Casi al final de la Apología de Sócrates, Platón nos habla sobre la importancia de examinar nuestra propia existencia y de no vivir por vivir: para Platón es claro que la cuestión sobre el sentido de la vida no se puede atender sin antes reflexionar sobre propio modo de ser en el mundo. Una labor que, a mi parecer, constituye una de las principales tareas de todos los que nos dedicamos a la educación. Siempre he creído que, como educadores, estamos llamados a propiciar que los alumnos examinen sus propias existencias, sus propios presupuestos y acciones, a fin de que puedan descubrir aquellas cosas por las que no sólo vale la pena vivir, sino incluso también aquellas por las que valdría la pena dar la vida. Es importante que, como docentes, asumamos esto como una de las responsabilidades más grandes: ¿de qué nos sirve que nuestros alumnos sean capaces de hablar de Aristóteles o de Kant, que puedan resolver ecuaciones de primero o segundo grado, o sean capaces de hacer los diseños más innovadores, si en el fondo no son capaces de reflexionar sobre su propia existencia? ¿De qué nos sirven tantas horas de clase si después de nuestro paso por el aula el alumno no comienza a cuestionarse por el sentido de su existencia, o se empieza a formular cuestiones existenciales de fondo? Un buen docente debe ayudarnos a aprender a sopesar nuestra propia existencia, a cuestionar nuestras creencias y a avivar aquella curiosidad.
Por supuesto que hacer esto no es fácil, requiere mucha creatividad, tiempo y esfuerzo. Pero hacerlo, hacer que nuestros alumnos se pregunten por su propia existencia, es algo que siempre vale la pena. Es por esto que, desde hace algún tiempo, promuevo un ejercicio filosófico entre mis estudiantes, no sólo los que estudian filosofía, sino también los que no se dedicarán profesionalmente a la filosofía: escribir una carta filosófica. Debo decir que este ejercicio, hasta ahora, no me ha defraudado: siempre me he encontrado con esa parte reflexiva de mis alumnos. En muchas de sus cartas, los alumnos se atreven no sólo a pensar por sí mismos, como Kant quería, sino también a ser ellos mismos. Para prueba de esto, presento cuatro cartas que me gustaron en particular por su tono personal y profundo, donde se advierte que el o la alumna en cuestión fueron tocados por una suerte de dáimon socrático.
Carta 1: (Anónima)
Querida Mia,
Te escribo esta carta porque acabo de terminar un libro que me impacto y conmovió, el cual se llama: Pensar la vida desde una perspectiva filosófica. Reflexiones intempestivas, de Roberto Casales García y Adolfo Mancera Sandoval. Para mí, mucho más allá de que trate de filosofía, es un libro sobre la vida. La verdad es que no pude evitar pensar en nosotras mientras lo leía.
El libro fue escrito durante la pandemia, lo cual hace que tenga un mayor significado, porque fue justamente una época que nos marcó. Yo tenía quince años y tu doce, siendo honestas, aunque tú no lo notaras, yo siempre trataba de mantenerme fuerte, pero para mí fue un tiempo de miedo y de soledad. Cuando mamá, papá y tú se enfermaron, sentí que colapsaba. Papá estaba muy grave, y fue justo en el cumpleaños de nuestro hermano que en ese momento no entendía ni lo que pasaba. Recuerdo que yo trataba de actuar con normalidad, pero por dentro sentía un vacío inmenso. Esa fue, sin duda, una de las experiencias más difíciles de mi vida.
Al leer las cartas de Casales y Mancera, me di cuenta de algo que entonces no sabía poner en palabras: lo que vivíamos era una crisis de sentido. Todo lo que antes dábamos por hecho; la salud, la rutina, el contacto con los demás; se derrumbó de un momento para otro. Los autores hablan de cómo el ser humano moderno huye del silencio y del dolor, buscando distraerse para no enfrentarse a sí mismo. Y entendí que eso era justo lo que la pandemia nos obligó a hacer: detenernos, enfrentarnos a nuestros miedos y mirarnos con honestidad.
Casales dice que “pensar la vida desde su condición intempestiva” significa aceptar que no podemos controlarlo todo, pero sí podemos darle sentido a lo que vivimos. Esa idea me resonó mucho, porque durante ese tiempo aprendí a valorar las cosas pequeñas: las conversaciones tranquilas contigo, el simple hecho de que papá respirara mejor cada día, la esperanza de volver a ver a mis amigos. A veces creemos que filosofar es algo muy abstracto, pero este libro demuestra que la filosofía está en esos momentos cotidianos en los que tratamos de entendernos y de cuidar a los demás.
