Las bibliotecas personales, todos lo sabemos, no necesariamente están constituidas por los libros que su poseedor ha leído. Una biblioteca, ha afirmado Gabriel Zaíd, es un proyecto de lectura. Así, el hecho de que Juan Rulfo conservara algún libro de William Faulkner en sus nutridos libreros, no implica necesariamente que lo haya leído, ni que lo haya hecho antes de escribir Pedro Páramo, a pesar de lo que defiente James East Irby en su multicitada tesis “La influencia de William Faulkner en cuatro narradores hispanoamericanos”; y a pesar de Emmanuel Carballo, quien asegura haber visto dicho libro marcado por el propio Rulfo.
Por otro lado, es imposible que nuestra biblioteca personal reúna todos los libros que hemos leído; siempre faltan o sobran títulos. En todo caso, esos libros son indefectiblemente nuestros. Sea porque los hemos recibido como regalo, o porque fueron escritos por nuestros amigos (aunque quizá no nos atrevemos a leerlos), o porque nos vimos obligados a comprarlos en nuestra época de estudiantes. En todo caso, constituyen un proyecto de lectura, un “proyecto no cumplido”, en palabras de Zaíd. Umberto Eco, de quien se dice que alcanzó a atesorar 30 mil volúmenes, llamaba “antibiblioteca” a los libros no leídos.
Y llegados a este punto, podemos preguntarnos también por los libros que no poseemos. ¿Qué pasa con esa otra biblioteca, la que no tenemos, la que hemos leído pero no hemos comprado, la que no entra en el juego de la propiedad privada? Hablo de los libros prestados o fotocopiados; de los que hemos perdido o regalado De los libros que no tenemos, pero que, a fin de cuentas, nos pertenecen, son ineludiblemente nuestros.
Es esa biblioteca leída la que convirtió a don Alonso Quijano el Bueno en don Quijote; la que enorgullecía tanto a Jorge Luis Borges; la que convirtió a Juana de Asbaje en Sor Juana Inés de la Cruz –sin desestimar que los cuatro mil volúmenes que compartían su clausura. Es esa biblioteca leída la que diferencia al lector del bibliotecario, del librero, del consumidor y de los otros lectores.
Es una curiosidad casi impertinente indagar qué leían, qué leyeron los poetas, los novelistas que nos cautivan, los personajes históricos, nuestros políticos. ¿Qué libros leyó Cervantes: habrá superado a don Quijote? ¿Cuáles San Agustín? ¿Cuáles Napoleón y cuáles Hitler? ¿Cuántos y cuáles Sor Juana? ¿Cuáles nuestro Nóbel, Octavio Paz? ¿Y José Revueltas, de quien es lícito dudar que haya comprado uno, pero que leyó todas las vidas de santos que pudo y que permanecía encerrado en la Biblioteca Nacional? ¿Y Rulfo –quien se vanagloriaba de leer dos novelas al día realmente leyó toda la biblioteca que el cura cristero Irineo Monroy dejó encargada en la sala de su casa–? Quizá nunca lo sepamos. Los volúmenes que nos encontremos en las bibliotecas personales pueden ayudarnos, pero no constituyen el dato fidedigno: tener un libro no es leerlo.
Y nosotros, simples mortales, lectores ocasionales, ¿cuántos autores, cuántos libros, cartas, revistas, periódicos, volantes, luminarias, hemos leído? ¿Cuáles son los textos que nos conforman? ¿Y cuántos otros hemos querido leer?
Según Margit Frenk, lectora incluso de textos orales, en la Edad Media unos cuantos libros hacían sabio a una persona. En nuestra época, de ingentes bibliotecas digitales, ¿cuántos y cuáles libros hacen a un escritor, a un sacerdote, a un crítico, a un periodista, a un político?
Nuestra biblioteca personal no se corresponde con nuestros libreros. Comprende los libros que hemos leído, pero también aquellos que pretendemos leer algún día, y quizá también aquellos que recordamos aun sin haberlos ojeado. Y, por supuesto, también aquellos que hemos olvidado.
Ése es uno de los destinos escritos del libro, quizá por su natural condición de entrega: su pérdida. Todos hemos perdido, o mejor, heredado un libro: porque nos lo robaron, porque nos lo pidieron prestado para no devolverlo jamás, porque decidimos deshacernos de él o simplemente porque nunca fue nuestro. Pero aun esta pérdida no es nunca absoluta, pues al fin lo hemos leído y sólo por eso nos sigue perteneciendo.
Es decir, un libro no se posee sino hasta que se lee, pero una vez leído, aun si ya no duerme con nosotros, es para siempre un libro nuestro. Inalienablemente nuestro.
















