Cuando el dolor también enseña
03/06/2026
Autor: María Fernanda Rodríguez Noriega
Programa Académico: Licenciatura en Administración de Empresas

“Aprender del dolor le da sentido al sufrimiento, y poner lo aprendido al servicio de los demás le da sentido a la vida”.

A lo largo de mi vida, como quizá muchos de ustedes, me he enfrentado a momentos complicados. Desde niña, y hasta no hace mucho, me hacía una pregunta constante: ¿por qué vivir parece ser tan fácil para otros, mientras que para mí se siente casi imposible?

A veces, el mayor desafío no está en las metas académicas o sociales, sino en el esfuerzo invisible de encontrar paz en nuestra propia mente y cuerpo. En mi camino, he enfrentado momentos en los que lo cotidiano se volvió cuesta arriba, enseñándome desde muy pequeña que la resiliencia empieza por uno mismo. Que hay personas que no solo debemos enfrentar un mundo lleno de exigencias, sino también aprender a sobrevivir a nosotros mismos.

Si hoy comparto esto, es para honrar ese proceso y agradecer a mis padres, quienes fueron mi brújula cuando mi interior se sentía como un lugar difícil de transitar. Su amor me recordó que, incluso en medio de la lucha, siempre hay un camino de vuelta a casa.

Al día de hoy sigo teniendo momentos complicados, pero finalmente entendí que vivir con ciertas condiciones internas no significa que mi vida esté limitada. Durante mucho tiempo lo sentí como una discapacidad; ahora veo que simplemente mi camino es distinto al de muchas personas, y eso implica aprender a recorrerlo con mayor conciencia.

Ahora sé que no hay un camino mágico por descubrir. La vida es fluctuante. Hay belleza en encontrarse después de perderse, en aprender de ello, en agradecer incluso lo que duele, en servir a los demás y en amar sin juicios. Poco a poco, se trata de despertar en una realidad imperfecta, pero profundamente humana.

Con el tiempo, descubrí que todos vivimos algo similar, aunque sin etiquetas visibles: una vida que a veces es buena y otras no tanto. Basta con observar con atención para entender que cada persona libra sus propias batallas. La empatía, en ese sentido, podría cambiar profundamente nuestra manera de habitar el mundo.

En lo personal, elijo sentir. Prefiero la intensidad de mi sensibilidad —aunque a veces implique más dolor— que vivir desde la indiferencia frente a un mundo que pide ayuda a gritos. Un mundo lleno de personas que, como yo, intentan sobrevivir a sí mismas y a la vida misma.

La magia de la vida no está en que todo salga perfecto. Está en encontrar el valor de levantarnos una vez más, de transformarnos y de dejar una huella que trascienda nuestra propia existencia.