Hospitalidad
12/02/2026
Autor: Dr. Jorge Medina Delgadillo
Cargo: Vicerrector de Investigación

María Zambrano, esa gran filósofa española que vivió casi todo el siglo XX, decía que “nostalgia y esperanza parecen ser los resortes últimos del corazón humano.” La vida humana es sentida no tanto como si fuera imperfecta, sino como incompleta: algo nos falta. Algo del pasado que añoramos y extrañamos, que nos sigue haciendo falta y por eso suspiramos. O algo del futuro que adviene a modo de súplica, algo que nos urge y se necesita; algo cuya presencia remediará los males que padecemos.

Cuando somos chicos no nos percatamos de que lo más importante está ahí, frente a nosotros: seres humanos que nos aman incondicionalmente. Y tal vez porque para el niño son obvios su padre y su madre, o sus hermanos, primos, abuelos o tíos, es que no termina de comprender su peso específico. Y por eso muchos niños buscan regalos materiales: cochecitos, muñecas o videojuegos.

Conforme crecemos, comprendemos que hay algo superior a las cosas (a los regalos materiales), y son las experiencias. Nos gusta vivir y experimentar, gozar y divertirnos. Las experiencias son de diverso tipo: subir una cumbre, ir a fiestas de disfraces, nadar en ríos, tirarse de un bungee, conocer países, contemplar la vía láctea en una noche en un desierto… Todos guardamos en la memoria experiencias que aquilatamos y configuran nuestra mente y memoria, produciendo alegrías más profundas que cualquier objeto material

Más adelante comprendemos que hay algo superior que las experiencias: el amor mismo de las personas. ¿Qué viaje iguala a la fidelidad de un amor conyugal? ¿Quién cambiaría el amor de un hijo por un reconocimiento laboral? Vinimos a este mundo a amar y a ser amados, y cuando eso se realiza (en el hogar, en el barrio, en el aula, entre los amigos…) casi nada hace falta para ser feliz, pero cuando eso falta, casi nada nos hace felices.

¿De qué tenemos realmente nostalgia? En el fondo de lo mismo que dinamiza y colorea nuestras más grandes esperanzas. Esos dos “resortes”, como decía María Zambrano, tal vez se apoyen en uno y el mismo suelo: el amor. Y ese amor, cuando es verdadero, siempre termina expresándose como acogida. En efecto, las más grandes esperanzas -por continuar con la progresión de la madurez planteada antes entre niño, joven y adulto-, no versan sobre cosas y objetos, por más que los necesitemos; tampoco sobre experiencias, por más que sean interesantes; esperamos, en las profundidades de nuestra alma, ser amados tal como somos, ser aceptados, ser acogidos, ser salvados… y, también, brindar nuestro amor, afecto y obras a quienes los acojan y valoren. Aquí está la más bella de las complementariedades.

En efecto, si por complementariedad entendemos un engranaje que cabe o se ajusta a otro, podríamos caer en una óptica funcionalista, y tal vez tan egoísta como el egoísmo mismo, que ve al otro como una pieza de repuesto para nuestras carencias. Pero si la complementariedad la entendemos en clave de hospitalidad: recibir el don del otro en mi vida, y yo, a mi vez, ser un don recibido por otro, entonces sí podemos decir que estamos hechos para vivir felices en sociedad.

La palabra huésped, derivada del latín hospes, designaba originalmente tanto al anfitrión como al forastero, reflejando una relación recíproca de acogida y cuidado. Este concepto, ligado desde la antigüedad a un deber sagrado de hospitalidad, expresa que el encuentro con el otro implica apertura, confianza y reconocimiento mutuo, hasta el punto de que quien hospeda también se vuelve huésped. En esa reciprocidad, marcada por la vulnerabilidad compartida, se manifiesta una dimensión ética y espiritual del encuentro.

¿De qué tenemos nostalgia y cuáles son nuestras grandes esperanzas? De hospitalidad. En el más profundo de los sentidos nuestros más bellos recuerdos tienen que ver con un corazón que nos hospedó, de una sonrisa que nos recibió, de unos brazos que nos acogieron. En el más profundo de los sentidos nuestras más hondas esperanzas versan sobre la hospitalidad: la de ser recibidos por un amor infinito y eterno que colme todos nuestros afanes. Ser humano es aprender a que nuestro corazón sea un buen anfitrión y un buen huésped.

¿A quién hospedarás hoy?