Que en mis ojos vean tu reflejo. Reseña De Morir Con Los Ojos Abiertos, de Antonio Sánchez Díaz de Rivera
13/03/2026
Autor: Noé Blancas Blancas
Foto: Sofía Nuñez

Morir con los ojos abiertos, publicado en 2023, es el quinto poemario de Antonio Sánchez Díaz de Rivera, un poeta que, por sus temas filiales, íntimos o “elementales” como llamó Neruda a sus odas a las cosas sencillas, se nos parece un poco al decimonono Juan de Dios Peza, aunque las formas de uno y otro son del todo distintas. Antes de Morir con los ojos abiertos, Sánchez Díaz de Rivera ha publicado Cobija al hombro (BUAP, 2008), El silencio estridente (Panorama, 2009), La vida me besa (UPAEP, 2017) y Soledad compartida (2020).

En este último poemario, como en los anteriores, el poeta poblano entrega composiciones de temas diversos y con una total libertad respecto de las preceptivas literarias; “a la intemperie de todas las estéticas”, en palabras de Manuel Maples Arce. Igual que en los libros anteriores, los versos remiten a personas, vivencias, anécdotas o recuerdos, sin rebuscamientos, con una intención naturalmente referencial, en una apuesta arriesgada a la sensibilidad y a la memoria del lector, más que a un forzado “placer del texto”. Remiten, pues, al “dulce sabor amargo de la vida” (como se lee en la página 11), antes que a cualquier intertextualidad o recurso retórico.

Uno de los temas que ocupa varios poemas es la vejez. El poema con ese título, además de ofrecer una lista de las señales inequívocas de tal condición, define rotundamente: “Duele lo que no dolía” (91). En otro poema, “70 años”, abunda: “Afloran las espinas no cegadas / algunos dolores… sabores agridulces” (12); aunque puede notarse cierto desquite: “a veces exprimía yo a la vida y otras ella me exprimía” (12). Y es que: “¿[…] acaso un minuto es siempre igual?” (“¿Qué es el tiempo?”, p. 95).

El poeta-abuelo reúne en sus versos los libros y los nietos. Éstos corren y dejan “mis libros / tirados en el suelo”; un poco puerilmente, decide cerrarles la puerta; pero luego, aún más puerilmente, se decide: “no vuelvo a cerrar la puerta / prefiero sus gritos y sus juegos / a pasármela a solas” (31).

También reúne la escritura y las líneas de su rostro en “Raíces y frutos”: “Los abuelos contienen la historia / en las arrugas de su cara” (51). Los pliegues de la edad se corresponden con las líneas de la página escrita: como en la piel de la página en blanco la historia se cuenta línea por línea, en la página del rostro, la historia se vuelve escritura.

No estoy seguro de que el poema “Hernia(s)” deba catalogarse como un poema de la vejez, pero es que el hospital comienza a formar parte de la vida cotidiana, sin anular el humor: luego de desnudarlo incluso del vello, tras la tricotomía: “El doctor pasó de llamarme Don Antonio / a simple profesor” (59). Al despertar, las hernias han desaparecido: “me quitaron dos bolas / pero no las importantes para la acción” (60).

Un tema que Sánchez Díaz de Rivera ha venido cultivando desde su primer libro es la reflexión filosófica. Aquí, efectivamente, identifica el acto de poetizar con el de filosofar: “cuando hago poesía filosofo”, pues “la filosofía parte de la pregunta / en la poesía quizás esté la respuesta” (14).

Levinas es uno de los filósofos que han destacado la necesidad de mirar al otro. Antonio Sánchez parece seguir esta línea de pensamiento cuando dice, en tono de letanía: “Mira mi rostro / para que te mires tú” (65); “Mira mi rostro / […] eres tú”; para concluir: “mientras me mires / habrá humanidad” (66). Aunque reconoce que la ideología no ayuda mucho para la fraternidad pues los matices, los claroscuros, desaparecen en pos de la radicalidad: “Va quedando sólo el blanco y el negro” (18).

La reflexión también alcanza eso que los críticos han tenido como obsesión: la clasificación. A quienes le piden “que haga secciones / para bien ordenar / mis poemas”, responde: “Seguiré escribiendo la vida / como se da” (20).

