Formación
25/02/2026
Autor: Dr. Jorge Medina Delgadillo
Cargo: Vicerrector de Investigación

Aristóteles, casi al inicio de la Ética Nicomáquea, suelta una frase que sigue siendo un dardo en la conciencia de todo formador: “no se estudia ética para saber qué es el bien, sino para ser buenos”. En esa sentencia lacónica se esconde una provocación radical: el conocimiento moral que no se encarna es, en el mejor de los casos, estéril.

A veces escucho que se dice de alguien: “fulano tiene muy buena formación”. ¿Qué queremos decir exactamente con eso? Por supuesto que nadie niega el valor de tener ideas claras, de haber leído a los clásicos, de poseer criterio para discernir la realidad. Pero, a fin de cuentas, esa formación intelectual casi no significa nada en el plano ético si no se traduce en actos. Porque son los actos —y no las palabras— los que configuran el carácter. Son los actos los que gritan a los demás qué es lo que realmente pensamos sobre la felicidad, el amor, la familia, la patria, la amistad, el sentido de la vida y el deber.

Pongamos un ejemplo: puedo “decir” a mis hijos que no fumen, pero si fumo… mi propio actuar deslegitima mi voz. Y no hay veneno más eficaz en un proceso formativo que el antitestimonio. Si sé que no debo fumar, si además lo predico y doy argumentos válidos para decir que es malo fumar, ¿ya con eso “soy de buena línea”?

Hasta aquí, todo esto podría sonar a obviedad, a cosa de manual de primaria. Pero la cuestión se vuelve más compleja —y más interesante— si la empalmamos con una intuición de Emmanuel Mounier, el filósofo francés fundador del personalismo.

Cuentan que Mounier solía clasificar a sus alumnos en dos tipos: los “espirituales” y los “revolucionarios”. Llamaba espirituales a esos jóvenes piadosos, bien comportados, de costumbres ordenadas y doctrina recta (los de “buena formación”). Revolucionarios, en cambio, eran aquellos capaces de encender corazones, de remover estructuras, de incomodar al mundo con su ímpetu. El ideal, por supuesto, era que al final de un proceso universitario los muchachos terminaran siendo ambas cosas: revolucionarios con espíritu y espirituales con fuego. Supongo que muchos educadores suscribiríamos esa meta.

Pero en el método, Mounier tomaba un camino que tal vez nos desconcierta. Él confesaba preferir a los revolucionarios. Porque ellos eran chispa, energía, indignación —a menudo desenfocada, sí, pero energía al fin—. Incluso afirmaba que era más fácil volver espirituales a los revolucionarios que a la inversa. Porque si te llega un joven buenito, disciplinado, con la cabeza llena de doctrina pero por cuyas venas corre atole, indiferente a la injusticia económica y política que le rodea, incapaz de inflamarse, de organizar una marcha, de saltársele las venas del cuello… ¿cómo carambas le enciendes el corazón? ¿Cómo lo vuelves revolucionario?

Nadie quiere las dos cosas por separado. El desafío es unirlas. Pero Mounier nos previene contra los prejuicios: no nos dejemos seducir por el muchacho que nunca dice una palabrota, que no hace ruido, que camina siempre pulcro y peinado, que recita de memoria párrafos enteros de encíclicas, y pensemos que, con un poco de trabajo, podremos convertir su tranquilidad en ardor. No será imposible, pero la faena puede ser titánica. En cambio, al revolucionario —al que ya tiene el motor encendido, aunque conduzca sin mapa— en mucho menos tiempo podemos darle lo que le falta. Porque lo que le sobra, casi casi, es lo decisivo cuando de formación integral se trata.

Formar, entonces, no consiste sólo en transmitir ideas correctas ni en egresar profesionistas impecables. Formar es encender convicciones y forjar hábitos. La verdadera formación no se reconoce en los discursos bien armados, sino en las decisiones difíciles sostenidas en el tiempo.

Tal vez por eso, cuando decimos que alguien está bien formado, no deberíamos pensar primero en lo que sabe, sino en lo que es capaz de hacer, más aún: en lo que es incapaz de traicionar. Porque, al final, la formación no se mide por la solidez de las ideas que alguien puede explicar, sino por la firmeza de las convicciones que está dispuesto a vivir, como nos enseñó Aristóteles en sus escritos éticos.