La Grecia antigua forjó un concepto y propuso un itinerario para la educación y cultivo de la persona de manera que llegara a ser plenamente sí misma y se acercara al ideal de ser humano dichoso, virtuoso, egregio, valiente, sabio, etc. A ese proceso formativo se le denominó paideia. Las fuentes de estos ideales formativos y de las vías las podemos encontrar en poemas, tragedias, esculturas, pinturas en cerámica, narraciones mitológicas, rituales religiosos, discursos filosóficos o políticos. La paideia está embebida en la rica y vasta cultura griega.
El pueblo romano hizo otro tanto. A ese proceso de formación intelectual, moral, física, oratoria le denominaron humanitas. Al igual que los griegos, ese ideal está expresado a través de distintos elementos culturales, lo mismo una pieza oratoria de Cicerón, que una disposición jurídica de Ulpiano, una instrucción educativa de Quintiliano, una sátira de Juvenal o un verso de Virgilio. Por supuesto, el ideal de persona para los romanos era un ciudadano apegado al derecho, ilustre, convincente, buen administrador, etc.
Cada civilización, incluso cada época, ha cristalizado su ideal educativo. Mencioné dos, pero en realidad si quisiéramos hacer un rastreo histórico, habría que dar cuenta de los ideales para la antigua cultura China, o para los sumerios, los egipcios, los fenicios, los incas, los aztecas, etc. Dejemos esa tarea a los historiadores de la educación.
La tradición judeocristiana, indudablemente consideró los notables aportes de la tradición grecolatina y los hizo dialogar con la Revelación. En la Sagrada Escritura también se describe el ideal de una persona: que ama incluso al enemigo, que no juzga, que es servicial y humilde, que trabaja por la justicia, que dice la verdad… Para los cristianos el ideal de humanidad está plasmado en la persona misma de Cristo. Parecernos más y más a Cristo significa crecer en humanidad. El cristianismo ciertamente no es ante todo una doctrina, ni un programa político ni una filosofía, sino el encuentro con una Persona, como decía el papa Benedicto; pero eso no quita que el cristianismo haya propuesto un ideal de vida y de itinerario de formación. También hay un humanismo cristiano.
Desde este horizonte, el cristianismo no anula los humanismos previos, sino que los lleva a plenitud. A grandes rasgos -habría que desarrollarlo con muchísima profundidad, y esta columna no es ese espacio- algunas características del humanismo cristiano son:
- Ya que el ser humano fue creado imagen de Dios, y Dios es una comunidad de personas (misterio de la Santísima Trinidad), el ser humano entonces tiene una irrenunciable vocación relacional. Estamos hechos para el encuentro y el diálogo, para la comunión y el amor.
- Ya que el ser humano fue redimido por Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, el ser humano entonces se plenifica en la imitación de su Señor, el cual dio su vida por la salvación de todos, de ahí que la entrega, el servicio, el don de la propia vida a los demás, sean señales inequívocas de madurez y crecimiento. Nunca la vida del otro nos puede ser indiferente, al contrario, debemos ser solidarios, generosos y comprometidos con el bien común.
- Ya que todos los seres humanos somos hijos de un mismo Dios y Padre por el Espíritu y Amor que nos ha sido dado en el bautismo (Rm 5,5), entonces entre nosotros guardamos una relación de fraternidad, igualdad y libertad. Esos que fueron enarbolados como los grandes ideales de la revolución francesa, en el fondo son consecuencia de la concepción cristiana de la dignidad humana a partir de su filiación divina por adopción. Aquí se encuentra también una de las raíces más profundas de la democracia y el Estado de Derecho.
- Ya que fuimos salvados por Cristo, eso torna la vida alegre y agradecida. Es verdad que hay desafíos y problemas, pero se encaran de manera distinta cuando sabemos que la providencia amorosa de Dios sostiene la historia y que no son fuerzas ciegas ni caprichosas las que conducen el destino. Por eso también la persona madura vive en oración y tiene una visión trascendente y esperanzada de su historia y de la historia colectiva.
Dejemos estas incipientes pinceladas y vayamos a las preguntas incómodas:
¿Cómo motivo e inspiro este humanismo cristiano en la asignatura que imparto, en la investigación que realizo, en el trabajo que hago?
¿Cómo vivo y traduzco a acciones concretas ese humanismo cristiano en mi atención a los alumnos, colegas, amigos, padres de familia?
¿Cómo formamos a nuestros profesores en el humanismo cristiano en un momento marcado por el hiperindividualismo, la polarización, la cultura de la competencia feroz, la tecnocracia y el burnout académico?
¿Cómo proponemos, audaz y creativamente, esos rasgos del humanismo cristiano, sin caer en mocherías, ni conceptos trasnochados, ni pláticas aburridas?
¿Cómo contagiamos alegremente este humanismo? ¿Cómo lo hacemos atractivo y antojable como propuesta de vida apasionante y llena de sentido?
¿Cómo vivir en nuestras profesiones (enfermero, arquitecto, diseñador, abogado, ingeniero, literato, músico…) esos rasgos del humanismo cristiano?
¿Creemos que al margen de Dios (de su Palabra y sacramentos) podemos encarnar auténticamente el humanismo cristiano, como si fuera un ideal donde bastan el esfuerzo científico y la planificación pedagógica?
Estas preguntas no buscan dejarnos inquietos y sin rumbo, sino recordarnos que educar es, ante todo, formar personas para una vida plena como lo propone el humanismo cristiano, y que casi todo nos lo jugamos en cómo lo proponemos y lo testimoniamos.










