El mundo en un soneto
27/03/2026
Autor: Noé Blancas Blancas
Foto: Sofía Nuñez

“El mundo entero cabe en un soneto”, me dijo un mi profesor de literatura. Y se dio el lujo de decirlo con un endecasílabo. A mí me parecía un prodigio que parte del mundo cupiera en toda la literatura… ¡cuánto mayor sería, en un soneto! Pero creo que mi genial profesor tenía razón. Y creo también que mucho bien nos haríamos si lo intentamos más frecuentemente.

Renacentista, incluso medieval, novohispano y decimonono, el soneto es uno de los géneros más modernos; acaso por ello el poeta difícilmente se le resiste. Silogismo, ilimitada secuencia, arquitectura, juego, atrae quizá tanto como la flama a la polilla… de manera que pocos se acercan a él sin poner en riesgo las alas, e incluso sin quemarlas.

Sus características son bastante conocidas: “Catorce versos dicen que es soneto”, apunta Lope de Vega; endecasílabos, divididos en dos cuartetos y dos tercetos, de rima ABBA, para los cuartetos, y más libre para los tercetos: CDE, CDE; o CDE, DCE, o CDC, DCD.

Cuando la lengua española era apenas jarchas y glosas, el soneto había sido ya consagrado por los latinos del dolce stil novo: Guinizelli, Cavalcanti y Cino de Pistoia. Dante de Alighieri se los dedica a Beatrice Portinari en Vita Nuova; y Petrarca lo cultiva en su Canzionero.

A España lo lleva Íñigo López de Mendoza marqués de Santillana; y posteriormente lo adopta Garcilaso de la Vega. En el siglo XVI destacan Diego Hurtado de Mendoza, Hernando de Acuña, Fernando de Herrera y Gutierre de Cetina (el del famoso madrigal “ojos claros, serenos”, que muriera apuñalado tras una serenata, en Puebla). Los Siglos de Oro (XVI-XVII) vieron a los sonetistas españoles de mayor envergadura de todos los tiempos: Góngora, Quevedo (el del contundente remate: “polvo serán mas polvo enamorado”), Lope de Vega, Calderón de la Barca, Cervantes, por mencionar sólo algunos.

En América, en la Nueva España, baste mencionar a nuestra inmensa Sor Juana Inés de la Cruz, cuyos sonetos –no desprovistos de perfección ni de retruécanos– nos permiten ver la arquitectónica rosa –“viviendo engañas y muriendo enseñas”–, un retrato de ella hoy perdido –“es cadáver, es polvo, es sombra, es nada”–, y su propio corazón vuelto lágrimas –“pues ya en líquido humor viste y tocaste / mi corazón deshecho entre tus manos”…

Los Románticos no sintieron tanto afecto por el soneto, pero resurgió con Rubén Darío y los modernistas en América, y con Machado y Lorca, en España. En el siglo XX, lo usó en España la Generación del 27: Jorge Guillén, Gerardo Diego, Rafael Alberti. Y los latinoamericanos Pablo Neruda y Jorge Luis Borges no le fueron distantes.

En México, el soneto, afirma Novo: “Viene a ser como el común denominador de todas sus épocas y de todos los poetas”. Lo usan el infravalorado Antonio Plaza, los románticos o modernistas o ateneístas Manuel José Othón, Díaz Mirón, De Icaza, Luis G. Urbina, Nervo, López Velarde, Efrén Rebolledo, González Martínez, Reyes… los Contemporáneos Torres Bodet, Pellicer, González Rojo, Villaurrutia. Y más recientemente, nuestro Nobel, Octavio Paz, y el recién fallecido Bonifaz Nuño… y no son todos.

Según se ve, el soneto no parece estar del lado de los neófitos. Sin embargo, escribirlos ofrece una maravillosa oportunidad de poner a prueba nuestro dominio de la lengua. Hay blogs de jóvenes sonetistas que escriben no para obtener premios sino sólo por divertimento. Puestos los pies en la tierra –“tejas abajo”–, quizá no podamos atrapar el mundo en 154 sílabas, pero al menos, seremos más conscientes de las palabras que pueblan nuestro mundo. Siguiendo a Lope, todo consiste en: “contad si son catorce, y está hecho”. Como la polilla a la flama, desafiemos al soneto; quizá temple, más que quemarlas, nuestras alas.