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La muerte de Carlos Gardel

António Lobo Antunes

Random House Mondadori

Traducción de Mario Merlino

 

Un chiste literario cuenta que cuando José Saramago ganó el Premio Nobel en 1998 todo Portugal lo llamó para felicitarlo... después de haber llamado a António Lobo Antunes para decirle que debieron habérselo concedido a él. Más allá de premios y merecimientos la obra de António Lobo Antunes (Lisboa, 1942), escrita con paciencia, lejos de los reflectores, se ha caracterizado por la experimentación con el lenguaje, la búsqueda de nuevas formas narrativas que acercan sus novelas a organismos vivos, monólogos en donde las palabras construyen imágenes minuciosas, voces que se enredan, frescos que al paso de las páginas van arrastrando al lector en una marea de ritmos y contrapuntos. Marcado por la guerra de Angola, en la que participó entre 1970 y 1973, obligado por su familia a estudiar medicina, con especialidad en psiquiatría, Lobo Antunes, es de esos raros escritores cuya obra no interpreta la realidad sino la desmenuza, la reduce a fragmentos que cobran vida por el ejercicio de la poesía. “Escribo novelas porque no hacer poesía” es, quizá, su frase más famosa. También ha dicho que la trama en una novela no le importa, que es simplemente un asidero, un clavo donde colgar el tiempo, las casas, las calles donde transitan sus personajes. Después de abordar la obra de Lobo Antunes se entiende que su prosa gira alrededor de la confesión, de las voces que utiliza el escritor para decantar su vida, voces que escucha con los oídos del psiquiatra para hacer brotar el flujo de la memoria y la derrota. 

La muerte de Carlos Gardel (1994), novela que cierra la trilogía conformada por El orden natural de las cosas (1992) y Tratado de las pasiones del alma (1990) desarrolla un universo donde las pequeñas desgracias familiares, el solitario aprendizaje de la muerte, prevalecen sobre otras obras donde los personajes están marcados por la guerra de Angola, la convulsa situación política de Portugal que desembocaría en la “Revolución de los claveles”. La trama de la novela, fragmentaria, que no acepta una interpretación unívoca, aborda los últimos momentos de Nuno, un joven heroinómano, moribundo en la cama de un hospital; también cuenta la historia de su madre, recién divorciada; su tía que espera en la noche a su amante; el abuelo sorprendido por la muerte mientras juega a las cartas. Otro elemento de la historia es la obsesión de su padre por Carlos Gardel, obsesión que le lleva a pensar que el cantante no murió en un accidente aéreo y que vive todavía en el cabello engominado, en el brillo en los labios de un imitador de poca monta que canta tangos en los bares de Benfica. En La muerte de Carlos Gardel los personajes se miran sin reconocerse, se esconden en distintas capas de la memoria, aferrados a una voz que sólo puede contar, entretejer el tiempo. La agonía de Nuno se mezcla con recuerdos de su infancia, con los vendedores de droga, su padre empujándolo en el columpio. Las historias se empujan unas a otros, se esconden sin poder evitar su caída, amparadas por una suma de voces que no tienen destinatario, como cartas esperando en un buzón a que un desconocido las lea. Nuno, el joven heroinómano, antes de morir, revivirá su miedo al abandono, tendrá aún esperanza en un improbable viraje del destino: “y finalmente con la voz de Carlos Gardel en el tocadiscos y los dos allí, si no fuese por la mujer fea tosiendo en la habitación sería como si mi madre y mi padre no se hubiesen separado, el albornoz continuase en el gancho, la fotografía aún estuviese en la sala en vez del retrato torcido en el marco...”. 

La muerte de Carlos Gardel es una mirada al interior de lo que somos, de los pequeños momentos que nos conforman. Una buena forma de introducirse a la obra de un escritor que confiesa "Me interesan los libros que me enseñan rincones de mí mismo, pero tenemos miedo a abrir nuestras puertas". 

 

 

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