La estulticia y la política, primera de tres partes
13/09/2025
Autor: Dr. Herminio S. de la Barquera y A.
Foto: Profesor Investigador Escuela de Relaciones Internacionales

Comparto con mis cuatro fieles y amables lectores una preocupación muy seria: ¿por qué, en el mundo actual, pareciera ser que estamos gobernados por personas que a todas luces carecen de buen juicio? ¿Por qué los electores aparentemente no distinguen entre candidatos y dirigentes capaces, por un lado, y candidatos y dirigentes incapaces, por el otro? ¿Por qué tenemos, en la política a nivel mundial, la impresión de padecer el síndrome de Scar, quien se duele de estar rodeado de inútiles? Scar, recordemos, es el malvado hermano menor de Mufasa, el rey león. ¿Cómo es posible que muchos líderes sigan negando la importancia de las vacunas, crean en teorías conspirativas, no comprendan la complejidad de la política internacional ni de las políticas económicas, justifiquen sus propias miserias y errores culpando al pasado, maldito o no, pero insistan en ocupar altos cargos de dirección política? ¿Cómo es posible que haya líderes que, en el siglo XXI, insistan en apoderarse de los territorios de otros países, causando muerte y destrucción tanto en el país agredido como en el propio? ¿Cómo es que electores y gobernantes en el mundo occidental están arrojando por la borda los más elementales principios de la convivencia democrática, con lo cual están hundiendo a sus países y al mundo aún libre? ¿Cómo puede uno entender que haya gente que se alegre del asesinato de un adversario político, por muchas insensateces que este haya podido decir en vida? ¿Por qué los políticos extremistas de cualquier color dicen defender la libertad, pero sólo cuando es para pronunciar sus propios mensajes? ¿Por qué se han instaurado la descalificación y el insulto en la política, en lugar de la argumentación y el entendimiento? ¿Cómo explicar que ya no haya adversarios en las lides políticas, sino enemigos, a los que hay que eliminar? Lo peor es que, a nivel mundial, hay suficientes electores que, con su voto, encumbran a las personas incapaces a tan altísimas posiciones de poder, desde las cuales causan enormes daños que nos perjudican hoy y que perjudicarán a las siguientes generaciones.

Es así que, en esta columna que perpetramos con osadía cada semana, reflexionaremos hoy y en las siguientes dos entregas sobre la relación que pueda existir entre la estulticia y la política.  Espero que estas sesudas reflexiones no se extiendan demasiado, porque parece que la materia a estudiar da para mucho…

Según la Real Academia Española (RAE), “estulticia” es sinónimo de estupidez, necedad, tontería, idiotez y bobería, entre otros vocablos, y significan lo contrario que inteligencia y sagacidad. Los términos estulticia y estupidez, que son los que usaremos ahora, describen ideas o comportamientos que se oponen al buen juicio, siendo “estulticia” un vocablo más formal y culto que “estupidez”, de uso más común. La etimología de “estulticia” nos remite al latín stultitia / stultitiae, que es la condición de la persona que carece de inteligencia, y esta, a su vez, procede de stultus, que, en español, como voz culta, se diría “estulto”. La conocemos ya desde los siglos XII y XIII, pero en el XVIII se le documenta como una voz de origen latino y de poco uso. En cuanto a la palabra “estupidez”, también puede voltear a ver una larga historia, pero es hasta el siglo XIX cuando por influencia francesa se generaliza. Es una voz de origen latino: stupidus significa “aturdido”, y deriva a su vez del verbo stupere, que es estar atónito y pasmado, de ahí “estupefacto”, del sustantivo stupor, que es asombro, pasmo e incluso una disminución de las facultades mentales.

Generalmente, podemos pensar que el sentido común diría que las personas inteligentes, con amplia visión de las cosas y con elevado sentido de la responsabilidad son las que deberían asumir las tareas de gobierno y de conducción política, al ser personas con autoridad e influencia sobre las personas. Sin embargo, al contemplar la realidad vemos que esto no es así: no están ocupando altos cargos personas capaces y con autoridad y conocimientos, sino personas que hablan mucho y hablan fuerte, políticos audaces, seguros de sí mismos, que no dudan en pronunciar en voz alta y en público boberías, ofensas, mentiras y calumnias. Quizá un factor esencial para entender esto radique en la concepción que mucha gente tiene del vocablo “competencia”: muchas personas confunden la capacidad de otros, las facultades para emprender bien algo, con la seguridad en sí mismo. Es decir, creen que una persona segura de sí misma es, por lo tanto, competente para la conducción política.

Esto puede tener serias consecuencias, porque si alguien se presenta ante los demás con gran seguridad y convicción, rara vez será cuestionado. Por el contrario, quien reflexiona, medita o tarda un poco en tomar alguna decisión, da la impresión de ser indeciso, débil o inseguro, o sea, poco apto para la conducción política, incluso cuando pueda ser más inteligente que quien se muestra más decidido, arrojado o atrevido.

