Autoridad, poder y servicio
06/05/2024
Autor: Dr. Jorge Medina Delgadillo
Foto: Vicerrector de Investigación

Los tiempos electorales nos pueden servir también de sensibilización acerca del fin y la responsabilidad que implica una posición de autoridad dentro de la Universidad.

El término ‘autoridad’ procede del término latino ‘auctor’, proveniente a su vez del verbo ‘augere’, que significa, ‘hacer crecer’, ‘aumentar’, ‘desarrollar’, ‘provocar progreso’. La etimología no está llamada a ser un mero recuerdo que hay que desempolvar de vez en cuando para darnos baños de cultismos y pedantería; sino que nos invita a mirar la fuente originaria y la raíz, y así acceder al sentido con el fin de preservarlo y actualizarlo. 

Una autoridad es tal y se legitima en su función en la medida en que hace crecer a los demás. Hacerlos crecer significa, indudablemente, hacerlos crecer integralmente y a través de modos adecuados a su dignidad. Con estos dos factores, se abre entonces un análisis de cuadro de doble entrada:

  1. Hacer crecer, pero con modos inconvenientes, como la violencia, la humillación, la mentira o la manipulación, pues, aunque se mire a objetivos loables o metas que parecen convenientes a la institución, el trato denigrante es contraproducente y, en nuestro caso, incongruente.
  2. No hacer crecer, aunque tratemos al otro de modo conveniente, y así, con mucha cordialidad, cariño y falsos respetos, no se motiva, exige o invita a que el otro crezca. Se le deja en lo que los italianos llaman: “dolce far niente”. 
  3. No hacer crecer al otro y, además, usar modos inconvenientes. Por tanto, con tratos indignos dirigir las voluntades de los demás a fines desleales o poco éticos.
  4. Hacer crecer al otro, por supuesto, con un exquisito trato digno y respetuoso. Detengámonos en esta cuarta opción. Una buena jefa o una buena directora no necesariamente es la persona más agradable ni la más tierna, pero si ella es respetuosa y amable, y a la par es exigente y da testimonio, pues indiscutiblemente hará crecer a los que están a su alrededor. 

Este cuarto tipo de personas son las que se denominan, con todo rigor: “autoridades”. 

Porque no basta detentar el poder ni tener un nombramiento formal colgado al entrar a la oficina para que uno llene los zapatos de una autoridad. Porque llegar a ser ‘autoridad’ se gana a golpe de ejemplo cotidiano de “servicio”. Aquí quiero hacer una pausa.

Servir es trabajo bien hecho. Servir es cumplimiento a cabalidad de la encomienda. Servir es empeñar los talentos en pro del bien de los demás. Servir no es servilismo abyecto, decir “sí” a toda costa, conducta tan propia de los aduladores y de los obsequiosos. Servir es el desempeño responsable de la misión en vistas al bien del otro. En efecto, si realmente quiero servir, debo tener en la mira al destinatario, no a mí. Si no, sería “servirme de…” y no “servir a…” 

Cuando uno terminaba una carta, se despedía diciendo: “su seguro servidor…” Cuando uno termina de hacer un favor, termina diciendo: “para servirte…” ¿Estas formalidades son huecas o aún tienen sentido?

Un académico es, ante todo, un servidor. De eso trata esta bella vocación. Piénselo dos veces: ¿qué hacemos sino poner nuestra experiencia, conocimientos y talentos al servicio de los jóvenes que desean aprender? ¿Y qué son los administrativos de una universidad sino servidores tanto de docentes y alumnos y por eso pertenecen a ‘áreas de servicio’? En último término, ¿qué son los puestos directivos, sino servidores de los servidores? Vistas así las cosas, entendemos que a mayor responsabilidad, mayor servicio y desgaste de la propia vida en pro del bien de los demás.

La actitud de servicio es la que evita el peligro del poder ejercido despóticamente y garantiza su ejercicio virtuoso, al que hemos llamado ‘autoridad’. Por eso sólo el que sirve es autoridad, y más lo es quien mejor sirve.

Fácil es mandar. Fácil es opinar y dar razones por las cuales uno dice tener la verdad. Fácil es, cuando uno tiene poder, doblegar voluntades y generar adhesiones. Y no sólo es fácil, el problema es que es placentero y adictivo. El poder seduce o, como reza el dictum de Acton, “power tends to corrupt, and absolute power corrupts absolutely”. Por eso el poder requiere su freno de mano, su brújula, su tensor hacia el bien: el servicio. 

El poder transformado en servicio (poder servirte a ti de la mejor manera posible) hace que cada uno merezca su rol de autoridad. Reconquistemos la autoridad de la cual tal vez ya estemos investidos por la formalidad del puesto, el título académico o la tarima y el pizarrón. Reconquistemos nuestra responsabilidad y demos testimonio, con servicio, de que hacemos crecer al otro. 

Podría terminar esta columna con una crítica a los candidatos a diputados, presidentes municipales, etc. lanzándoles dos preguntas incómodas: ¿Cuántos de ustedes realmente participarían en estas elecciones si tuvieran consciencia plena de que están aspirando a ser “servidores públicos”?, y ¿cuántos los que buscan únicamente “poder”? Pero la verdad estas preguntas son fantoches, ridículas e hipócritas si antes no me las formulo a mí mismo, y si antes los académicos (tan proclives a criticar a los políticos) no se las formulan sinceramente a sí mismos. ¿Por qué estamos en la UPAEP? ¿Por qué somos académicos? ¿Cómo ejercemos nuestro liderazgo académico? ¿En beneficio de quién ejercemos el poder –poco o mucho– que tenemos? ¿En perjuicio de quién ejercemos el poder –poco o mucho– que tenemos? ¿Si alguien hablara de mis virtudes, diría que la que más me describe es el “servicio”?

Cada uno sabe sus cuitas. Por lo pronto, a servir… pues, como dice el dicho, “quien no vive para servir, no sirve para vivir”.