Seamos los líderes que eligen la reconciliación sobre la venganza
24/02/2026
Autor: Brenda Joselyn Téllez
Programa Académico: Estudiante de la Licenciatura en Pedagogía e Innovación Educativa

En el marco de la conmemoración del Día de la Bandera, Brenda Joselyn Téllez, estudiante de la licenciatura en Pedagogía e Innovación Educativa, dio un discurso que resaltó el papel fundamental de la educación como herramienta de transformación social y pacificación, llamando a la comunidad UPAEP a ser protagonistas del cambio en el presente.

"La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo".

Nelson Mandela pronunció estas palabras, no desde la comodidad de un estrado, sino tras haber conocido la privación de la libertad por casi tres décadas. Lo dijo porque entendió que, mientras la fuerza puede someter la voluntad física, solo la educación puede liberar una mente y pacificar un corazón. Hoy, ante nuestra bandera, no solo celebramos un símbolo de identidad nacional, nos reunimos para reflexionar sobre nuestro papel en un tejido global que parece estar fragmentándose bajo el peso de la intolerancia y la violencia.

El domingo vivimos un momento sin precedentes, un suceso que dejará huella en nuestra historia. Como resultado se ha desatado una ola de violencia que ha paralizado a algunos estados de nuestro país. Una respuesta cobarde del crimen ante la búsqueda de la construcción de un país más seguro para todos.

Vivimos en un mundo que parece empeñado en la división. Un escenario donde las fronteras, en lugar de ser puntos de convergencia, se han transformado en barreras de indiferencia. Donde las banderas, en ocasiones, se instrumentalizan como estandartes de segregación en lugar de ondear como puentes de entendimiento. Pero hoy, desde esta comunidad UPAEP, debemos proyectar un mensaje distinto: la pacificación no es un tratado estático que se firma en latitudes lejanas; es una dinámica viva que se cultiva en la integridad de nuestras aulas.

La paz se gesta aquí. Se gesta en los pasillos de nuestra universidad, en la forma en que debatimos sin destruir, en la forma en que incluimos al que piensa diferente y en cómo usamos nuestra disciplina para sanar las heridas de una sociedad fragmentada.

A menudo se nos describe como "el futuro", pero esa es una mentira que posterga la acción. Nosotros no somos el futuro de la paz; somos el presente más urgente. El mundo no puede aguardar a nuestra graduación para detener el odio. El mundo necesita hoy nuestra capacidad de asombro, nuestra indignación ante la injusticia y nuestra energía para proponer soluciones donde otros solo ven conflictos.

Aquí es donde nuestro compromiso cobra sentido bajo el lema que nos define: "La Cultura al Servicio del Pueblo". Esta frase no es solo un “adorno” institucional, sino nuestro imperativo ético y la razón misma de nuestra existencia, pues nos recuerda que nuestra universidad nació de la convicción de que la sociedad se transforma desde su interior a través de la solidaridad y el compromiso con la verdad. Al vivir nuestros valores institucionales, entendemos que el conocimiento que adquirimos no es un fin en sí mismo, ni un privilegio para atesorar en un título colgado en la pared, sino una herramienta de servicio; porque para nosotros, la cultura que no se utiliza para elevar y dignificar al prójimo, o que no nos sirve para pacificar, es una cultura estéril que contradice nuestra misión de ser testimonios vivos de una sociedad más humana.

Como decía Mandela, nadie nace albergando odio por el origen o las creencias de otro. El odio es una conducta aprendida y, por lo tanto, nuestra educación tiene el deber de sustituirlo por el aprendizaje de la alteridad y el respeto. Esta es la esencia de nuestra universidad: enseñarnos a amar la verdad y, por consecuencia, a custodiar la dignidad humana por encima de cualquier interés particular.

Recordemos hoy a Malala, quien frente a la opresión demostró que un libro posee una fuerza superior a cualquier proyectil, porque la educación construye cimientos que ninguna violencia puede demoler. La pacificación global demanda de nosotros esa misma valentía: la de preferir el diálogo cuando impera el estruendo, y la de elegir la empatía cuando prevalece la apatía.

Seamos los líderes que, como Mandela, eligen la reconciliación sobre la venganza. Seamos los jóvenes que, como Malala, reconocen que nuestro silencio sería cómplice de la opresión.

Comunidad UPAEP: hoy, los convoco a que seamos ciudadanos del mundo con raíces profundas en nuestra historia, ciudadanos que promueven el bien y la verdad. Que nuestra bandera no solo se ondee por la fuerza del viento, sino por el aliento de una juventud que ha decidido, con firmeza y convicción, que la paz es el único camino hacia el progreso humano.

Que cuando alguien pregunte dónde comienza la paz de México, podamos señalar este campus y decir: "Comienza aquí, comienza con nosotros, y comienza hoy".