Una de las partes que más me conmovió del libro fue cuando los autores hablan del amor y la alteridad. Explican que sólo cuando somos capaces de “situarnos en el lugar del otro” encontramos el verdadero sentido moral de la vida. Mientras leía eso, no podía evitar pensar en nosotros. Antes de la pandemia, casi no convivíamos; cada quien estaba siempre en lo suyo, y a veces sentía que vivíamos juntos, pero éramos desconocidos. Sin embargo, ese encierro se volvió una oportunidad para mirarnos de otro modo.
Descubrí a mamá con una paciencia que no había notado antes, a papá con una fortaleza silenciosa, y a ti, una persona siempre tan sonriente y tan valiente. Comenzamos a hablar más, a compartir cosas simples, a disfrutar más momentos juntos. Por primera vez sentí que éramos una familia en el sentido más profundo: por fin tuve la oportunidad de ponerme en el lugar de ustedes, entender como pensaban y comprender el porqué de muchas situaciones del pasado.
Creo que eso es lo que el libro intenta decir cuando habla del amor como respuesta al mundo. No es un sentimiento pasajero ni una palabra bonita, sino una forma de mirar al otro con compasión, de reconocer que su existencia nos da sentido.
También me identifiqué con la búsqueda de esperanza que recorre todo el libro. Mancera cuenta que la esperanza no es ingenua, sino una decisión racional frente a la desesperanza. Y creo que esa frase resume muy bien lo que aprendí después de la pandemia: que la esperanza no aparece sola, hay que elegirla. No se trata de creer que todo saldrá bien, sino de seguir actuando con fe en medio del miedo.
Otro tema que me impactó fue la crítica al individualismo. Los autores explican que vivimos en una sociedad que nos empuja a pensar solo en nosotros mismos, como si lo único importante fuera destacar. Pero el encierro nos mostró lo contrario: que sin los demás, la vida pierde sentido. En la soledad de esos meses descubrí quién era yo realmente y también quiénes eran mis verdaderos amigos, esas personas con las que podía ser yo misma sin fingir. Aprendí que la amistad y el amor son formas de resistencia frente al vacío del mundo moderno.
Otra idea que me dejó pensando fue la idea de que la filosofía no es un lujo, sino una necesidad vital. Mi profesor Casales dice que “filosofar no es un ejercicio académico, sino una forma de habitar el mundo con conciencia”. Me gusta pensar que eso es lo que hacemos cada vez que hablamos tú y yo, cuando compartimos nuestras dudas o cuando tratamos de entender por qué las cosas son como son. No necesitamos usar grandes palabras para filosofar; es suficiente con tener el valor de poner en duda nuestra realidad. Lo cual siento que tú haces a diario, pues te cuestionas y ves las situaciones desde otra perspectiva que yo nunca vería.
Por eso quería invitarte a leer este libro, te aseguro que es un libro muy llevadero, no es complejo de leer, aunque es profundo. Estoy segura de que te hará reflexionar. Creo que te gustaría especialmente porque habla desde la cotidianidad, desde la experiencia humana, no desde la teoría. Y porque, como dice Mancera, “pensar sigue siendo un acto de esperanza en medio de la oscuridad”.
Yo sé que tú y yo no solemos hablar mucho de estas cosas, pero siento que compartir este tipo de lecturas también es una forma de acercarnos. A veces no basta con recordar lo que pasó, si no entender cómo nos cambió. Este libro me ayudó a hacerlo. Me hizo pensar que las cosas cambian en un instante y que por eso es tan importante vivir con conciencia, cuidar lo que amamos y no olvidar lo que aprendimos cuando todo se detuvo.
No te lo recomiendo solo porque sea un buen libro, sino porque creo que puede ayudarte a comprender aspectos mucho más profundos que yo apenas y empiezo a entender.
Con cariño,
Tu hermana
Carta 2: Ivana Contreras García
Querido abuelito:
Desde que te fuiste, he pensado mucho en cómo darte las gracias por lo que me enseñaste sin palabras. Tu manera de mirar el mundo, de vivir con calma y con sentido, siempre ha sido una inspiración para mí.
Hace poco leí un libro que me hizo sentirte cerca, se llama “Pensar la vida desde una perspectiva filosófica”. Se trata de una conversación, a través de cartas, entre dos amigos filósofos que, como tú, buscan comprender la vida y el significado de vivir, amar, pensar y tener fe. El libro tiene algunas palabras y partes difíciles, pero desde la primera página supe que me iba a gustar porque como que te invita a detenerte a pensar y reflexionar en un mundo que va tan rápido y superficial. Y eso me recordó mucho a ti, porque tú buscabas pensar la vida desde el corazón.
