Estimado colega:
Te has preguntado: ¿qué hace el área de formación humanista? Primero aclaremos algo de las materias que impartimos: no son las materias de relleno, no son las clases de catecismo, ni son las materias que la Universidad impone a la fuerza a los estudiantes “para quién sabe qué”. Continuemos presumiendo un poquito, nuestro claustro está conformado por profesores con formación filosófica o afín; todos los profesores de formación humanista –incluidos los de hora-clase– cuentan con posgrado que, como sabrás, a diferencia de las especialidades, son grados académicos que nos dan un título y una cédula. Contamos con profesores-investigadores y algunos de ellos, pertenecen al Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras (SNII) tanto Candidatos y Candidatas, como en nivel I y II.
Dicho lo anterior, veamos qué hace formación humanista. Popularmente, la Universidad nos llama “el corazón” o las materias “sello” de nuestra institución, pero eso poco o nada explican nuestra función, y para entenderla, vayamos –a grandes rasgos– a los orígenes. Como sabrás, la Universidad, en sus inicios, por ahí del siglo XII-XIII d. C, que es cuando se configuran las dos primeras universidades: Bolonia y París, se forjó como la única institución, en su género, dedicada cien por ciento al trabajo intelectual. Ambas universidades provenían del esquema de la escuela palatina de Alcuino de York (Reale, 1995, pp. 190-198), el cual incluía el dominio de la lengua latina -de ahí que durante muchos años fuera considerada la lengua erudita, pues mantenía la unidad intelectual tras la caída del imperio romano- el estudio de las siete artes liberales –el trivium y el quadrivium– llamadas así porque son las disciplinas consideradas esenciales para la educación de una persona libre y, finalmente, el estudio de la Sagrada Escritura. Este esquema apertura el estudio del binomio fe y razón, pues la escuela de Alcuino de York pretendía ser una nueva Atenas (gracias a toda la herencia del genio helénico), pero más espléndida (gracias a la apertura del estudio de la verdad revelada). Por lo anterior, las únicas dos facultades con las que se inició la universidad medieval eran: la facultad de artes, en las que se estudiaban las artes liberales: gramática dialéctica, retórica, aritmética, música, geometría y astronomía y la lengua latina, cuya duración era de aproximadamente seis años. Por otra parte, estaba la facultad de teología que tenía una duración de más o menos ocho años; tenía como finalidad, el estudio de la Biblia a través de la exégesis y la exposición sistemática de la doctrina cristiana, y su expresión más completa se encontró en las Sumas o compendios en los que se sintetizaba el conocimiento acumulado durante la cátedra. Ahora bien, el maestro de teología necesitaba pasar por la facultad de artes, por lo que hubo un esfuerzo importante por armonizar la perspectiva de la fe con la de la razón. Sin embargo, esta armonización se vuelve cada vez más compleja porque hoy en día gozamos de una rica ramificación del saber que no pretende multiplicar las carreras universitarias sin razón (en algunos casos) sino que pretende estudiar de manera exhaustiva el objeto de conocimiento, lo que tiene como consecuencia la especialización y, por ello, tenemos la necesidad de crear distintas facultades tales como la facultad de leyes, biología, fisicomatemáticas, etcétera, que atiendan bajo un método científico el aspecto específico bajo el cual se está estudiando un objeto. Ello, por una parte, tiene ventajas porque ahondamos y conocemos mejor el quid de las cosas, pero, por otra, ha generado cierta soberbia en nuestros especialistas que creen que un aspecto del conocimiento es más importante que otro, formando una relación con la verdad que no es más que un reduccionismo fundamentalista que niega la importancia de otras perspectivas tales como la formación humanista y la teológica, puesto que las ven como meras quimeras o supersticiones que adormecen la razón científica, nada más falso que eso.
Si bien hoy en día la profesionalización de la universidad, que tuvo lugar en la primera década del siglo XIX con Napoleón, nos ha alcanzado y tiene un primado fuerte frente a la formación del ser humano, es importante recordar que la esencia de la universidad no es, ni ha sido, “generar” máquinas para trabajar 10 o 12 horas al día, para competir todo el tiempo o para que piensen que su valor radica en el dinero que producen. La esencia de la universidad ha sido y debe ser formar al ser humano en tanto que persona, por eso es bueno recurrir a la historia. Desde su fundación, como pudiste notar, la finalidad de la universidad no ha sido generar profesionistas, sino formar al estudiante en lo que lo hace peculiar a saber, en su formación espiritual. Y, aunque sé que ya lo sabes, me parece oportuno aclarar que con formación espiritual no me refiero a formación religiosa, sino a la acción de cultivar de manera holística la actividad intelectual, humana y trascendente de nuestros estudiantes. Esto quiere decir que, en una universidad que pretenda mostrarse como tal, ésta debe educar no sólo en el área científica, sino también humana y trascendente, no sólo debe enseñar ¿qué es un átomo?, sino que también debe plantear preguntas como: ¿por qué un ingeniero se llama ingeniero?, ¿por qué la máquina no puede llegar a suplir la actividad humana? o ¿por qué el ser humano es el único ser capaz de luchar, desde su disciplina del conocimiento, por la injusticia y el sufrimiento de los otros, incluidos los animales y el ecosistema?
Ahora, reconozco que no todos debemos, ni mucho menos podemos, saber de todo, es más, reconozco que no tenemos tiempo para preparar una clase que incluya aspectos científicos y humanistas y más aún mostrar cómo se relacionan entre ellos. Y es por ello, por lo que nosotros, los profesores de formación humanista, existimos. Porque a nosotros nos toca recordarles a los estudiantes que, antes que profesionistas son seres humanos, más aún, que son personas cuyo valor es intrínseco, y que es importante que conozcan y reflexionen acerca de ello mediante el saber filosófico y, si es posible, teológico, puesto que a lo largo de su vida –personal y profesional– van a tratar con otras personas con la misma dignidad intrínseca, y por ello, no debe instrumentalizar a los demás; por tanto, el “sello” que los egresados de nuestra universidad deben llevar es éste: los egresados de la UPAEP son los que, en su actividad profesional, denuncian que no se debe olvidar la centralidad de la persona.
Es en la interacción entre ustedes, los especialistas del área científica, y nosotros, los especialistas del área humanista, que este sello se puede lograr. Por ello, te invito a que tú también les digas a tus estudiantes que no echen en saco roto todo lo que reciben de la Universidad, incluidas nuestras materias, porque quizá ésta sea la única etapa de su vida en la que puedan teorizar acerca de la persona, su valor, pero también sus aporías, porque después sólo queda la práctica y si no “entrenaron” el pensamiento crítico fundado en las humanidades se pueden enfrentar con problemas y dilemas éticos con consecuencias graves.
Un saludo afectuoso.
Referencia
Reale, G.:
Historia de la filosofía 2. Patrística y escolástica
- San Pablo, Bogotá.










