Este fin de semana, scrolleando en TikTok —como lo hago más de lo que quiero admitir—, me apareció un video acerca de la forma en la que crecen las plantas. Se llama filotaxis. Investigando un poco más, entendí que es el orden en que se disponen las hojas, flores o semillas alrededor de un tallo.
Este orden en la naturaleza evita que las hojas se tapen la luz entre sí, minimizando la sombra que podría generar si crecieran en la misma dirección. El ángulo es exacto: 137.5 grados. Así, la filotaxis permite que la planta crezca de forma eficiente, aprovechando mejor la luz y reduciendo la competencia entre sus propias hojas.
Podemos encontrar este patrón no sólo en los árboles —donde cada hoja recibe luz gracias a este sistema—, sino también en girasoles y piñas.
Es impresionante que en la naturaleza la distribución sea tan precisa que permite que todos los organismos obtengan los recursos necesarios para crecer, respetando su propio espacio.
Algo muy similar ocurre en el cuerpo humano. En medicina se ha estudiado cómo muchos tejidos están organizados para aprovechar al máximo el espacio sin estorbarse unos con otros.
Un ejemplo claro son los alvéolos en los pulmones: millones de pequeñas estructuras en forma de bolsitas acomodadas como racimos. Esto permite tener una enorme superficie de intercambio en un espacio reducido. Cada alvéolo está diseñado para maximizar el intercambio de oxígeno y dióxido de carbono, logrando una eficiencia impresionante.
Parece que nada está puesto al azar. Todo está organizado para que cada parte funcione sin invadir a la otra, pero contribuyendo al mismo propósito.
Creo que en la naturaleza —como en el cuerpo humano— encontramos muchísimos ejemplos donde cada sistema cumple su función sin obstaculizar al otro, concentrándose en hacer lo suyo.
Sin embargo, si lo pensamos mejor, también podemos ver que todos estos procesos son interdependientes. El trabajo conjunto es lo que permite que todo funcione. Incluso existen mecanismos compensatorios que “ayudan” cuando algo falla, para que el sistema pueda seguir adelante.
Así como ocurre en estos sistemas naturales y el cuerpo —en los que cada parte aprovecha los recursos para crecer y ser mejores—, es importante que seamos reflexivos acerca de la forma en la que crecemos.
Creo firmemente que estamos hechos para ser y hacer algo grande, pero ese “algo” debería estar enfocado en los demás y no solo en nosotros mismos. Porque crecer no es ocupar más espacio, sino aprender a ocuparlo mejor.
Y cuando nos desviemos del camino, vale la pena detenernos y preguntarnos: “¿Estoy creciendo respetando el espacio de los demás o compitiendo por la misma luz?”.
Si alguna vez sientes que alguien más te hace sombra, quizá te ayude detenerte a observar un árbol y recordar que “cada uno, según el don que ha recibido, póngalo al servicio de los demás” (1 Pe 4,10). No se trata de tener más luz que otros, sino de aprender a aprovechar plenamente la que habita en ti.










