Las trampas de Trump (segunda parte)
27/01/2026
Autor: Dr. Herminio S. de la Barquera y A.
Cargo: Profesor investigador Escuela de Relaciones Internacionales

Decíamos en la primera parte de esta colaboración que Donald I de Estados Unidos puede caer en dos trampas en su aventura venezolana: la falta de una visión estratégica de la situación y el exceso de optimismo. La ausencia de un objetivo estratégico se puede adivinar cuando uno ve que su reunión con las principales compañías petrolíferas potencialmente interesadas en el petróleo venezolano arrojó muy pobres resultados, en un ambiente que estuvo muy lejos de la euforia presidencial. Y es que las inversiones para sanear la obsoleta infraestructura (no sólo petrolera) en ese país, para garantizar la seguridad del personal, para realizar tareas de exploración y extracción, etc., parece que deberán ser sumamente cuantiosas; además, se trata de invertir durante varios años en medio de una inestabilidad política y económica que en nada alienta a las empresas estadounidenses.

Por otro lado, el exceso de optimismo se refleja en el hecho de que Trump parece creer firmemente que la sola caída de Maduro solucionará los problemas políticos y económicos de Venezuela, lo cual no es correcto. Incluso podrían agravarse y detonar una radicalización de las posturas políticas internas, lo que podría propiciar nuevos flujos migratorios.

Estas dos trampas son las que también amenazan al rijoso neoyorquino a nivel mundial: su deambular desordenado por los escenarios internacionales deja ver una falta de visión estratégica, no establece relaciones entre acontecimientos y escenarios, no alcanza a comprender que el aislacionismo contribuye a la ruina de Estados Unidos, ignora que golpear a sus mejores aliados puede salir contraproducente (como ya ocurrió con el asunto de Groenlandia) y no se da cuenta de que China puede muy probablemente salir beneficiada del errático curso trumpiano. Además, hablar tanto es peligroso, pues desnuda su ignorancia supina: en su discurso en Davos, por ejemplo, confundió a los daneses con los noruegos y a Islandia con Groenlandia). La falta de estrategia también es evidente cuando vemos que incluso en el Partido Republicano y en MAGA no hay apoyo suficiente para la idea de apoderarse de Groenlandia: es decir, Trump ni siquiera se preocupó por fortalecer sus espaldas con sus partidarios domésticos.

Un ejemplo más de su falta de visión a largo plazo es que, si revisamos la estrategia de seguridad nacional que el gobierno de los Estados Unidos publicó en noviembre pasado, en la que encontramos la lista de prioridades en esta materia, el caso de Groenlandia no es mencionado ni una sola vez. Entones, ¿cómo es que Trump proclama por todo el mundo que es imprescindible para la seguridad de su país apoderarse de dicha isla, cuando sus estrategas militares ni siquiera tocan levemente el tema en un documento tan importante? Parece que no se pusieron de acuerdo. Quizá la verdadera motivación de Trump esté en entrar a la historia como un presidente que amplió territorialmente a los Estados Unidos, emulando al tirano del Kremlin, que se anexó Crimea y otros territorios ucranios.

El exceso de optimismo que rodea la visión y el discurso de Trump puede ser una resultante de su acentuado narcisismo, aunque para poder sustentar esta afirmación tengamos que consultar a un psicólogo. El pobre hombre está segurísimo de que todo lo que él hace o emprende es grandioso, magnífico, histórico y hermoso; repite ante quien se deje que él personalmente ya dio fin a “7 u 8 guerras”, por lo que es el más indicado para recibir el Premio Nobel de la Paz, etc.

Podemos agregar otra trampa más a las dos anteriores: el hecho de que Trump se acerque a Putin, se identifique con él y dé la espalda a sus propios aliados (la OTAN y Ucrania, por ejemplo), puede precipitar su caída o provocar serios descalabros en sus intenciones: la súbita marcha atrás respecto a una eventual conquista militar de Groenlandia es el ejemplo más reciente, pues parece que los europeos, por primera vez, contestaron con fuerza a sus amenazas. En efecto: todo indica que hubo algunas amenazas que se pronunciaron a puerta cerrada poco antes del discurso de Trump en Davos, por boca del Secretario General de la OTAN, Mark Rutte, lo que explica el semblante pálido y adusto de los asesores de Trump que estuvieron presentes en dicho encuentro y el abrupto cambio de rumbo del rijoso presidente.

