Dos mujeres admirables: Margarita Chorné y Matilde Montoya
02/04/2025
Autor: Dr. Herminio S. de la Barquera y A.
Cargo: Profesor Investigador Escuela de Relaciones Internacionales

Con esta colaboración terminamos nuestras reflexiones sobre mujeres destacadas en la historia, tema al que dedicamos generalmente nuestras columnas del mes de marzo. Hoy deseamos hablar de dos mujeres verdaderamente admirables, pues se trata nada menos que de pioneras que abrieron el camino para que otras mujeres pudiesen recorrerlo después: Margarita Chorné y Salazar y Matilde Petra Montoya Lafragua. Ambas fueron las primeras mujeres en obtener un título universitario en México.

Pero antes de narrar la odisea que Matilde y Margarita tuvieron que recorrer, hagamos un breve repaso de la vida universitaria en el siglo XIX. En dicho siglo ocurren cuatro sucesos importantes para la evolución de las universidades. El primero de estos acontecimientos se desarrolla en Alemania: en lugar de ponerse el acento solamente en la acumulación, ordenamiento y transmisión del conocimiento, se consolida una tendencia que fortalece la investigación, es decir, se acentúa el interés por la generación del conocimiento. Aquí vemos el reflejo de la manera de pensar de Wilhelm von Humboldt (1767-1835), cuyo ideal era la unidad de la investigación y de la docencia, es decir, que los profesores universitarios, además de su labor docente, debían realizar tareas de investigación, para garantizar un alto nivel en la cátedra y para poder transmitir a los estudiantes cualidades científicas. Recordemos que su hermano Alexander (1769-1859) fue precisamente un célebre investigador en diversas disciplinas científicas que lo llevaron a emprender dilatados viajes en diferentes continentes, incluyendo el continente americano y la entonces Nueva España. La aplicación del ideal de ambos hermanos Humboldt, particularmente del primero de ellos, se reflejó en la fundación de la actual Universidad Humboldt de Berlín (1810), una de las más célebres no sólo en Alemania, sino en el mundo entero.

El segundo suceso importante del siglo XIX es que, en la década de los 80, tiene lugar un reordenamiento de las facultades en las universidades europeas y angloamericanas, por lo que comienzan a surgir facultades de ciencias naturales, de ciencias sociales o “del Estado”, de economía y de ciencias del espíritu. Además, se construyen laboratorios, clínicas y observatorios, por lo que hay un marcado acercamiento a la formación de los estudiantes en la práctica. El tercer acontecimiento tiene lugar en la misma época: se empieza a registrar la saturación de ciertas carreras, como las de derecho y de medicina. En México, por ejemplo, la Escuela Normal de Maestras en el entonces Distrito Federal tuvo que cerrar durante todo un ciclo escolar debido al sobrecupo, hacia mediados de la década de los 90 de ese siglo XIX.

Por último, el cuarto acontecimiento fue la asimilación paulatina de mujeres como estudiantes en las universidades. La primera universidad en inscribir mujeres había sido la de Zúrich, en 1840, pero al principio sólo las admitía como oyentes; a partir de 1867 ya podían inscribirse de manera formal. Los antecedentes eran muy pocos: la primera mujer en obtener el grado de doctora (Dr. Phil.), había sido Elena Lucrezia Cornaro, en 1678, en la Universidad de Padua. En 1731 otra mujer no sólo se doctoró en física, sino que fue la primera en obtener una cátedra universitaria: Laura Bassi, a los 20 años, en la Universidad de Bolonia. Pero para el siglo XIX eso ya se había olvidado, además de que estas incursiones femeninas dentro de los muros universitarios habían sido en realidad sucesos aislados, no como parte de una tendencia o de un cambio cultural. El ámbito universitario seguía siendo un coto exclusivamente masculino. Sin embargo, el tesón y la porfía que mostraron las mujeres para poder ingresar a una universidad rindieron frutos poco a poco, en una penosa ruta muy cuesta arriba.

Así, en América Latina, la primera mujer en obtener un título universitario fue Margarita Chorné y Salazar (Ciudad de México, 1864–1962). De ascendencia francesa, Margarita se tituló como odontóloga en 1886, aunque no estudió en la universidad, sino que aprendió con su padre, Agustín, orfebre y célebre dentista. Cuando su hermano se graduó como odontólogo, Margarita también lo ayudaba, por lo que pronto se hizo de muchísima práctica. En la antigua Escuela Nacional de Medicina, a los 21 años de edad, Margarita se sometió a un examen profesional, aun cuando en realidad no había cursado la carrera, sino que había aprendido en la práctica y leyendo muchísimo por su cuenta. Todo transcurrió satisfactoriamente ese día 1° de febrero de 1886, demostrando Margarita ante el jurado que poseía los conocimientos fisiológicos, anatómicos y técnicos necesarios para practicar su profesión de odontóloga, es decir, que podría ejercer al igual que lo hacía cualquier dentista ya titulado. Margarita presentó una carta de un dentista profesional que avaló sus conocimientos, así como cartas de tres personas de reconocida solvencia moral que certificaron que Margarita Chorné era una persona decente y cristiana. El pago para poder presentar el examen era elevado: 100 pesos, tomando en cuenta que la extracción de una muela en ese entonces costaba aproximadamente un peso y que muchas veces Margarita, su padre y su hermano no cobraban si veían que el paciente era pobre. Margarita Chorné se dedicó a la cirugía y se dice que fue la primera en aplicar el éter en la anestesia general.

