Gotas
16/02/2026
Autor: Dr. Jorge Medina Delgadillo
Cargo: Vicerrector de Investigación

Se atribuye a Ovidio la célebre frase: “gutta cavat lapidem, non vi, sed saepe cadendo” (“la gota de agua horada la piedra, no por su fuerza, sino por su caer continuo”). Tuve una vez la fortuna de adentrarme en una gruta donde el agua manaba incesantemente y, en efecto, la roca que recibía aquel goteo mostraba ya una hendidura profunda, casi una herida tallada por el tiempo. ¿Qué puede una gota, pequeña e insignificante, frente a la dureza indómita de la piedra? Por sí sola, casi nada. Pero miles —millones— de gotas, a lo largo de los años, terminan por vencer incluso lo que parecía invulnerable. No es extraño que muchos hayan visto en ese saepe cadendo una metáfora luminosa de la perseverancia: la constancia conquista reinos que parecían imposibles y cristaliza sueños que al inicio se antojaban inalcanzables.

Vivimos, sin embargo, en una era donde el acceso a los bienes es relativamente fácil, si nos comparamos con nuestros abuelos o bisabuelos. Compramos ropa con mayor frecuencia que ellos y a una velocidad pasmosa: con un solo clic; lo mismo ocurre con los electrodomésticos o los viajes. Esta inmediatez nos instala en la ficción de que todo está “a la mano”, volviendo superfluas la espera, la paciencia y, por supuesto, la perseverancia. Pero hay tesoros que no se adquieren en línea: las virtudes, la pericia en un arte, la sabiduría de vida. Esos no se descargan, se cultivan. Y sólo muestran sus frutos al perseverante. ¿Cuánto estaremos perdiendo en esta vorágine de cambio instantáneo?

Pero también hay otras gotas que horadan la piedra, esta vez no de roca, sino del alma. Y en esto, sin ser dramáticos, tampoco podemos ser ingenuos. Nadie es impermeable ante los noticieros ni ante las redes sociales que nos exponen —a todas horas— la corrupción, la violencia, el sufrimiento: en el mundo, en nuestro México, en nuestros hogares. Esa exposición continua va haciendo mella en el ánimo cotidiano; inocula la desesperanza y fomenta la acedia, esa tristeza sutil que nos roba la paz, nubla el horizonte y nos inclina a la claudicación interior. También esas gotas, cayendo sin tregua, erosionan nuestra fortaleza.

¿Qué sucederá con nosotros si, por un lado, habitamos una cultura que atrofia la perseverancia y, por otro, una que alimenta el desasosiego? ¿Qué piedra estamos dejando que se desgaste en nuestro interior?

Volvamos a Ovidio. Necesitamos gotas, muchas y constantes, sin desfallecer. Pero la pregunta decisiva es: ¿cuáles gotas? Elegir las gotas que han de horadar nuestra piedra para bien es el verdadero desafío. Sonreír. Dar las gracias. Decir “buenos días”. Orar. Acariciar a quienes amamos. Besar. Respirar hondo y sentir la vida. Agradecerla y cuidarla. Tender la mano y cultivar amistades. Leer y estudiar. Cada quien habrá de reconocer sus propios recursos y talentos.

Un beso de amor, por sí solo, no transforma la vida; tampoco una hora aislada de estudio. Pero un sinfín de besos, y muchas horas silenciosas frente a los libros, en los laboratorios o junto a los colegas, sí generan un cambio profundo y decisivo. Son la lluvia fina que, con el tiempo, esculpe nuestra mejor versión. También la esperanza —como el agua— necesita caer de continuo.