La política exterior de Trump se ha convertido en una especie de lucha existencial, que él está dispuesto a llevar a cabo incluso derramando sangre de sus propios aliados. En el caso de sus pretensiones para apoderarse de Groenlandia, arrinconó a los europeos y estos no tuvieron más remedio que contestar con una dureza que nunca habían mostrado antes. No contento con proferir ofensas y burlas en su discurso en Davos (insultó incluso a los suizos y a su gobierno, anfitriones del foro), las expresiones de Trump en estos días recientes dejan ver a una persona completamente irresponsable, que se mueve en otro nivel intelectual que el resto del mundo y que es un peligro para todos, incluso para su propio país.

Es muy probable que esta política caótica y ruinosa del gobierno de Trump acabe beneficiando a Putin y a Xi Jinping. A Putin, porque una ruptura dentro de la OTAN le caerá de perlas en sus intentos por apoderarse de Ucrania y después emprender la marcha hacia el Mar Báltico; y a Xi Jinping porque le deja las manos más libres para emprender la invasión de Taiwán, además de que la delegación china se dedicó a cerrar buenos negocios en Davos: bien dicen que cuando dos se pelean, el tercero se alegra, por lo que los chinos están tratando de apoderarse de algunos de los vacíos que la administración Trump está dejando en los escenarios internacionales en materia comercial, política, financiera y de ayuda al desarrollo, tratando de atraer a aquellos países que se han visto orillados a abandonar sus alianzas de todo tipo con los Estados Unidos.

Así que, como dijo el Primer Ministro canadiense Mark Carney en su brillantísimo discurso en Davos, estamos en momentos de ruptura, no de transición. Se están reacomodando las cartas entre tres actores principales y un mirón: Estados Unidos, Europa y China, en el primer grupo, y Rusia, que está arruinando su economía y su futuro debido a su aventura ucraniana. Mientras Trump se burla de Europa, el mensaje que llega de China es de conciliación y mesura, por lo que no será extraño que China salga ganando gracias al rufián del barrio.

Dos personas destacaron por sus mensajes de liderazgo y por la forma en la que describen un mundo en donde ya no es posible confiar en los Estados Unidos: Carney y Merz, el canciller (jefe de gobierno) alemán. Si estas dos figuras asumen el liderazgo de los países occidentales, bien podríamos llegar a otros escenarios en los que se diversifiquen las relaciones comerciales, políticas y militares, y en donde, incluso si Trump es sucedido por un demócrata, ya no será posible volver a confiar en una alianza de ningún tipo con los Estados Unidos.

En resumen: la política exterior de los Estados Unidos bajo la guía de Donald I es una especie de conjunto de “marchas en solitario”, con un presidente que se queja de que todos se han aprovechado y burlado de su país, por lo que abandona, una a una, todas sus alianzas, sin darse cuenta de que esto, lejos de fortalecer a Estados Unidos, los está debilitando. Este país, que fue el gran arquitecto del mundo occidental después de la Segunda Guerra Mundial, ahora parece empeñado en destruir su propia obra. La única forma de detener la labor destructiva de Trump es que haya una oposición más decidida y fuerte dentro de los Estados Unidos (pensemos en las elecciones de noviembre próximo) y dureza y determinación por parte de Europa, que sí está en condiciones de ofrecer cierta resistencia y de liberarse paulatinamente de la enorme dependencia que, en muchos órdenes, tienen frente a los estadounidenses.

En este sentido, América Latina está más expuesta y es más vulnerable. De ahí la importancia de diversificar mercados, de lograr mejores condiciones internas en lo jurídico y en la seguridad, de consolidar los regímenes democráticos que quedan y de fortalecer los lazos políticos y económicos con Europa, con los países asiáticos, como Japón o Corea del Sur, Australia y Nueva Zelandia, y, con mucho cuidado, con China. Fortalecer los lazos entre los países latinoamericanos no estaría mal, aunque los vaivenes políticos de los diferentes países son un factor que influye negativamente en esta necesidad.

También es importante dejar de ser ilusos, como vimos después de la captura de Maduro: a Trump no le interesa el respeto a los derechos humanos, ni en Venezuela ni en su propio país. Por cada vez que pronuncia la palabra “democracia”, pronuncia 20 veces “petróleo”. Como buen negociante narcisista, sólo está interesado en tres cosas: en las ganancias, en el reconocimiento y en la admiración de los demás.