Los Estados Unidos, Trump y el fascismo (primera parte)
03/02/2026
Autor: Dr. Herminio S. de la Barquera y A.
Cargo: Profesor investigador de la Escuela de Relaciones Internacionales

Desde la primera ocasión en la que Donald Trump ocupó la presidencia de los Estados Unidos, muchas personas sostenían que este personaje es un fascista. Debo confesar que, en un principio, me resistía a pensar en el fascismo para describir al presidente Trump, debido a que, en primer lugar, no me parecía que hubiera suficientes elementos del fascismo clásico que encajaran en la realidad observada. En segundo lugar, nunca me ha atraído la idea de emplear conceptos que aparecen sin ningún cuidado y profundidad en los medios de comunicación, pues muchas veces no se trata de reflexiones académicas, sino de opiniones vertidas por el periodista al calor de los acontecimientos. En tercer lugar, la palabra “fascismo” se ha usado hasta el exceso en este y en otros contextos, hasta el punto de que su significado se pierde o se deslava. Además, ni siquiera en el mundo académico hay unanimidad en la definición de dicho concepto, por lo que es complicado aplicarlo a un gobierno y a un régimen encabezados por un personaje como Donald Trump, de quien no creo que esté muy enterado de lo que un régimen requiere para ser fascista, ni creo que le interese.

Como mis cuatro fieles y amables lectores lo saben, pues son personas todas ellas muy instruidas, la versión original italiana del fascismo no se parece a las que surgieron después en Alemania y España; esto se debe a que estos dos últimos ejemplos, si bien se orientaron por el modelo italiano, le imprimieron algunas características autóctonas que los diferencian entre sí. Algunos expertos creen incluso ver algunos elementos fascistas en políticos mexicanos de la década de los 20 del siglo pasado, como en Plutarco Elías Calles y otros sonorenses. De hecho, algunos elementos fascistas aún perduran con fuerza en la cultura política mexicana, como esas costumbres, impensables en los países democráticos liberales, de las escoltas escolares y de dictar órdenes militares a los civiles en las ceremonias (“¡Saludar, ya!” ¡Descanso, ya!”, “¡Firmes, ya!”, etc.). La organización corporativa que asumió el Partido Nacional Revolucionario (PNR), su sucesor (Partido de la Revolución Mexicana, PRM, 1938) y su “nieto”, el PRI (1946), es igualmente un reflejo de las tendencias fascistas de la época. Lo que podemos afirmar con certeza es que, desde sus orígenes, el fascismo ha sido una ideología un tanto incoherente, por lo que su entendimiento y su aplicación para entender algunos fenómenos políticos se complican.

Tratemos de definir a esta ideología extrema. El fascismo es un movimiento político originado en Italia a principios del siglo XX. Propugnaba ideas de extrema derecha, racistas y xenófobas. Poco después de su fundación, el Partido Fascista tomó el poder en Italia mediante el uso de la violencia y el terror. El líder de los fascistas era Benito Mussolini (1883-1945), quien exigía obediencia incondicional a los miembros del partido: sus seguidores debían someterse sin chistar a las ideas del fascismo. El parlamento democrático se había vuelto impotente en Italia, en medio del caos y de la catástrofe económica que siguieron a la Primera Guerra Mundial. Debido a las dificultades económicas de la población en ese momento, muchos anhelaban un líder fuerte, carismático y resuelto, esperando que los ayudara a salir de su calamitosa situación. Las ideas fascistas también pudieron arraigarse en otros países con dificultades similares, particularmente en Alemania, en donde el nacionalsocialismo propugnado por Adolf Hitler (1889-1954) guardaba fuertes similitudes con el fascismo originado en Italia.

Pero, ¿de dónde proviene el término? Los fascistas, orgullosos del glorioso pasado romano, usaban las antiguas “fasces” romanas, que eran un símbolo de autoridad, poder y mando; consistían en haces de varas de madera atadas con una cinta de cuero rojo alrededor de un hacha, indicando el poder de castigar o ejecutar. Portados por lictores, representaban la unidad y la fuerza del gobierno en la República y en el Imperio Romano. En singular, la palabra latina (fascis), significaba haz, manojo o fardo. Así que las “fasces” eran empleadas por los seguidores de Mussolini como símbolo y distintivo en sus banderas y como emblema de su partido. De ahí el término "fascismo".

El partido y el régimen de Benito Mussolini adoptaron el símbolo y la autodenominación de su régimen político, vigente desde 1922. Esto convirtió a Italia en el primer representante de dictaduras de extrema derecha, como las que surgieron en numerosos países europeos tras la Primera Guerra Mundial. El fascismo italiano se caracterizó por un sistema de gobierno autoritario, contrario a la democracia y centrado en un líder ("Duce") a quien se obedecía ciegamente, una política exterior agresiva con fines de conquista y expansión, un mayor protagonismo de las fuerzas armadas en la sociedad y un orden "corporativista" de relaciones sociales. Esto significó que los grupos de interés social se consolidaron bajo el control estatal, se restringió su autonomía y se cimentó su compromiso con los intereses del régimen. Por lo tanto, no existía un pluralismo genuino, ni libertad de expresión ni de prensa, además de que los opositores políticos eran perseguidos sin piedad.