También el erotismo tiene lugar en este poemario, a pesar de los regaños de la esposa del poeta, quien “no quiere / que verse sobre / […] el amor” (40). Aquí la vena es rica. En “Insondable”, declara: “me asomo a tu escote / abismo insondable / misterio escondido / imagino tus senos / el palpitar de tu corazón”.

En otro texto, el poeta se propone “medir y contar tus besos”; evidentemente, ya entrados en estadísticas, los “intensos y dulzones” tendrán 10; los amargos, “de 3 no pasarán”, mientras que los “indiferentes con un 0 les bastará” (62).

Un poema perturbador es “La mujer en el vagón”. Una mulata que viaja en un tren mira por la ventana mientras amamanta a su bebé; pero “ve el paisaje… / como si no viera nada” (54). Ella “no tiene más destino / que el tren / en su última parada”. La idea es clara: el destino de la mujer termina en la siguiente estación. ¿Y si también fuera, la última parada, nuestro destino?

Las elegías no faltan. Hay tres poemas que hablan de nuestros difuntos. Uno es “De cempasúchil el camino” (29). Otro es “Día 30”. Aquí se lee: “Estamos a día 30 / del primer mes del año / 30 amigos nos han dejado” (67). Como los amigos, también mueren los días. El poeta se debate entre la plegaria y el vacío que los amigos han dejado en su vida diaria: “no sé cómo rezarles / con las cuentas del rosario / o quitando las hojas del calendario” (67). Pero es más grande la angustia cuando advierte: “no sé quién se irá mañana” (67).

El tercero es “Día de muertos o muertos de día”. Ante tantos ausentes, “ya no nos alcanzan / ni las ofrendas ni el pan / para recibir a tantos muertos”; “Al paso que vamos… / no habrá quien ponga las ofrendas” (82). Y no falta la nota humorística: “a quienes están allá / les recomiendo no regresar por acá” (82).

El tema central del libro, según lo sugiere el título, es la muerte. Y es perturbadora la relación que se establece entre la muerte y la escritura. Ciertas afirmaciones aparecen aquí y allá, sin que el nombre del poema nos prevenga ante la pregunta: ¿por qué escribimos? Escribimos para no cerrar los ojos. En el principio del siglo pasado, Manuel Gutiérrez Nájera lo dijo a su manera:

Quiero morir cuando decline el día

en altamar y con la cara al cielo;

donde parezca un cielo la agonía,

y el alma, un ave que remonta el vuelo.

Escribimos, parece decir Antonio Sánchez, porque no nos basta la política, ni la ironía ni el erotismo.

Por un lado, el hombre, “roto por dentro” (“Frágil”, 69), recoge sus pedazos cada mañana. Pero por el otro, el hombre se sabe trascendente. Y su trascendencia alcanza a materializarse tímidamente en la escritura. Escribimos porque queremos morir “con los ojos abiertos”. En el poema “La puerta”, el poeta, ansioso torero, deseoso de “lucir en el redondel / de la vida y de la muerte”, “frente a los pitones de la realidad” (99), es consciente de que hay que ser valiente “para cruzar / la puerta que te lleva al más allá” (99). Pero, insiste, es mejor hacerlo “con los ojos abiertos”.

En el prólogo, Iván Uriel Atanacio Medellín, se pregunta: ¿cómo no “morir con los ojos abiertos”, si “cada mañana concede avistar el colibrí centinela de sus huertos”; si “[así] se disfruta el mar”? Efectivamente, el poeta ansía mantener los ojos abiertos al entender que la contemplación –para decirlo con las palabras de Aristóteles– “es lo más agradable y lo más noble”.

Si la muerte es destino ineludible, si siempre “algo te mata”, “por mucho que tengas / por mucho que ames” (115), al menos, que nuestra mirada alcance a ser testigo cierto de la vida, de la nuestra y la del otro, de ese otro que tanto se empeñó en mirar Levinas. Que al menos en nuestra mirada abierta aquellos que se quedan, aquellos que te vieron y también aquellos que jamás te contemplaron, “vean tu reflejo en mis ojos (149).

Estos son los temas y las formas que Antonio Sánchez Díaz de Rivera, fundador del Instituto Promotor del Bien Común de UPAEP, universidad en la que fuera también director general de Vinculación, nos deja en su quinto poemario Morir con los ojos abiertos.