Los Estados Unidos, Trump y el fascismo (segunda parte)
11/02/2026
Autor: Dr. Herminio S. de la Barquera y A.
Cargo: Profesor investigador Escuela de Relaciones Internacionales

Hemos comentado aquí hace una semana que el fascismo surgió en Italia. Las varitas de madera (fasces) que los lictores romanos portaban simbolizaban la fuerza de la comunidad frente al individuo y fueron la raíz del nombre con el que se conoció a este movimiento político que, de la mano de Mussolini, nació con una naturaleza de corte paramilitar y una postura anticapitalista y anticomunista. Al establecerse el régimen totalitario en Italia en 1922, la palabra “fascismo” pasó también a denominar dicho orden de dominación política, es decir, pasó a denominar al régimen político instaurado por el Duce.

Si seguimos a Günter Rieger, las características del fascismo “clásico” son: 1) una organización partidista de estructura jerárquica bajo el principio del líder o caudillo (Duce, Führer); 2) doble oposición contra el capitalismo / liberalismo y contra el socialismo / comunismo; 3) el objetivo es establecer un régimen totalitario; 4) uso de la violencia como instrumento de la política; 5) orientación por modos de acción y formas de acción militares; y, por último, 6) ideología ecléctica que idealiza al pueblo y rechaza lo ajeno, lo que lleva a un nacionalismo exacerbado o -en el caso de Alemania- a un racismo igualmente extremo.

El carácter paramilitar del fascismo es un rasgo de suma importancia, que movimientos políticos posteriores no muestran necesariamente. Hemos visto cómo algunos comentaristas comparan al ICE estadounidense con la Gestapo (Geheime Staatspolizei, Policía Secreta del Estado, en la Alemania hitleriana), lo cual es totalmente equivocado. Como ya hemos comentado en la columna anterior, si acaso podemos tratar de comparar al ICE con la SA fundada por Ernst Röhm como brazo paramilitar del partido nacionalsocialista alemán de Adolf Hitler, pero hemos concluido que ambas organizaciones no se parecen: una era un ala paramilitar de un partido político abiertamente fascista que ayudó a encumbrar a su líder al poder, cuyos miembros eran voluntarios y estaban lejos de querer ocultar su identidad; la otra es una fuerza gubernamental casi policiaca que opera sin uniformes (es decir, sus miembros llevan trajes tácticos, pero no son iguales), ocultando el rostro, con personal pagado por el Estado, que se infiltra en espacios civiles, que detiene a personas sin supervisión y haciendo alarde de fuerza bruta, sin ser el brazo armado de un partido político abiertamente fascista (aunque parece que algunos republicanos quisieran parecerse más). Hay algunas similitudes entre ellos, es cierto, como el uso de la violencia y la impunidad con la que actúan.

Otro elemento que podríamos catalogar como fascista, siguiendo lo expuesto por Rieger, es la idealización del propio pueblo y la mirada despectiva hacia otros: por ejemplo, en su discurso en Davos, hace unas semanas, Trump se refirió a la población afroamericana en Minnesota como inferior y dotada de un coeficiente intelectual bajo. Esto es, abiertamente, una expresión racista.

Al observar lo que ha ocurrido en regímenes fascistas del pasado y en regímenes que se han valido de algunas de sus medidas, podemos concluir que el fascismo no siempre funciona como sistema sino como un conjunto de tácticas políticas: el uso de la violencia como herramienta política para infundir terror es una de ellas. Ciertamente podemos decir que el ICE no es nuevo, pero el hecho de que ahora dirija su fuerza contra la población blanca sí lo es; el ataque sistemático de Trump y de su gobierno contra la prensa también es una característica del fascismo, aunque no es exclusivo de él; el interés por demoler las instituciones democráticas también lo comparte Trump con el fascismo, aunque nuevamente diremos que no es una característica exclusiva de esta ideología política: en estos días, Trump afirmó que hay que rehacer el sistema electoral estadounidense para que pueda permanecer en el poder; se refirió a “nacionalizar” el sistema electoral, es decir, pretende que sea el gobierno federal -y no los estados, como ha sido históricamente- quien controle las elecciones. Así de claro. Ya dejó de ser un secreto.

Es por eso que podemos afirmar que, en este momento, los Estados Unidos están rompiendo con su tradición democrática; podemos incluso atrevernos a decir que ya han dejado de ser una democracia funcional, pues los tres poderes de la Unión han perdido independencia entre sí y se encuentran controlados o dominados por una sola persona: Donald I. Pareciera incluso una dictadura, porque lo que él dice, se obedece sin chistar. Nadie de su gabinete se atreve a contradecirlo, pues el riesgo de ser defenestrado es enorme. Ahora, los siguientes tres años serán determinantes para ver qué tan fuertes son las instituciones y los ciudadanos estadounidenses para resistir los embates de Trump y sacar a flote a la democracia y al federalismo.

Ernst Nolte distinguía entre un fascismo “normal” italiano y uno “radical” alemán, mientras que veía, en algunos regímenes autoritarios de nuestros días, una especie de “filofascismo”. Quizá es esto lo que estemos atestiguando en los Estados Unidos. Personajes como el asesor presidencial en la Casa Blanca Stephen Miller tengan probablemente ideas fascistas o “filofascistas”. Si Trump conscientemente las comparte, no lo sé, pero es evidente que muchas de sus medidas o tácticas pueden catalogarse como tales. Otras son simplemente medidas que todo candidato a tirano o a dictador pone en marcha para hacerse de más poder. Y otras, como la postura anticapitalista y anticomunista, no aparecen en algunos de estos movimientos contemporáneos; por lo menos no en su posición anticapitalista.

Mi esperanza está fundada en la reacción de los ciudadanos estadounidenses; así como Trump ha avanzado en sus objetivos de una forma aceleradísima, parece que la reacción popular, es decir, no del Partido Demócrata, sino desde la población misma, desde los ciudadanos de a pie, ha sido muy fuerte y persistente. Lo que debemos hacer las personas con claras convicciones democráticas es jamás subestimar las tendencias autoritarias, vengan de donde vengan. Si lo hacemos, cuando queramos reaccionar será ya demasiado tarde.