Tus compras no son casualidad
24/02/2026
Autor: Felipe Hernández Rosales
Cargo: Profesor Licenciatura en Inteligencia de Negocios

¿Cómo influyen los datos en lo que consumes todos los días?
Hoy no consumimos productos: consumimos decisiones diseñadas con datos.

La inteligencia de negocios ya no solo apoya a las empresas; dirige silenciosamente lo que eliges, compras y repites todos los días. En la era digital, los datos son poder, y quien los entiende, influye en el comportamiento humano.

No se puede gestionar lo que no se puede medir”, afirmaba Peter Drucker, y hoy esa lógica se ha intensificado en un contexto donde prácticamente todo es medible, registrable y analizable: gustos, horarios, rutinas, hábitos, emociones de consumo, patrones de repetición y hasta impulsos inconscientes que antes pasaban desapercibidos (Drucker, 1954). De forma complementaria, Clive Humby, creador del concepto Big Data, lo sintetiza con claridad al señalar que “los datos son el nuevo petróleo, pero solo generan valor cuando se refinan” (Humby, 2006). Bajo esta lógica, los datos se convierten en la materia prima de los procesos de análisis, aunque su verdadero valor no radica en su acumulación, sino en su interpretación estratégica para la toma de decisiones.

Hace unos días entré a una tienda “solo a ver”, no necesitaba nada en particular ni llevaba una lista en la cabeza; simplemente caminaba entre los pasillos sin prisa, observando productos que, curiosamente, parecían hechos a mi medida: la bebida que suelo comprar, el snack que consumo casi siempre los fines de semana, una promoción justo del producto que había adquirido la semana anterior. Al final, salí con una bolsa llena de cosas que no había planeado comprar y, aun así, con la sensación de haber tomado buenas decisiones, hasta que, ya con más calma, se hizo evidente que nada de eso había sido casualidad.

Nos gusta pensar que compramos porque queremos, porque lo necesitamos o porque simplemente se nos antojó; nos gusta creer que nuestras decisiones de consumo son completamente libres y personales, sin embargo, aunque existe una parte real de elección individual, también hay algo más operando en silencio: los datos. Cada compra, cada búsqueda en internet, cada pago con tarjeta y cada aplicación que usamos deja información sobre horarios, gustos, rutinas, repeticiones y hábitos, de tal forma que la vida cotidiana se convierte progresivamente en una fuente constante de datos.

Para las empresas, esta información no representa simples registros estadísticos, sino comportamiento humano transformado en patrones que permiten interpretar la realidad del consumo. El análisis de datos no busca adivinar ni suponer, sino identificar regularidades: personas que compran lo mismo cada semana, usuarios que consumen ciertos productos en horarios específicos o clientes que reaccionan a determinados estímulos comerciales mientras ignoran otros. A partir de este entendimiento se construyen estrategias basadas en información objetiva, lo que transforma la toma de decisiones empresariales en un proceso estructurado, sistemático y fundamentado.

Por eso, cuando una aplicación te muestra primero lo que más te gusta, cuando una tienda te envía una promoción justo el día en que sueles comprar o cuando una plataforma digital te recomienda algo que parece “hecho para ti”, no se trata de coincidencias.

El problema no está en el uso de los datos, sino en su uso inconsciente. Rara vez se reflexiona sobre qué información entregamos, quién la almacena, cómo se procesa y con qué fines se utilizan. Y es así que, muchas plataformas operan bajo un modelo implícito de intercambio: datos por servicios, información por comodidad y, en múltiples casos, privacidad por personalización.

Es aquí donde emerge un punto crítico, y es la protección de los datos. Ya que no basta con saber analizarlos; también es indispensable saber cuidarlos y gestionarlos con responsabilidad. Los datos no son únicamente registros digitales, sino representaciones de personas, hábitos, rutinas, comportamientos e identidades que, cuando se gestionan sin ética, sin límites y sin transparencia, dejan de ser una herramienta de valor y se convierten en un riesgo estructural.

La inteligencia de negocios bien aplicada puede generar beneficios reales —mejores servicios, productos más adecuados, experiencias más relevantes, valor económico y eficiencia organizacional—, pero también exige reglas claras, gobernanza de la información y una cultura sólida de responsabilidad digital que garantice el uso ético y transparente de los datos.

Como usuarios, tampoco estamos exentos de responsabilidad. Aceptar condiciones sin leerlas, normalizar permisos excesivos y ceder información sin cuestionar se ha vuelto una práctica cotidiana, por lo que comprender cómo funcionan los datos no es paranoia ni exageración: es educación digital básica en un entorno donde la información se ha convertido en una moneda de cambio.

La próxima vez que entres a una tienda “solo a ver” y salgas con una bolsa llena, vale la pena detenerse un momento y preguntarse si esa fue una decisión completamente espontánea o una decisión guiada por sistemas que ya sabían más de tus hábitos de lo que imaginabas.

Porque hoy los datos no solo describen lo que hacemos: influyen en lo que vamos a hacer. Entender esta dinámica no limita la libertad individual, sino que fortalece el criterio, genera conciencia y devuelve control. En un mundo gobernado por información, la inteligencia de negocios no es únicamente una disciplina técnica, sino una herramienta de comprensión social, económica y cultural del comportamiento humano.

Referencias

Drucker, P. F. (1954). The practice of management. Harper & Row.

Humby, C. (2006). Data is the new oil. Conferencia en el ANA Senior Marketer's Summit, Estados Unidos.