Reflexiones sobre la naturaleza de la Guerra de Independencia
04/10/2021
Autor: Dr. Herminio S. de la Barquera y A.
Cargo: Decano de Ciencias Sociales

En estos días acabamos de conmemorar el inicio de la vida independiente de nuestro país: el día 27 de Septiembre de 1821 inició, simbólicamente, la existencia de un nuevo Estado independiente, con la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México; el día 28 se redactaría el Acta de Independencia del Imperio Mexicano (y no “de la República Mexicana”, como erróneamente afirmó la Secretaría de la Defensa Nacional hace unos días). Es menester tener en claro que las luchas de independencia que vemos a lo largo de la historia en diferentes pueblos y naciones no siempre obedecen a razones de tipo “patriótico”. Las personas que inician o culminan dichos esfuerzos no son siempre (mejor dicho, casi nunca) portentos de bondad sin tacha desde que nacen hasta que mueren, sino que son personas con luces y sombras, no siempre impelidos por amor a su país o a los suyos, sino por muchas razones, intereses o ambiciones de todo tipo.

Esto es más fácil de entender si analizamos los diversos intentos por independizar a la Nueva España, pues lo más seguro es que el primer personaje que quizá acarició la idea de emancipar a estas tierras de la corona haya sido nada menos que quien las conquistó: don Hernán Cortés. En efecto: Bernal Díaz del Castillo afirma que Carlos V (el del chocolate, para que lo identifiquen mis cuatro fieles y amables lectores), dudando de la lealtad del conquistador, nombró a un gobernador y más tarde a la Primera Audiencia. Estas medidas no fueron del agrado de Cortés, quien trató en vano de imponer su propia autoridad y de buscar emancipar la Nueva España, movido muy probablemente por ambiciones personales. Sin embargo, a pesar de que aparentemente el conquistador midió sus fuerzas y acabó convenciéndose de que la empresa era irrealizable, la semillita de la independencia de estas tierras quedó sembrada.

Sería en 1563 cuando ocurriría el primer intento serio en este sentido. El Virrey Luis de Velasco se enteró por medio de un clérigo que había confesado a un moribundo, que se tramaba una conspiración dirigida por el mismísimo hijo de Hernán Cortés, de nombre Martín (medio hermano del otro Martín, hijo del conquistador y de Doña Marina), para proclamar a este como soberano de la Nueva España. Era este personaje muy valeroso y resuelto, pero carecía de la genialidad de su padre: le faltaban tanto el sentido de la oportunidad como el prestigio. El movimiento “revolucionario” para colocar a Martín Cortés al frente de la Nueva España se echó a andar después de la muerte del virrey Velasco. Los conjurados decidieron dar el golpe aprovechando el famoso “paseo del pendón”, con el que se celebraba cada año la caída de Tenochtitlan. Así, el 13 de Agosto de 1564 era la fecha para llevar al trono al segundo marqués del Valle de Oaxaca. Sin embargo, los magistrados de la Audiencia fueron más hábiles que el inexperto Martín y, por medio de engaños, lo atrajeron con engaños al Palacio Virreinal y allí le tomaron preso. Después serían capturados los demás cómplices y los hermanos menores de Martín, en medio de un baño de sangre.

Después de este fracasado intento de independencia, otra vez movido por la ambición personal y no por cuestiones “patrióticas”, lo que sea que esto signifique, no ocurrieron más que alguno que otro alzamiento de indios descontentos, el más importante de los cuales ocurrió en 1692, por la escasez de comestibles y su altísimo precio, y que provocó que la turba incendiara el Palacio Virreinal y que los españoles, espantados, se refugiaran en conventos y en donde se pudiera. Fue famoso un pasquín que manos anónimas pegaron en las tuinas del Palacio: “Se alquila este corral / para gallos de la tierra / y gallinas de Castilla”. También hubo alzamientos en San Luis Potosí y Guadalajara en 1767, con motivo de la expulsión de los jesuitas del reino.

Después de la independencia de los Estados Unidos en 1783, el informe secreto del Conde de Aranda proponía al rey de España que se nombrara a algún heredero de la Casa Real para gobernar la Nueva España, ante el temor (que después se rebelaría como muy fundado, desafortunadamente) de que la nueva nación quisiese apoderarse de ella. La corona no hizo caso de esta propuesta del Conde de Aranda, pero las ideas ilustradas ya estaban desatadas, como lo demuestran las publicaciones clandestinas de José Antonio Rojas desde Nueva Orleans. Las autoridades españolas intensificaron las persecuciones y aprehensiones contra personas que alimentaban un número creciente de conjuras y conspiraciones.

