Como médicos en formación, solemos escuchar que la hipertensión arterial (HTA) es el “asesino silencioso”. Sin embargo, más allá de ser un término llamativo, es una realidad clínica que debería preocuparnos: hablamos de una enfermedad crónica, silenciosa, prevenible y tratable, que sigue siendo la principal responsable de infartos, accidentes cerebrovasculares y falla renal en millones de personas en el mundo.
Lo preocupante es que muchos pacientes desconocen su condición, y entre quienes lo saben, una buena parte no sigue tratamiento o abandona los medicamentos. Esa falta de control refleja no solo un problema individual de adherencia, sino también una falla en el sistema de salud y en nuestra labor como médicos: no hemos logrado transmitir con claridad la gravedad del diagnóstico.
Desde el punto de vista clínico, los criterios son claros y deberían ser motivo de acción inmediata. En consulta, la hipertensión se define por cifras de ≥140/90 mmHg según las guías europeas, mientras que las guías americanas ya consideran como hipertensión cifras sostenidas de ≥130/80 mmHg. Aún más, si utilizamos la monitorización ambulatoria de presión arterial (ABPM), se diagnostica hipertensión con promedios de ≥130/80 mmHg en 24 horas, ≥135/85 mmHg en el día o ≥120/70 mmHg en la noche. Estos números, que para algunos parecen detalles técnicos, son en realidad la diferencia entre detectar a tiempo o permitir que el daño silencioso siga avanzando.(Mendoza, 2025)
Pero la hipertensión no se trata solo de cifras. Es una enfermedad que afecta órganos blanco como el corazón, los riñones, el cerebro y la retina. Cuando diagnosticamos hipertensión arterial no deberíamos limitarnos a “controlar la presión”, sino a evaluar si hay repercusiones tales como la hipertrofia ventricular izquierda en el corazón, proteinuria en riñón, retinopatía hipertensiva en fondo de ojo. (World Health Organization: WHO & World Health Organization: WHO, 2025)
Aquí es donde a mi parecer es necesario hacer una crítica: muchas veces, la hipertensión es vista como un “mal menor” por pacientes y médicos. Se normaliza escuchar frases como “tengo la presión un poquito alta”, cuando en realidad cada milímetro de mercurio por encima de los valores recomendados incrementa el riesgo cardiovascular.
En conclusión, la hipertensión arterial no es simplemente un diagnóstico más en la consulta; es una llamada de atención sobre la calidad de vida y la expectativa de nuestros pacientes. Como futuros médicos, tenemos la obligación de mirar más allá de los números, de reforzar la prevención, de individualizar el tratamiento y, sobre todo, de cambiar la percepción de la enfermedad en la sociedad. Porque si seguimos viendo la hipertensión como algo común y sin importancia, seguiremos perdiendo batallas que ya sabemos cómo ganar.










