En el libro El futuro de la naturaleza humana, Jürgen Habermas nos presenta una interesante reflexión sobre los peligros potenciales que conllevan las nuevas técnicas de edición genética sobre nuestra propia autonomía y sobre nuestra identidad. De acuerdo con Habermas, lo preocupante del tema no reside tanto en las aplicaciones terapéuticas de estas nuevas tecnologías, como en la pretendida implementación de una nueva forma de eugenesia liberal, donde los padres tendrían a su disposición la tecnología suficiente para diseñar a sus propios hijos. Quienes proponen extender estas tecnologías al campo embrionario, donde se podría manipular suficientemente el código genético del embrión para darle ciertas propiedades o características específicas, sea desde la inmunidad a cierto tipo de enfermedades, o sea la simple modificación del color de los ojos, supone, según Habermas, “eliminar la diferencia entre acción clínica y producción técnica”. Un hijo producido, diseñado totalmente bajo las preferencias y criterios de sus progenitores, o de cualquier otro que haya intervenido en dicho proceso, vería su autonomía y su capacidad para actuar libremente comprometida.
¿Qué pasaría, por ejemplo, si un día descubrieras que todas las características que conforman tu ser, incluyendo no sólo tu disposición física, sino también tus gustos y tus intereses, fueron diseñados por otro? ¿Qué pasaría si descubrieras que todo lo que dices que te hace ser tú -tus preferencias, tus gustos, las cosas que se te facilitan y las que se te dificultan-, fueron diseñadas por alguien distinto a ti? Claro que estas cuestiones no están exentas de objeciones: alguien podría argumentar, por ejemplo, que algo semejante ocurre ya cuando advertimos que muchas de nuestras preferencias están fuertemente influenciadas por factores ajenos a nosotros mismos, incluyendo factores genéticos que, por más azarosos que fueran, siguen sin estar sujetos a la voluntad del individuo en cuestión. Sin embargo, queda la sospecha de que este tipo de procedimientos, en su afán de producir y de reducir la vida del embrión a un mero producto que puede ser simplemente manipulado, conllevan una forma de instrumentalizar y cosificar a la persona, poniendo en entredicho su libertad.
Esta misma sospecha se da cuando analizamos la influencia que tienen los algoritmos, la inteligencia artificial y las redes sociales sobre nuestra identidad y autopercepción, especialmente ahí donde se advierte que, como dice Ana Rivero, somos “carne de algoritmo”. No necesitamos haber sido modificados genéticamente, ni haber experimentado ningún tipo de procedimiento que alterara por completo nuestra genética, para que se experimenten este tipo de manipulación e intervención sobre nuestra identidad y nuestra autonomía. Para ello basta que nos sometamos ciegamente al imperio de los algoritmos y a los criterios mercantiles que subyacen al mundo digital, donde asistimos no sólo a una sociedad del espectáculo, como la que describe Guy Debord, sino también a una instrumentalización total de los individuos en cuestión. El internauta, en su adicción al uso de las redes sociales, se termina por convertir en un mero usuario cuyos datos, incluyendo aquellos datos que inconscientemente da, son fundamentales para poderlo someter. La búsqueda de validación externa de los usuarios, así, termina por convertirse en un yugo invisible que los somete a los caprichos del mercado. ¿Qué pasa, por ejemplo, cuando, en el afán de ser validados, abusamos de ciertos filtros que alteran nuestra imagen? ¿Podríamos pensar que estos filtros son totalmente neutros, generados sin ninguna intención oculta?
Dentro del proyecto RAISE (Responsible AI Solutions for Education), estamos estudiando el modo en el que los algoritmos, el uso de la IA y de las redes sociales, influyen en la conformación de nuestra identidad personal y nuestra autopercepción. Aunque mi contribución a esta temática todavía es muy incipiente, me gustaría compartir por este medio algunas de mis conclusiones. A lo largo de mis estudios sobre la identidad personal, he llegado a la conclusión de que ésta supone tres niveles constitutivos de la identidad, los cuales se entrelazan para conformar el todo que somos. Estos niveles constitutivos de la identidad son: 1. nuestra identidad lógico-ontológica, en cuanto que se relaciona con nuestra individualidad y con lo que tradicionalmente se conoce como el principio de la identidad de los indiscernibles; 2. nuestra identidad orgánico-funcional, relativa a la estructura orgánica supuesta en todo ser vivo en cuanto tal; y, finalmente, 3. nuestra identidad práctico-narrativa, donde advertimos la capacidad de los agentes racionales para conformar su propia identidad mediante su acción y la forma en la que éstas se articulan en una narración. Toda persona, en cuanto que es una totalidad de sentido, comprende su propia identidad a partir del modo en el que se entrelazan estos distintos niveles constitutivos de la identidad y el modo en el que gestiona esa complejidad.
Mi hipótesis es que, si partimos de esta caracterización de la identidad personal, podemos analizar de mejor forma el modo en el que la IA, las redes sociales y los algoritmos influyen sobre nosotros. En efecto, nos damos cuenta, por ejemplo, de que la autopercepción, si bien se relaciona con los tres niveles constitutivos de la identidad, mantiene un vínculo mucho más estrecho con el tercer nivel, donde el sujeto no sólo conforma su identidad a través de su acción, sino también de la forma en la que articula y comprende esas acciones dentro de una narración. Actualmente sabemos que el uso de las de la IA, de los algoritmos y de las redes sociales, pueden influir de manera decisiva sobre nuestra autopercepción, generando una cierta distancia entre ésta y nuestra identidad personal. Quizá el caso paradigmático sea el de los mismos filtros y la forma en la que han alterado el mercado de cirugías e intervenciones estéticas. Algo que es posible en cuanto que la autopercepción no constituye el todo ni de la dimensión práctica-narrativa de nuestra identidad, ni, mucho menos, el todo que somos. Esta ruptura o disonancia entre autopercepción e identidad, puede tener como consecuencia una serie de problemas de identidad, como ocurre en el caso de las tensiones paradójicas.










