Antes de dar inicio a la primera de las columnas de análisis de este año, permítanme mis cuatro fieles y amables lectores que aproveche este primer parrafito para desearles un año nuevo pleno de bendiciones, sobre todo salud y mucha paciencia para seguir leyendo estos análisis semanales que perpetramos con ímpetu y dedicación.
En verdad, este año comenzó de manera muy turbulenta, sobre todo por la incursión militar que Donald I de Estados Unidos ordenó para capturar al dictadorzuelo Nicolás Maduro. En la rueda de prensa que tuvimos en la UPAEP el lunes 5 de este mes con motivo de dicho acontecimiento, dejamos claro que, aunque reprobamos totalmente el régimen antidemocrático y criminal de Maduro, no podemos avalar una acción militar que atenta contra el derecho internacional. Es por eso que en esta y en las siguientes colaboraciones nos dedicaremos a analizar algunos aspectos centrales del nuevo orden internacional que se está fraguando de unos años a la fecha, para lo cual es fundamental entender la figura de Donald Trump.
Decíamos en esa rueda de prensa que la intervención en Venezuela tiene dos aspectos importantes: el primero es el indudable éxito de la operación militar, realizada de manera verdaderamente magistral, y el proceso político que le sigue, y que sin duda será más complejo y más largo que el episodio militar. Aquí vemos la diferencia entre el dirigente militar y el dirigente político: el primero termina su labor al concluir la misión militar, acotada por el mando político. El dirigente político debe seguir trabajando para asegurar la paz o para instaurar el orden político que desee, justo o injusto, bueno o malo. Es decir: lo importante es ahora lo que sigue. Y en ello, el presidente estadounidense podría caer en dos trampas: la primera se debe a que generalmente no persigue una estrategia bien definida, sino que va avanzando como su instinto le va dictando; y la segunda es su exceso de optimismo, producto quizá de su marcado y grosero narcisismo, y que lo lleva muchas veces a desconocer la complejidad de los problemas. Es por eso que vamos ahora a tratar de analizar cuál es el camino de Trump en el escenario internacional y en qué trampas podría caer. Hemos identificado algunas, que procederemos a discutir.
Lo que hemos estado contemplando en estos turbulentos días de principios de año no es simplemente una corrección de curso en la política exterior estadounidense, sino, mejor dicho, la puesta en marcha de un experimento estratégico, cuyo resultado final no podemos predecir con certeza, pero cuyos riesgos sí podemos vislumbrar. Donald I se mueve por los escenarios internacionales y de su propio país ignorando totalmente las reglas escritas y no escritas. Es lo que coloquialmente se podría describir como un chivo en cristalería. Su nueva “Doctrina Don-Roe”, como él mismo la bautiza, significa, literalmente, que él, el político más poderoso del planeta, puede hacer lo que le plazca. Lo que podemos adivinar es que puede caer en las mismas trampas que algunos de sus antecesores, pero con otra “calidad de caída”: al contrario que Bush (hijo) y Barak Obama, no se trata de que cometa errores estratégicos en algunas regiones del planeta (Siria, Crimea, Afganistán, Irak), sino de fallas más profundas, pues podemos ahora preguntarnos si la arquitectura de seguridad que se comenzó a construir al terminar la Segunda Guerra Mundial (1945) sobrevivirá a la administración Trump.
Como todos recordamos, una de sus promesas centrales de su campaña por la presidencia fue la de retirar a los Estados Unidos de las organizaciones internacionales que, a sus ojos, significan más costos que beneficios para su país. En su muy limitada comprensión de los mecanismos de las relaciones internacionales, Trump se ve a sí mismo como un hombre que busca llevar a cabo acuerdos con otros “grandes” -a sus ojos-, tales como Putin o Xi-Jinping. Es, en inglés gringo, un “Deal maker”, que prefiere el trato personal, al estilo de los negocios inmobiliarios, en lugar de dar su lugar al juego de las instituciones, la certeza política y las reglas. Es decir: Donald I reduce los problemas complejos del mundo a negociaciones personales bilaterales. En su cosmogonía chata y turbia, las instituciones son obstáculos, no instrumentos. Así, la OTAN, por ejemplo, es para él una pérdida de dinero y no un instrumento de seguridad multilateral. A la Unión Europea (UE) la considera una competencia contra los Estados Unidos, no como una socia y aliada. A América Latina no la ve como un actor en la política internacional con quien hay que llegar a acuerdos, sino como su patio trasero en el que él puede hacer lo que le venga en gana. Por eso quita a Maduro, acusándolo de narcoterrorista, pero indulta a Juan Orlando Hernández, ex presidente de Honduras, acusado de narcotráfico. Y a Rusia la ve como un posible socio de negocios y no como una amenaza a la seguridad de los Estados Unidos. A Putin, ya lo hemos dicho, le profesa una admiración fuera de toda medida.
