El mejor presente

  Martes, 20 Diciembre 2016 00:00

De cómo se puede armar un belén 

 

 

 

Podía pasarse más de una hora observando irreales espirales descendentes en el árbol de Navidad de su salón. El primer fin de semana de diciembre se daba el gustazo de gastarlo junto a un par de botellas de sidra champanada y media docena de bolsas llenas de adornos para la estación de las nieves. Siempre comenzaba a decorar el árbol por la zona media, los bajos solían ponerse a la par que se enchufaban las luces y lo último siempre era la copa. O quizás deberíamos decir copas, pues un brindis lloraba en alto cuando se ponía la estrella. La estrella les obligaba a hacer de alpinistas entre el verde, todo por un protagonismo tres semanas al año. Llegaba la tarde del sábado, su pareja también participaba en el ritual de año en año. Solían doblar las ramas más bajas del abeto ligeramente hacia arriba para que los regalos de mayor tamaño pudieran entrar sin grandes esfuerzos. El belén era otro cantar, y la melodía siempre comenzaba cuando las figuras se golpeaban unas a otras hasta dejar la bolsa para llegar a una mensa. Esa cascada de personajes, que bien parecían una melee de rugby, se convertía a las pocas horas de forma casi mágica en un cuento celestial. Ese año pensaron en poner peces de colores en el artilugio acuático que hacia fluir el rio de forma alterna, aunque más que peces de colores parecían ballenas teñidas debido a que no guardaban escala alguna con las figuras. La escala, la relación de tamaño es una norma oxidada en todo belén. El palacio de Herodes parece una sandalia comparado con los soldados de sus puertas, el ángel siempre parece caer de las nubes y no flotar sobre ellas, el perro de los pastores tiende a ser la mitad de un caballo, el rey del medio siempre se pierde y al comprar una nueva trilogía se nota la diferencia, la señora del cántaro de agua suele ser el San Cristóbal de la escena... Pero tiene su gracia el conjunto, acostumbrarse a ello solo es cuestión de tiempo. ¿Y el tiempo? Sol, lluvia, nieve, viento, relámpagos, tormentas de arena... ¿Qué debían poner? En muchas parroquias se usa la medida salomónica y la más costosa por tanto, de hacer ciclos de tiempo y de cielo. Así lloverá para algunos, hará calor para unos pocos o nevará para el resto, todo por el amor de Dios. Pero en el belén familiar suele dejarse ver la nieve a todas horas a no ser que un respetable miembro del clan lance su teoría contrastada en libros de que en belén nunca nieva. Y por último uno debe fijarse en los detalles personales modernos que cada cual va dejando a su paso de visita: el paisano del pueblo cagando entre arbustos, el vendedor de enciclopedias junto la cuna del niño Jesús, un futbolista famoso golpeando un balón contra un muro, un barrendero municipal peleado con la arena del desierto o incluso un joven haciendo snowboard en el monte más lejano.

Nadie se para a pensar que hace todo un belén encerrado en el armario el resto del año. Quizás implantan una monarquía absoluta unos intransigentes tras el exterminio de dos de los tres reyes que podían optar a un trono, quizás el imperialismo representado por el delegado del gobierno romano siga teniendo su sitio, quizás los pastores y pescadores se movilizan para lanzar una democracia o simplemente surja un movimiento antiglobalización en comunas dispersadas por las cuadras.

Siempre les gustaba meditar todas esas cosas entre risas y degustando la última botella. La casa seguía teniendo el aspecto de siempre pero engalanada. Ella siempre se encargaba de ir acercando la comitiva real al portal según pasaban los días y el siempre se comprometía a tener a Papá Noel no más cerca que en casa de un vecino. En su tercer año juntos compartiendo navidades, todo parecía ir como siempre, pero no era así.

Ese año el presente más esperado no vendría en Nochebuena aunque algo tenía que ver, no sería por fin de Año aunque fuese una gran campanada, ni siquiera el día de Reyes aun siendo para el futuro toda una luz guía. Ninguno de los dos lo sabía aún, pero el año próximo ella luciría una barriga más generosa, que haría que el próximo belén tuviera un recién nacido dueño y señor omnipotente que jugaría con él a su antojo.

Y es que desde entonces junto a esas dos botellas de cava, un pequeño biberón con leche tibia miraría desde la mesita como el belén cobrase vida a través de la imaginación y el cariño de unos padres junto a las manos de un niño en una hermosa Navidad.

 

  

Leído 465 veces Última modificación: Martes, 20 Diciembre 2016 15:38

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