Liderazgo resiliente en educación superior: competencia esencial para formación universitaria
21/01/2026
Autor: Anette Cázares Mora y Karla Julissa Zacarías Hernández
Programa Académico: Estudiantes Administración de Empresas

En un mundo marcado por la incertidumbre y el cambio constante, especialmente tras la pandemia, las universidades enfrentan retos que exigen respuestas rápidas, flexibles y emocionalmente inteligentes. La educación superior ya no puede sostenerse únicamente en modelos tradicionales; requiere líderes capaces de adaptarse, mantener el rumbo en medio de la crisis e inspirar a otros cuando las circunstancias parecen desfavorables. En este contexto, el liderazgo resiliente se presenta como una competencia esencial, no solo para quienes dirigen las instituciones, sino también para los estudiantes que se preparan para un mercado laboral cada vez más complejo y volátil.

La resiliencia, entendida como la capacidad de sobreponerse a las dificultades, aprender de ellas y transformarlas en oportunidades de crecimiento, se ha convertido en un elemento clave dentro del entorno universitario. Este tipo de liderazgo demanda flexibilidad para reinterpretar los retos, manejo emocional para sostener a los equipos bajo presión y una visión estratégica que evite soluciones improvisadas en momentos críticos. Un ejemplo claro ocurrió al inicio de la pandemia, cuando las universidades tuvieron que migrar abruptamente a formatos digitales, reestructurar procesos y operar en condiciones inciertas. Aquellas instituciones con líderes resilientes lograron transitar este periodo con mayor estabilidad, minimizando el impacto en estudiantes, docentes y áreas administrativas.

Asimismo, el liderazgo resiliente no solo actúa como un mecanismo de contención en tiempos difíciles, sino también como un motor de transformación. Los líderes que lo ejercen fomentan culturas organizacionales más abiertas al cambio, impulsan la innovación educativa y promueven ambientes donde la colaboración y la comunicación efectiva se convierten en herramientas fundamentales. Esto se refleja en prácticas como la conformación de equipos interdepartamentales, la creación de espacios de retroalimentación continua y la implementación de tecnologías y estrategias pedagógicas que respondan a nuevas necesidades sociales y profesionales.

Un aspecto crucial es que la resiliencia no es una cualidad innata ni fija. Es una competencia que puede desarrollarse, fortalecerse y aplicarse de forma consciente en la vida universitaria. Por ello, las instituciones deben integrarla en programas de desarrollo docente, en la capacitación de cuerpos directivos y en estrategias de acompañamiento estudiantil. Cuando los estudiantes adquieren habilidades de resiliencia, mejoran su capacidad para resolver problemas, fortalecen su autonomía y creatividad, y elevan su bienestar emocional. Todo ello se traduce en un desempeño académico más sólido y en una mejor preparación para enfrentar los retos del ámbito profesional.

De igual manera, docentes y directivos que desarrollan liderazgo resiliente se convierten en agentes clave para garantizar la estabilidad y el crecimiento institucional. Son capaces de anticipar desafíos, tomar decisiones informadas y conducir equipos con una visión de largo plazo. Las universidades que apuestan por este tipo de liderazgo no solo se adaptan mejor al cambio, sino que también se posicionan como espacios dinámicos y en evolución, capaces de responder de manera proactiva a las demandas sociales, tecnológicas y laborales.

En síntesis, el liderazgo resiliente se ha consolidado como una competencia fundamental en la educación superior contemporánea. No se trata únicamente de superar la adversidad, sino de convertirla en una oportunidad para mejorar continuamente. La formación de líderes resilientes permite construir instituciones más fuertes, adaptables y preparadas para enfrentar los retos del futuro. Apostar por ello implica avanzar hacia modelos educativos que reconozcan el valor de las habilidades socioemocionales y su impacto directo en la calidad, estabilidad y proyección de las universidades en un entorno en constante cambio.