El aroma de lo invisible: hacia una pedagogía del encuentro divino
21/04/2026
Autor: Antrop. Pía Paola Vera
Cargo: Profesora Gastronomía

En el estudio de la Antropología de la Alimentación, solemos analizar el acto de comer como un proceso biológico, social, cultural e identitario. No obstante, desde una perspectiva humanista integral, el alimento es mucho más que sustento: es un vehículo de comunión y un recordatorio de nuestra dependencia originaria. Solo a través de la fe y el amor a Dios se accede al misterio profundo del ser humano, un misterio que se manifiesta incluso en el gesto más sencillo de compartir la mesa con familiares y amigos.

Es en el corazón de la vida universitaria, donde el rigor intelectual y la búsqueda de certezas parecen dominar cada espacio, donde surge una pregunta que a menudo queda relegada al ámbito de lo privado: ¿Cuál es el propósito último de nuestra mirada sobre el mundo? En este contexto, para quienes nos dedicamos a las humanidades, la realidad no es un conjunto de “piedras y pedazos sin alma”. Como docentes, nos enfrentamos diariamente a la tarea de formar profesionales, pero el verdadero desafío radica en formar seres humanos capaces de percibir la profundidad de la realidad.

Esta capacidad no nace de la mera acumulación de datos, sino de un cambio ontológico en la forma de razonar y sentir. Aquí es donde cobra importancia el conocimiento de Dios; ya que quien conoce a su Creador no se aleja del mundo, sino que, al contrario, se sumerge en Él con una sensibilidad renovada. Así, desarrolla una facultad cognitiva distinta: mira, razona y siente de un modo diferente, partiendo desde las mismas criaturas y desde la realidad cotidiana, pero percibiendo en ellas un aroma divino. Quien ha sido tocado por su Creador desarrolla un deseo irrenunciable de vivir aferrado a esa fuente de Luz y es, precisamente, esa plenitud la que debe desbordarse hacia el alumno.

Esta presencia es evidente; no se trata de algo velado o críptico, ni de una interpretación forzada o de un misticismo oscuro, sino de una armonía brillante que transforma nuestra comprensión de lo material y dota de sentido a lo que antes parecía fragmentado. Por ello, en mis clases de Antropología de la Alimentación, intento transmitir que el ser humano no es un problema técnico por resolver, sino un vaso del misterio de Dios. Al estudiar cómo las culturas transforman la naturaleza en cultura a través del fuego y el ritual, vemos un reflejo de aquel diálogo originario donde Dios asignó al ser humano la tarea de nombrar a la creación.

La alimentación es, en esencia, un diálogo con el Creador que satisface nuestras necesidades incluso antes de que las reconozcamos. El ser humano —que busca a tientas recuperar esa “intemporalidad” o comunión perdida tras el pecado— posee en su esencia más profunda un núcleo que proviene directamente de Dios. No obstante, tras años de convivir con jóvenes, he notado que ellos, al igual que nosotros, solemos olvidar esta premisa. Es fundamental recordar que, si bien nuestras habilidades profesionales o rasgos técnicos pueden ser intercambiables, existe en cada persona un 'encanto' y una dignidad que la hacen infinitamente amable ante los ojos de su Creador.

Cuando el docente logra captar esta realidad, el aula deja de ser un mero espacio de transmisión técnica de conocimientos para convertirse en un lugar de contemplación. Pese a lo anterior, admito que la formación actual de los jóvenes universitarios resulta muy difícil porque exige un paradigma completamente nuevo, ya que los modelos antiguos han perdido su vigencia. En la actualidad, atravesamos una revolución más cognitiva que tecnológica. En un entorno saturado de estímulos que generan una preocupante pobreza de atención, la educación tradicional, aquella que me formó para un mundo que ya no existe, resulta hoy deficiente.

Aunado a esto, me parece que todos estamos un poco cansados de escuchar que el único aprendizaje real es aquel que es “significativo”, porque cada docente lo entiende a su manera. Al final de cuentas, el objetivo es que el conocimiento no se “deposite” en la cabeza del estudiante, sino que se construya activamente en la interacción. Bajo esa misma línea, el profesor debe reconocer que cada alumno es un misterio para sí mismo que responde a un plan aún mayor. Debe presentarse ante él con humildad, alegría, paciencia y una profunda empatía, no con vanidad pretenciosa. El alumno debería poder “saborear” la verdad no como una abstracción lógica, sino como el testimonio de lo que Dios realiza en la historia concreta.

En este contexto, mi compromiso en esta etapa de mi vida es acompañar a mis estudiantes para que comprendan: que la materia tiene memoria, y así como el cuerpo recuerda sabores, el alma tiene la capacidad de recordar su origen divino; que el tiempo es un curso salvífico y que la historia de la alimentación, como la historia personal de cada uno de nosotros, sigue un plan donde la libertad humana se encuentra siempre, indiscutiblemente, con el Amor Salvífico; y que la Palabra es eficaz, tal como en el principio la Palabra de Dios creó la realidad, nuestras palabras siempre deben ser semillas que generen vida y esperanza, estemos donde estemos.

Como académica, reconozco que la gracia y lo sobrenatural participan de forma decisiva en aquello que estudiamos como ‘cultura’. En la universidad, la verdad no puede ser solo una concatenación lógica de argumentos abstractos, sino el testimonio vivo de lo experimentado. Mi propia historia —atravesada por el pecado y la luz de la Redención— me ha revelado que la verdad teórica no es ajena a la concreta, sino que ambas convergen en la realidad de una vida redimida. Bajo esta luz, la temporalidad se revela como un curso lineal e irreversible que nos inserta en una historia de salvación donde cada vivencia, por difícil que sea, es alcanzada por el Amor Salvífico de nuestro Creador. Esta es la historia de cada persona: una objetividad que no es una idea lejana, sino la vivencia personal de un Dios que es Padre y que actúa tanto en el origen del cosmos como en el detalle más ínfimo de la vida humana, sin distinción de etnia, religión, condición o preferencia de alguna índole.

En definitiva, lo que aspiro a comunicar a mis estudiantes es que el conocimiento más elevado es aquel que nos permite reconocer la mano de Dios en la creación. Yo lo hago a través de la alimentación, pero cada docente puede lograrlo desde su propia disciplina. Mi mayor anhelo no es solo que dominen las teorías antropológicas de la alimentación, sino que, al observar la creación y sus frutos, perciban ese toque de la mano divina que nos invita a aferrarnos a ella.

Enseñar Antropología es enseñar a ver a Dios en lo palpable. Es invitar a los jóvenes a que, en cada mesa, en cada alimento y en cada encuentro, descubran esa presencia evidente y armoniosa que dota de sentido a su existencia. En este sentido, educar es, en última instancia, invitar al otro a descubrir que no es una suma de piezas sin alma, sino un vaso del misterio divino. Si logramos que el estudiante —y nosotros mismos— pase de 'construir una imagen' de la realidad a 'contemplarla' a través de la llave del Amor, habremos cumplido nuestra misión más alta. El objetivo final es que cada joven egrese no solo con un título, sino con una mirada capaz de hallar armonía en la complejidad y con el firme deseo de vivir unido a Aquel que le hace verdaderamente feliz y pleno.