La primera de estas fue encabezada por un español, Juan Guerrero, en 1794, quien, con otros coterráneos más, quería liberar totalmente a la Nueva España de Madrid. Las razones que movían al cabecilla eran, al parecer, de tipo económico, pues estaba en la miseria, después de un mal negocio en las Filipinas. En el movimiento había novohispanos y españoles implicados. Otra conjura importante fue la llamada “de los machetes”, por haber reunido los implicados una gran cantidad de ellos. Casi todos estos movimientos separatistas fracasaron por alguna denuncia interna. A pesar de los intentos de los virreyes por ocultar las conjuras, era evidente que en la Nueva España había mucha inquietud. Las motivaciones eran muchas, a las que hay que agregar las del Virrey Iturrigaray, quien parece que también tuvo la idea de separar a la Nueva España de la metrópoli y de hacerse soberano de ella, movido sobre todo por su gran ambición.

Esta y otras conjuras más, tanto en la Ciudad de México como en Valladolid, en la provincia de Michoacán, son más conocidas por mis cuatro fieles y amables lectores, por lo que me dispensarán que no las mencionemos en particular.

Lo que me interesa comentar ahora es que en estos intentos de separación o independencia había muchos argumentos, ambiciones e intereses en juego; no sólo eran puestas en marcha por gente de la tierra y su descontento, sino también por españoles peninsulares. Además, en torno al 1800 estamos en una época de transición entre las antiguas tradiciones políticas y las nuevas ideas de la Ilustración, por lo que luego entraban en conflicto.

Así, el movimiento iniciado por Hidalgo y sus cómplices en Dolores, en 1810, era un vivo reflejo de esta transición: ellos gritaron vivas al rey porque reaccionaban a un hecho inédito: el rey Fernando VII había sido depuesto por Napoleón, quien había colocado en el trono a su hermano José Bonaparte. Esto era inadmisible en la tradición monárquica: un rey sin derecho a ello, sin participación de los pueblos y reinos que conformaban el imperio español, y un rey legítimo encarcelado (por muy inútil que fuese, pero Fernando VII era el legítimo rey). Cuando Hidalgo grita “¡Muera el mal gobierno!” se refiere precisamente al gobierno ilegítimo de Bonaparte, además de lanzarse contra las injusticias que se enseñoreaban en la Nueva España.

Por eso es necesario, después de ver estas diversas conjuras y la composición social de sus protagonistas, resaltar el carácter de guerra civil que tuvo la lucha de independencia. No fue, de ninguna manera, una guerra entre novohispanos y españoles peninsulares, sino que en las tropas de ambos bandos formaban soldados o luchadores en su inmensa mayoría nacidos en estas tierras. Salvo muy contadas excepciones (como la sanguinaria “Guerrilla Volante”, compuesta en su totalidad por españoles, dedicada a perseguir a sangre y fuego a los insurgentes, y a matar a quienes eran sospechosos de apoyarlos), no hubo cuerpos militares en donde formasen exclusivamente españoles o exclusivamente americanos. Cierto: casi toda la alta oficialidad del ejército realista era de españoles, al menos en un principio, y en el bando insurgente sólo hubo contados españoles (el caso más célebre fue el de Francisco Xavier Mina).

Eso explica por qué, hacia el final de la guerra, quienes hacen la independencia serán, en su mayoría, criollos que estaban alistados en el bando realista: Agustín de Iturbide, José Joaquín Herrera, Anastasio Bustamante, Antonio López de Santa Anna, etc. Pocos fueron los insurgentes que figuraron en la vida política del naciente país: Guadalupe Victoria, Nicolás Bravo, Juan Álvarez, Vicente Guerrero… Este carácter de guerra civil se refleja también en el nombre que algunos escritores de la época dieron a la lucha: “revolución”, y no “guerra”: José Ma. Luis Mora, José Guerra, Fray Servando teresa de Mier, etc.

Es importante, digamos para terminar, que analicemos con calma, objetividad, curiosidad y rigor científico nuestra historia, en lugar de caer en apasionamientos estériles y reclamos al pasado. Ya lo acaba de decir el papa Francisco: hay que reconocer los errores del pasado, pero sin quedarse en ellos. Cicerón, ese gran escritor y pensador romano, afirmó con razón: “la Historia es el testamento de los tiempos, la luz de la verdad, la vida de la memoria, la escala de la vida y el mensajero de la antigüedad.”