, se encima a la global, y que afecta a nuestro país; una crisis particularísima de identidad donde el país de la gente solidaria quedó en mera idea cuando vimos a tantos entrar a robar departamentos y comercios después de los terribles temblores que sacudían nuestras ciudades. Este cortocircuito entre el ideal del mexicano chido y solidario y la realidad quedó definitivamente pulverizado cuando la “celebración” mundialista se tornó asesina, asfixiando a tres y matando a un cuarto de paro cardiorrespiratorio, ¡y el país no dijo nada! y mantuvo las celebraciones mundialistas sin interrupción, ni duelo, ni tantita madre (sí, nos falta madre a los mexicanos posmarianos del siglo XXI). La tragedia es el México profundo que se duele de hambre, de oprobio, marginación y desdicha, mientras ese otro México arrogante celebra, baila y se desparrama en las avenidas no como individuo sino como ente masificado, como espíritu del hedonismo que sobrevuela México, infectándolo.
Nuestro ¡Viva México! parece más bien un grito que quiere llenar un vacío ya innegable que nos hace atragantarnos; un México que vive apenas y con penas, un México que ya no se distingue como comunidad imaginaria, sino como pueblo que se desdibujó, dejó de creer en sus intuiciones más hondas y se convirtió en un cadáver animado por el recuerdo. Llevaba razón el espíritu de olvido y desgarramiento que Garro imprimió a Los recuerdos del porvenir, y llevaba razón, tanta razón, Hipo, aquel ciego desaliñado, horroroso y lujurioso quien, contemplando a su Santita muerta en la plancha del quirófano, no puede más que susurrar entre labios la oración a la Madre de Dios, ese Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum…
El mundial ha terminado, y debemos sentirnos felices con ello. Celebremos el final de esta locura, de esta mentira, de esta transgresión tan burda. Ahora es el momento de pensar en el futuro de este país, el real, el desquiciado, cobarde e indiferente. Es el momento de encontrar a Casiopea y hacer la guerra a tanta sombra gris que habita nuestro planeta azul.










