§1. No conozco a nadie que no esté roto. Quien diga lo contrario no ha caído en cuenta de su propia humanidad. Nos rompe la separación: en el espacio o en el tiempo, momentánea o definitiva, de un ser a quien conocimos o de alguien a quien amamos. El espacio quema, el tiempo alivia, lo momentáneo promete cerrar la herida, lo definitivo nos sentencia, a quien conocemos le lloramos, y a quien amamos nos deja, no sin llevarse nuestro corazón como rehén encadenado. Nos rompen los demás, con su desprecio, su burla, su indiferencia, lo mismo que con su descuido, su falta de tacto, su impudicia; pero nos rompemos más a nosotros mismos, nos despreciamos, nos burlamos y nos descuidamos, se nos extravía la autoestima, se nos escapa la madurez, se nos agota el perdón. Nos rompe el mundo con su violencia y su enfermedad de consumo, nos rompe la familia cuando las cosas no salen según el guion. Rotos estamos, rotos habremos de morir aquel mañana cuando se ponga nuestro personalísimo sol.
§2. Pero en este caleidoscopio de rotos, los hay unos que muestran apenas astillados los bordes de su espíritu, los hay a quienes el cisma causó un daño importante, y hay aquellos de quienes no podemos sino preguntarnos cómo hacen para seguir de pie. Exageraría yo, pecaría de vulgar mentiroso, si me colocara entre los últimos, entre ellos que son puro descarte, puro olvido, puro desamor, puro existir en la periferia. Soy afortunado, privilegiado, soy alguien que nació en medio de amor. Pero mentiría también diciendo que no hay algo profundamente roto dentro de mí, algo que nació prístino y, en un momento o en varios, se hizo añicos. Diría yo que aquello sucedió entre mi niñez y mis años formativos. Reconocer la viga en el ojo, sí, pero para ello primero hay que ver. Y nada ve quien camina en pedacitos, unos avanzando hacia allá, otros acullá. Reunir los pedacitos: he ahí una tarea de artesano. Implica perdonar y perdonarse, reconciliarse para poder abrirse a los demás, abrir las puertas del corazón para que uno pase y pueda dar la bienvenida al otro. Y aquellos pedacitos se encontraron un día a una dama extraordinaria, un hada, princesa, ninfa o musa. ¿Será que importa la distinción? Fue ella la que pegó los pedacitos de mi espíritu mientras me dejaba a mí resanar un poco las paredes de su corazón. Una mujer es el milagro más extraordinario. Dios no sacó una costilla, ¡Dios hizo una revolución artística! Llegó la mujer, pisó la tierra, y la creación entera contuvo el aliento. Se instaló lo sublime en medio de aquella medianía varonil. Bueno pues, aquella musa, aquel ser extraordinario hizo hogar con esa figurita rota, pero pegada con esmero, que soy.
§3. Más de una vez he tenido que confesarle a esa maravillosa mujer esa verdad que muchos sabemos, pero tememos verbalizar. Pero yo me hincho de valor y, con ese lenguaje que me heredó mi abuela, esa costeñita que lo que tenía de chiquita lo tenía de canija, le digo a mi mujercita: Chulada de mujer, te equivocaste rete feo: diez años de novios y no te diste cuenta de que conmigo tú salías perdiendo en grande. ¿De quién será la culpa, nos preguntamos mutuamente, pintando una sonrisa que va del uno al otro? Roto sigo. Estoy y estaré. Voy a morirme roto, ¿qué duda cabe de ello? Pero al lado de ella puedo soñarme un poco menos roto, un poco más astillado y menos herido de muerte. Mis heridas dejan de manar pus y podredumbre y comienzan a cerrar. No digo que no salgan mis demonios a pasear de vez en cuando, que mis peores defectos se hayan quedado dormidos para siempre, ¡qué va!, esos canijos no me sueltan, me saben débil y con un gusto por el desorden que para qué platico. Pero detrás de ella llegaron tres gotas de rocío, tres inspiraciones, tres regalos que cumplieron mis deseos todos. Ella me dio aquello que no merezco pero que tanto agradezco, que tanto bien me hace. Ellos son la risa y el canto, son el dolor de un corazón que se preocupa todos los días, la vida misma, ¡eso son ellos! Mis hijos pintaron con crayolas sobre la superficie medio rota y medio estable de mi corazón, la cubrieron de colores, de letreros, de flores, corazones, dragones, pelotas de fútbol y un sinfín de detalles. Podría decirles a ellos lo mismo que le digo a mi esposa, pero ni ellos me eligieron, ni a mí me dio Dios otra cosa que un corazón para quererlos.
§4. Y a mi familia, ese milagro por el que vale la pena vivir la vida, llegaron otros. Otra familia, ya no de sangre sino de fraternidad. Y mi familia fue de pronto una pequeña comunidad. Y ellos me quisieron a pesar de ser lo que soy. Saben que dentro no soy más que un corazón roto, pero unido y reforzado con el amor de tantos. Saben que sigo roto. Y quizá saben también, solo Dios sabe, que ellos le dan estabilidad a este mundo que a veces tiembla como don Goyo encolerizado, ellos me sostienen cuando tengo ganas de dejarme caer, ellos me animan. Ellos son hermanos y hermanas. Nadie necesita tener muchos amigos. Basta un puñado, un dígito, no más. Porque la amistad es cosa seria. En el amigo uno ve un alma afín, un compañero, un alguien que estará con nosotros en la fiesta, en la celebración, pero mucho más en el desconsuelo, en el error, en esos momentos en que nadie puede sentir más vergüenza por lo que somos que nosotros mismos.
§5. Estoy roto. Me moriré roto. Nada puedo hacer para eliminar de mí esa fisura, ese quiebre, a no ser que me llene un día de locura y me haga una lobotomía o, peor, haga vida la última escena de la monumental (pero absolutamente desquiciada) película de Aronofsky: . Estar rotos no es más que sinónimo de ser humanos, de existir. Somos nuestras heridas, nuestras fisuras, nuestros quiebres. Más rotos, menos rotos, la diferencia es de grado, y muchas veces tremendamente relativa —y sí, lo sé, en esto podría estar contradiciendo lo afirmado arriba, pero dado que no hay aquí reglas ni mediciones ni teorías, dado que aquí piso terreno blando, quizá me equivoque, quizá no. Estar rotos no es condición para sentir pena. Estar roto es ocasión para el otro. Porque quien mira demasiado sus propias grietas se olvida que afuera hay quien está hecho pedazos, sin poder moverse, fragmentado sin poder entenderse, pulverizado por una violencia que lo oprime dejándolo sin aliento. Es nuestra condición de vasijas rotas la que nos exige salir al otro, reclamarlo y acogerlo en un abrazo que no resuelve todo, pero nos pone en camino a un sol que salga para todos. Saberse roto es la primera condición para poder sentirse amado. Porque quizá sea esta antropología de la fragilidad, quiero insistir, la que mejor describa nuestro ser en el mundo. Y son aquellos que poco a poco van poblando nuestro universo, formando bellas constelaciones, los que no solamente nos convencen de que es posible caminar heridos, sino que juntos, la herida se cierra un poco cada día.