Este fenómeno ha sido estudiado por los psicólogos, particularmente debido al llamado “Efecto Dunning-Kruger”, el cual muestra que las personas menos competentes tienden a sobreestimar fuertemente sus capacidades, en tanto que personas con mayores capacidades se inclinan a subestimar dichas facultades, porque son conscientes de la complejidad de los problemas y además saben reconocer que sus propias capacidades tienen limitaciones. Podemos suponer, con razón, que esta situación puede acarrear serios inconvenientes en los aparatos de poder, ya sea en las instituciones políticas, en empresas de todo tipo, públicas o privadas, y en el discurso público. Y es que el que sabe mucho comprende que es mucho más lo que ignora que lo que sabe; por eso reflexiona, pregunta, consulta, no se precipita. El que no sabe o sabe poco, si es estulto o tonto, entra rápidamente en acción, afirma saber, transmite la certeza de que conoce el camino para resolver los problemas, por más complejos que estos sean, nunca duda para responder, aunque sus ideas o respuestas carezcan de fundamento. Digamos, empleando una figura que ya es muy conocida en México, que siempre “tiene otros datos” con los que rebate -o cree rebatir- cualquier argumento en su contra.

Esta aparente capacidad, estas facultades inexistentes crean una ilusión en las personas, una ilusión de competencia, seguridad y liderazgo que es acentuada o remarcada por los modernos medios de comunicación y por las redes sociales. Estas últimas posibilitan a prácticamente cualquier persona que emita sus opiniones con rapidez, difundiéndose con celeridad por toda la red. Por eso se esparcen velozmente soluciones fáciles a situaciones difíciles, se insulta con presteza a quien piensa distinto, se reduce artificiosamente la complejidad del mundo y de sus problemas, y se prefiere la apariencia a la realidad. Podríamos decir que las personas tontas no son siempre “no-inteligentes”, sino que simplemente no han aprendido a reflexionar, no han aprendido a pensar.

Todo pareciera indicar que nuestro mundo está cada vez más inclinado a darle oídos a quien actúa rápido, aunque no reflexione; a quien hable fuerte, aunque no con la verdad; a quien diga lo que la gente desea escuchar, no a quien explique la complejidad de los problemas; a quien parezca solucionar rápidamente situaciones difíciles, aunque las repercusiones negativas vengan después; a quien se presenta como dueño de la verdad y de las soluciones. Ante esto, las personas que reflexionan, que llaman la atención sobre consecuencias funestas que pudieran presentarse después, que invocan a la ética en el manejo de las cosas y en el trato con las personas, que preguntan y consultan, que son congruentes en sus palabras, pensamientos y acciones, que no son estridentes, que reconocen sus propias limitaciones y que no se presentan como dueños de la verdad y de la pureza, están en franca desventaja.

El inteligente pregunta y consulta; el tonto juzga y pontifica. El inteligente observa y calla; el tonto mira y grita. He aquí el problema del inteligente: en un mundo de estridencias, prejuicios y egoísmo, el discreto y prudente es simplemente ignorado.

Lamentablemente, en nuestros días se atiende más al que habla mucho que a la persona pausada que habla sólo cuando tiene que hacerlo. La gente atiende más al hablantín, aunque su discurso carezca de contenido, que al que se expresa sobriamente, pero con substancia. En la política, esto significa que gana quien habla más, no quien habla con conocimiento de las cosas; gana el más estridente, no el más mesurado; gana quien toma la tribuna, aunque su discurso sea hueco. Así que entonces ocurre que no es el más competente quien ejerce más influencia en el ánimo de la gente, sino que la gente considera más competente al que más y más ruidosamente habla, dejándose influir por él. O sea, que esta influencia del parlanchín produce la impresión de que es competente y apto para la dirección política.

Nuestro mundo se mueve muy rápido, tanto, que pareciera que, en la política, el gobierno y la empresa, no queda tiempo para la reflexión, la consulta y el conocimiento. En su lugar campean la ignorancia, el prejuicio y la arrogancia. El político que quiere ascender no se prepara para una carrera de méritos, desafíos y logros, sino para escenificar un espectáculo. Basta con recordar la imagen de Donald Trump, a los pocos días de haber vuelto a la Casa Blanca, con unas enormes tablas en donde estaban anotados los nombres de los países y de los aranceles con los que los fustigaría. Me recordó a las escenas de esa antigua película “Los diez mandamientos”, cuando aparece Moisés, enhiesto, con las tablas de la Ley. O recordemos a Putin, con el torso desnudo, pescando en Siberia, para delicia de sus electoras.

Pero esta ilusión es peligrosa y tiene un precio, que los tontos, aunque no lo vislumbren, acabarán pagando: se crea una especie de pseudo liderazgo político, pero sin substancia; se encumbra a alguien al poder, pero sin responsabilidad; se deja hablar a los ineptos y a los capaces no se les escucha. Lo malo es que todos, aún los que se revuelven contra esta situación, acaban padeciendo las consecuencias funestas de llevar al poder a los incapaces. Los tontos no acceden al poder porque sean mejores o más capaces, sino porque no dudan, no vacilan; eso, a los ojos de tanta gente en este mundo tan inseguro, los hace atractivos. Peligrosamente atractivos.