Otros regímenes de la época estuvieron estrechamente relacionados con el fascismo italiano, como la dictadura española de Francisco Franco (1936-1982), el régimen portugués de Salazar y Caetano (hasta 1975) y el régimen húngaro de Horthy (hasta 1944). Algunas dictaduras militares, especialmente en Sudamérica, también exhibieron características muy similares al fascismo italiano.

Hay diferencias significativas entre el fascismo italiano y el nacionalsocialismo, que llegó al poder en Alemania una década después: el fascismo italiano carecía del racismo étnico y del antisemitismo que llevaron al exterminio sistemático de segmentos enteros de la población bajo la dictadura hitleriana (judíos, gitanos, eslavos). Por lo tanto, si se utiliza el término “fascismo” indiscriminadamente para todas las dictaduras de derecha del período de entreguerras —como hicieron los comunistas en particular—, se minimiza la naturaleza racista específica del nacionalsocialismo. Por su parte, el régimen de Francisco Franco (1892-1975), al contrario de sus contrapartes italiana y alemana, no persiguió a la Iglesia católica, sino que, muy por el contrario, la utilizó como una de sus columnas, por lo que muchos expertos hablan de una especie de “nacionalcatolicismo”.

Sin embargo, hay algunos hechos que han cambiado en el segundo periodo de Donald Trump, y si los hechos cambian, debemos cambiar de conclusiones. Los acontecimientos recientes han puesto de relieve el “estilo personal de gobernar” (parafraseando a Cosío Villegas) de Trump 2.0, por lo que ahora sí me estoy inclinando a pensar en el fascismo para explicar algunos acontecimientos y tendencias. Esto no se debe a una o dos cosas que él, sus compinches y su administración hayan hecho o estén haciendo, sino a la totalidad de lo que estamos observando.

Así, vemos que hay elementos comunes con regímenes fascistas, como el empleo del terror y el miedo para avasallar a los oponentes y a las minorías. Pero hay elementos nuevos, como es el hecho de que ahora el terror y el miedo se dirigen a amedrentar a la propia población: si Trump dirigía su mensaje y acciones en contra de los inmigrantes, particularmente de los latinos, ahora sus milicias del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) y de la Patrulla Fronteriza (BP, por sus siglas en inglés) se lanzan contra la propia población racialmente blanca y nativa del país, es decir, contra aquellos que teóricamente no deberían ser objeto de sus ataques y redadas. Esto es nuevo, pues no lo observamos en los regímenes de Mussolini ni de Hitler, y ni siquiera en Trump 1.0.

Otra característica del fascismo (aunque no exclusiva de él) es la obediencia ciega al “infalible” líder, quien goza además de una veneración que raya en la idolatría: nunca falla, nunca se equivoca, todo lo que decide, hace o dice es acertado; por lo tanto, nunca se le contradice o se le discute. Esta idolatría se refleja en un dato curioso: los nuevos agentes que ingresan al ICE reciben un adiestramiento que dura exactamente 47 días. ¿Por qué? No hay ninguna respuesta técnica a esto: son 47 días porque Donald I es el presidente No. 47 de los EUA. En algunos medios ha aparecido la opinión de que las milicias del ICE y de la BP nos recuerdan a la SA hitleriana (Sturmabteilung, en español: “Sección de asalto”). Esto hay que aclararlo: el ICE no se parece en nada a la SA, también conocida como las “Camisas Pardas” de Hitler. La clave está en el uniforme: los integrantes de la SA vestían camisas color café, con pantalones, abrigos, gorras, insignias, etc. Tenían un uniforme de verdad que usaban como embajadores de la violencia paramilitar totalitaria y no pretendían ocultar su identidad, por lo que no iban enmascarados o con el rostro cubierto.

El ICE carece de un uniforme oficial, sus integrantes no llevan una identificación clara, nada que diga que se trata de miembros oficiales de una agencia gubernamental cumpliendo tareas legales. En cambio, portan chalecos tácticos que pareciera que cada quien compró donde pudo, casi todos ocultan su rostro con mascarillas o pasamontañas de diferentes tipos, etc. Eso no es un uniforme. Se nota porque ha habido gente que ha copiado fácilmente la apariencia para hacerse pasar por agentes del ICE en numerosas ocasiones, maltratando o robando a inmigrantes, sabiendo que es prácticamente imposible distinguir a agentes gubernamentales de delincuentes comunes con la cara cubierta.

Los Camisas Pardas querían que todos los vieran golpear a la gente en las calles, pues eran los ejecutores del terror público en contra de judíos o de opositores. Los miembros del ICE, por razones que desconozco, ocultan sus rostros. Hay incluso agentes del ICE que se disfrazan de civiles o de trabajadores públicos para sorprender a inmigrantes o ingresar a sus casas. Es imposible pensar en un miembro de la SA despojándose de su uniforme para atrapar opositores al nazismo. No se quitaban el uniforme ni para dormir, orgullosos de proclamar su identidad con el Führer.