Un año después se tituló Matilde Montoya Lafragua, la primera mujer en inscribirse y estudiar en una institución de educación superior, pero, al igual que Margarita Chorné, tuvo también que luchar con denuedo en contra de costumbres que dejaban fuera a las mujeres. Matilde nació en la Ciudad de México en 1859 y falleció allí mismo en 1939. Hija de un militar y de una mujer oriunda de Puebla, Matilde demostró desde pequeña su deseo de dedicarse a la medicina, cosa, para una mujer, prácticamente imposible en su época. Para poder acceder a la Escuela Nacional de Medicina, Matilde falsificó su fe de bautizo, cambiándose el nombre y anotando una fecha de nacimiento más temprana: 1852. Después de haber cursado la carrera durante un año, Matilde tuvo que suspender sus estudios debido a dificultades económicas por la muerte de su padre. Se mudó a Cuernavaca, donde fue invitada a ejercer la obstetricia. El problema es que carecía de título, por lo que se formó un jurado para examinar sus conocimientos y habilidades. El resultado: fue declarada apta para ejercer la labor de partera, y eso que sólo contaba con 14 años de edad…

Poco tiempo después logró reanudar sus estudios a pesar de los obstáculos. Por ejemplo: los estatutos se interpretaban, erróneamente, como si sólo fuesen aplicables a estudiantes del género masculino. No obstante, obtuvo su nombramiento como partera en 1873, a los 16 años, noticia muy difundida en los medios de comunicación de la época. En 1880, Matilde se trasladó a Puebla y se matriculó en la Escuela de Medicina y Farmacia para seguir sus estudios. En esta ciudad, algunos médicos envidiosos trataron de evitar que siguiera estudiando y ponían en duda sus capacidades y conocimientos, por lo que Matilde optó por marcharse a Veracruz. A finales de 1881 solicitó su reingreso a la Escuela Nacional de Medicina, pero no se le permitía realizar su examen profesional. Tuvo entonces la idea de escribir una carta al Presidente de la República, el General Porfirio Díaz. Como lo que se atravesaba en el camino eran los estatutos mal redactados de la institución educativa, Díaz solicitó su reforma a la Cámara de Diputados, pero como estaba en receso, emitió un acuerdo presidencial para posibilitar la realización del examen profesional de Matilde.

En la Escuela Nacional de Medicina no tuvieron más remedio que fijar la fecha del examen, pero en un salón modesto y algo escondido. Cuál sería la sorpresa de los organizadores cuando, unos minutos antes de que comenzara el examen, el 24 de agosto de 1887, vieron por una ventana que se aproximaba, a pie desde el cercano Palacio Nacional, el mismísimo Presidente Díaz, acompañado de su esposa y de algunos Secretarios de Estado. Como por arte de magia, el examen se trasladó a una sala más digna, pues Don Porfirio y su séquito asistieron como testigos de tan singular acontecimiento: el examen profesional de una postulante mujer. Así que, a pesar de la molestia de algunos profesores y estudiantes, Matilde Montoya fue sometida a examen, que aprobó de manera brillante, por lo que recibió su título de Médico Cirujano y Partero (sic.) de manos nada menos que del General Don Porfirio Díaz Mori, Presidente de la República.

Siguiendo el ejemplo de su madre, quien le enseñó a ver en la práctica de la medicina una especie de sacerdocio y no un medio para lucrar, Matilde sostuvo durante muchos años un consultorio gratuito.

¿Qué dirían Matilde y Margarita, si supieran que, en la actualidad, por lo menos en México, hay más mujeres que varones estudiando en las universidades? ¿Y que los varones ya son minoría en medicina? El ejemplo de ambas mujeres nos recuerda el espíritu que alimentó a la escritora humanista Laura Cereta (1469-1499), quien escribió, en su Epístola LXV: “No puedo tolerar que ataques a todo mi género. ¿Por qué, pregunto, debe ser considerado un delito que una mujer busque el conocimiento? ¿No es este un don natural, otorgado por igual a todos los seres humanos por la Divina Providencia? Sin embargo, se nos niega, se nos encierra en la ignorancia, y luego se nos culpa por la debilidad que esa misma ignorancia produce.”