Obviamente, esta visión de las cosas no es nueva (lo sabemos en Latinoamérica, con esa visión del “patio trasero”); lo que sí es nuevo es, por un lado, la rudeza con la que se impone a todos esta visión y también el tipo de consecuencias que traerá consigo. Lo que no entiende Donald I es que la política internacional no es un simple negocio inmobiliario, que se puede zanjar en un desayuno y con un apretón de manos entre dos socios. Los actores con los que Trump tiene que tratar en el escenario internacional tienen intereses propios, muy complejos, tiempos propios, planes propios, algunos obedecen a su electorado, otros a sus propios aparatos de poder autoritario, lo que hace mucho más difícil la relación con ellos. A veces, por ejemplo, parece que no entiende que su amado Putin no quiere sentarse a negociar; no entiende que ambos persiguen fines distintos: él, Trump, dice querer el fin de la guerra contra Ucrania; Putin, por el contrario, quiere la victoria militar. Por eso no se pueden poner de acuerdo, pero eso no lo alcanza a entender Trump. Lo que vale en el escenario internacional no son las palabras amables y bonitas, no es la retórica llena de adjetivos rimbombantes, sino las relaciones reales y crudas de poder.
Esta aseveración, de la que todo estudiante de primer año de Ciencia Política o de Relaciones Internacionales debe estar consciente, está muy lejos de la comprensión del presidente Trump. Por eso es que no ha logrado sentar a la mesa a Putin, a Zelenski y a la UE. Putin busca debilitar a Europa y al Occidente (incluidos los Estados Unidos), apoderarse de Ucrania, llegar al Báltico y recuperar la grandeza del antiguo imperio zarista y de la URSS. Al darle siempre la razón, Trump está minando los cimientos de Europa y de los mismos EE. UU. Esto no quiere decir que esté mal negociar; lo que está mal es negociar sobre las bases equivocadas, pues lo que está logrando es precisamente debilitar a sus socios europeos, legitimar la agresión rusa a Ucrania, fortalecer a Putin y, con ello, acarrear la ruina de Estados Unidos. Lo peor es que él está firmemente convencido de que está fortaleciendo a su país.
Esta es precisamente la paradoja que uno puede encontrar en toda su política exterior. Otra paradoja es que se presenta, por un lado, como el hombre fuerte, como el macho alfa de la manada; pero, por otro lado, es terriblemente inocente frente al que le habla bonito al oído y le soba el lomo. Por eso dicen los que saben que su opinión depende de la última persona con la que haya hablado. Es increíble, por ejemplo, que en un principio se haya tragado el cuento de que Ucrania habría tratado de atacar una residencia de Putin, cuando no había (ni hay) absolutamente ninguna prueba fehaciente de ello. Lo creyó a pie juntillas sólo porque el mismo Putin se lo dijo por teléfono. Es decir, en lugar de creerle a su propio aparato de inteligencia, le creyó al agresor. Esto nos da a entender que Trump es sumamente vulnerable ante campañas de comunicación bien orquestadas. Si un mensaje está bien hecho para sus oídos, se creerá todo. Pero parece que el único que ya aprendió esta valiosa lección es nada menos que Vladimir Putin.
Por eso, toda promesa que emane de sus labios ya no puede tomarse en serio, porque no hay garantías de que Trump la sostenga. ¿Cómo pueden Ucrania y la UE creerle? Toda garantía de seguridad es tan valiosa como la voluntad del garante de hacerla valer en caso de emergencia: si Donald I no tiene en realidad la voluntad de garantizar la seguridad de Ucrania, mal haría Zelenski en confiar en sus promesas.
Con un presidente tan poderoso como Trump, tan falto de escrúpulos, que viola sistemáticamente el derecho internacional (al mandar secuestrar al rufián de Maduro o al asaltar en altamar un buque ruso que sirve a los intereses de Putin, el tirano), al amenazar a sus aliados con apoderarse de ellos (Groenlandia, Canadá), al maltratar a sus socios y vecinos latinoamericanos y europeos, al reducir los derechos y las garantías constitucionales de sus propios ciudadanos (veamos cómo está actuando la autoridad de control de migración, ICE, que incluso ha asesinado a una ciudadana estadounidense en estos días), estamos asistiendo a la consolidación de algo que podríamos llamar “dinámica del chivo en cristalería”: Trump se pasea por el mundo con una mezcla de sobrevaloración de sus propias capacidades, de absoluto desprecio por las reglas y por una ignorancia de las consecuencias de sus actos. Lo acompaña la inocente creencia de que sus buenas relaciones con otros jefes de Estado que según él están a su misma altura (como Putin, desde luego) o de que su poder militar (frente a Europa o Latinoamérica) bastan para solucionar problemas complejos y añejos en el escenario internacional.
La semana próxima continuaremos nuestro análisis de la política internacional de Donald Trump, el poderoso manipulable.










