La sonrisa que no ve

  Miércoles, 30 Noviembre 2016 00:00

 

De cómo sonreír al abismo 

 

 

 

Dicen que era una puerta grande o quizás lo que llaman un portón, lo cierto es que la galante entrada no quedaba descuidada salvo por el aire que en la esquina se quebró. Ante él toda una oferta de platos y platillos, de bocados y bocadillos, de arte que llega al estómago a base de saliva y calorías que esconder. Sus huellas no quedaron sobre la fina alfombra marcadas, no se dibujaron como huellas en la Luna del salón ni siquiera pudieron resbalar entre comensales. ¿El motivo? Eran ruedas y no suelas las que le adentraron en el escenario del sabor. A su alrededor los aromas se mezclaron entre ¨grunch, chip, aim,crash,pic,riqui riqui,ñam o ummm¨. Ciego de vista y visionario del mundo sus gafas oscuras ejercían de nodo entre el ser y el saber. Como receptor del más minúsculo de los estímulos se dejaba acompañar por las manos de su hijo que empujaban toda una vida de lucha privada ya de tantas cosas por ver. Recordó sus felices años veinte y ese crack del 29 que no fue bursátil sino de amor por esa novia que voló literalmente a otro país dejándolo solo a dos meses de cumplir los 30. Por entonces aún veía pero pudiera decirse que no miraba. Todo color era de serie y toda serie de colores no se merecía ser considerada como ser. Tanto llegó a añorar aquel rayo de luz que le caía como losa en su mirada cada mañana de domingo que hubiera firmado con el propio Zeus ser el receptor del más brillante de sus rayos, pero ahora tan solo percibía su calor. No se llenaron sus ojos de lágrimas que como bomberos refrescaban sus mejillas los días de menos Sol pues había potenciado tanto otros sentidos que podríamos decir que la esperanza se impuso a su dolor.

La gente a su alrededor ya no se inmutaba por un invidente en silla de ruedas sorteando sillas en pleno restaurante, es más, parecía que disfrutaban obstaculizando su entrada. Nuestro protagonista en su silla, se alegraba a cada giro brusco conducido por las manos de su hijo y dejaba girar el cuello en cada envite inesperado. En su camino de obstáculos sorteando mesas se encontró con una pata menos, una esquina más, con el cliente habitual que corre con prisa y con aquel que se hace eterno con medio café y que no volverá jamás. Mientras todos deglutían, algunos masticaban y pocos saboreaban, se percató de un alimento poco apreciado. La vitamina del oído resonaba mientras medio salón no escuchaba más allá de la voz de sus estómagos. Un gran grupo de dos, una guitarra y media, cantaba populares melodías amenizando la estancia. De cien comensales solo uno tenía oídos para ellos y era precisamente aquella persona que ni siquiera podía percatarse de que ambos se habían cortado el cabello aquella mañana. Fue entonces cuando salió del horno el mejor de los platillos.

 La sonrisa que alimenta el alma salió para no volver a esconderse jamás y como capitán de barco con la dignidad al frente apretó los ojos en lo profundo como no queriendo volver a abrirlos jamás. No era ya ciego por obligación sino por decisión, se dijo así mismo ¨te amaré, te amaré¨. Su esposa había muerto junto al viento un año atrás y con ella la vista de nuestro protagonista se clausuró en el mismo accidente hasta el fin de los tiempos. Parafraseó una vez más aquella canción que entre sonrisas siempre le cantaba a ella cuando salían a cenar…  ¨Ojalá se te acabe el hambre constante; la torta saciadora y la chancla perfecta; ojalá pase algo y te tomen la comanda de pronto; una oferta cegadora y un helado de nieve; ojalá por lo menos que me lo lleve al diente; para no desearte tanto para no olerte siempre; en todos los desayunos en todas las estaciones; ojalá que no pueda ansiar tu sabor por tu ausencia ni en canciones…¨.

  

Leído 34 veces Última modificación: Martes, 20 Diciembre 2016 15:36

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