Conocí, hace algunos años, a una dama. Su virtud más cautivadora era, quizá, el silencio. Acostumbrada al barullo de los pasillos saturados de estudiantes, a las aulas llenas de preguntas y respuestas, a la algarabía de colegas enfrascados en chismes y cotilleo, la dama daba muestra siempre de un refinado gusto por no decir mucho o, incluso, nada. Abría con ello espacios de aire puro y fresco, pausas mudas entre ruidos, descansos de esa febrilidad que nos acompaña a los hombres y mujeres de hoy.
Yo, desorden vuelto persona, tengo una relación compleja con el silencio. Solamente logro conseguir esa virtuosa quietud cuando leo, cuando pienso y cuando escribo. Fuera de ahí, mi carácter es explosivo y, debo reconocer, gustosamente dado a la crítica y la discusión cargada de decibeles. Mis jornadas de silencio parecen, en ocasiones, exigir esos tiempos donde el relajamiento se expresa a través de verborragias interminables, disertaciones y, no pocas veces, franco regodeo en la práctica de la insensatez.
Así fue que encontré a esta querida dama. Su personalidad silenciosa no dejaba de traslucir un espíritu bien logrado, capaz, potente y comprometido. En ella habitaba el árbol frondoso del docente, así como semillas de un investigador. Tuve el gusto de acompañar una de sus primeras investigaciones luego de doctorarse, un estudio sobre el imaginario valoral de los estudiantes de nuestra universidad.
Jamás le escuché una crítica mordaz hacia otro, actividad en la que, hablemos con honestidad, muchos de nosotros participamos como si de un deporte olímpico se tratara. Pero no ella, ella era una dama en toda la extensión de la palabra, una mujer de cultura y refinamiento, lo mismo que una dama que, al servir a los demás, ponía el corazón entero.
Recuerdo que una vez se molestó conmigo. Tenía razón: yo había cometido uno de mis frecuentes errores, había sido injusto al no tomar en cuenta una petición suya. Su reclamo fue tan cuidadoso que me sentí profundamente avergonzado por la culpable omisión. No pedía retribución, simplemente quería una explicación. Éramos amigos, eso nunca estuvo en duda. Por eso ella se había atrevido a hablar: porque confiábamos uno en el otro y porque, precisamente por eso, mi tontera la sacudía un poco más. Traté de explicarle lo mejor que pude la causa de mi estupidez. En ocasiones, le dije, cuando uno está al frente de un equipo, tiende a apoyarse en quienes hacen el trabajo sin chistar y de forma virtuosa, y a veces caemos en el error de dar por sentado que, porque hacen todo bien, no tienen exigencias ni demandas. Ella no solamente me entendió, sino que llegó al absurdo de agradecer mis palabras. Mi asombro fue total: aquí estaba yo, después de haber hecho algo estúpido, frente a una amiga que, no contenta con entender las razones de mi error, me agradecía la sinceridad, el apoyo y la amistad.
Jamás olvidaré a esta dama ni a su silencio. Sonia, mi colega, mi amiga, se fue al cielo en vuelo directo y sin escalas, después de haber vivido una vida ejemplar. Mujer de familia, extraordinaria hija que se desvivía en el cuidado de sus padres; madre cariñosa de Mariana, su hija y nuestra alumna, a quien ponemos en los brazos de María, nuestra protectora y abogada. Sonia fue una de esas joyas raras que pasan por la universidad. Con toda probabilidad, su nombre no adornará un edificio de esta institución. Y, sin embargo, ella pertenece a ese grupo selecto de hombres y mujeres que, en silencio, hacen su labor con diligencia y pasión, entregando el corazón cada día. Ellos son los auténticos constructores de esta universidad, cuyos nombres vivirán escritos en los corazones de quienes tuvimos el privilegio de aprender de ellos. Sin altares ni placas, ellos encarnan el ideal de la universitas, así como el propio de UPAEP: vivir un liderazgo que transforme la vida de las personas. Bueno, a mí Sonia me ha cambiado, su vida ha sido un regalo en mi vida, su silencio, un bálsamo que refresca tiempos violentos y crueles. Y cualquiera que tenga ojos y oídos notará la cantidad de vidas que Sonia tocó durante su paso por el mundo.
La letra de una canción de gospel cristiano, I can only imagine, dice así:
Surrounded by Your glory
What will my heart feel?
Will I dance for You Jesus
Or in awe of You be still?
Will I stand in Your presence
Or to my knees, will I fall?
Will I sing hallelujah?
Will I be able to speak at all?
I can only imagine
I can only imagine
Me gusta pensar a mi querida amiga, a la profesora Sonia Leal, cayendo de rodillas en presencia de Jesús. No me la imagino bailando, aunque solamente Dios sabe los resortes que se habrán activado en mi amiga al contemplar el amor absoluto. Imagino su silencio convertido en oración, en contemplación de algo que ya no ve como niña sino como presencia que la inunda y reconforta. La imagino con esa sonrisa dulce con que colmaba los salones de clase y que regalaba generosamente.
No me gusta, por supuesto, que se haya ido. Le extraño y la extrañaré. Sin embargo, me alegra saber que ella está bien, que ya no sufre ni siente dolor, que mi amiga vive ya la prometida felicidad. Nosotros, aquí, deberemos encargarnos de su hija, hacernos familia y comunidad para ella y para todos los que sufren, están solos o tristes. Allá, en el plano absoluto, alguien rezará por nosotros, en silencio, ese silencio, brisa suave y queda, donde habita Dios.