Por eso hoy te escribo, para invitarte a leerlo conmigo, aunque sea desde ese otro lugar donde estás, y para contarte qué fue lo que más me gustó.
Lo primero que me llamó la atención fue la carta al lector, donde el profe Robert dice que hoy vivimos tan ocupados que ya no nos detenemos a reflexionar sobre nuestra propia existencia, y que necesitamos volver a mirar nuestra fragilidad y nuestra grandeza. Esa parte me recordó cuando tú me decías que la vida hay que vivirla despacio, para entenderla.
También me gustó que el libro no pone a la filosofía como algo lejano o aburrido, sino como una forma de conocerse, de mirar el mundo con más profundidad. Entendí que filosofar no es solo leer autores, sino que detenerse un momento y preguntarse por qué hacemos lo que hacemos, quiénes somos y hacia dónde vamos.
Después me impactó mucho la carta 3, donde el profe Robert habla de la pandemia y menciona al filósofo Pascal. Dice que cuando uno se queda en silencio y se enfrenta a sí mismo, descubre su miseria, pero también su grandeza. Que no se trata de huir del dolor, sino de comprenderlo. Esa reflexión me recordó mucho al libro de ell hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl ya que siento que coinciden en que el sufrimiento puede ser también un camino hacia el sentido, que el dolor no se supera ignorándolo, sino comprendiéndolo. Me pareció increíble que, desde contextos tan distintos, ambos llegarán a la misma conclusión de que lo que da sentido a la vida no es huir del sufrimiento, sino vivirlo con amor y con fe.
El profe Robert también habla de la pobreza espiritual como la capacidad de despojarse de lo superficial. También hablaba de la relación entre la fe y la razón, dice que aceptar una creencia no significa renunciar a pensar, sino buscar la verdad desde la libertad. Me pareció una reflexión muy bonita ya que la fe también es una forma de conocimiento.
Luego, la carta 5 fue la que más me conmovió, porque el profe le escribe a su amigo que acaba de perder a su papá por cáncer, y le dice que acompañar y cuidar a alguien enfermo es un acto puro de amor, que da sentido a la vida. Ahí comprendí que justo el amor verdadero no se demuestra también cuando las cosas se complican y que “amar en los momentos de adversidad es un acto heroico”, y justamente ese tipo de amor es del que habla el libro, un amor que trasciende, que le da sentido a la vida más allá de la muerte.
También me gustó mucho la carta 8 sobre la lógica del mercado, que ha invadido la educación y la vida académica. El profe Robert dice que muchas veces se escribe “para publicar”, y no para entender, y que eso ha hecho que se pierda el verdadero sentido del conocimiento. Propone que la filosofía se haga en comunidad, como un diálogo donde todos aprendemos unos de otros. Justo pensé en mis clases, en cómo a veces solo estudiamos para pasar, y olvidamos pensar en serio.
Luego, en la carta 9, el profe Robert retoma la idea de Erasmo sobre la estupidez de nuestro tiempo, refiriéndose a la indiferencia y al egoísmo con los que vivimos. Critica que todo se mida por resultados o por dinero, incluso en la filosofía, y propone que la respuesta está en volver al amor y a la comunidad. Esa parte me pareció muy actual. Siento que muchos de nosotros vivimos con ansiedad por destacar o por valer algo, y olvidamos que el verdadero valor está en la relación con los demás.
Y casi al final, en la carta 13, explica que el amor no es solo reciprocidad, sino gratuidad. Que amar de verdad es hacerlo sin esperar nada. Esa parte me hizo entender muchas cosas sobre cómo amabas tú. Nunca esperabas que te agradecieran, lo hacías porque sí, porque amabas. Me gustó mucho esa reflexión, porque muestra que el amor no es debilidad, sino la forma más fuerte de sabiduría.
Y ya al final en la carta 15, el profe Robert termina hablando sobre la apatía del mundo actual, sobre cómo la rutina y la prisa nos hacen olvidar el sentido de la vida. Pero que el amor sigue siendo el camino para rescatar lo humano.
Y por último al terminar el libro, me quedé pensando en la primera parte de que la filosofía no tiene todas las respuestas, pero nos enseña a mirar el mundo con más conciencia. Creo que eso es lo que tú hacías, abuelito, vivir con conciencia, con gratitud, sin dejarte atrapar por la prisa. Por eso quiero invitarte, aunque ya no estés aquí, a leer este libro conmigo. Porque entre sus cartas y sus ideas encontré mucho de ti.
Te quiere,
Ivana










