El célebre estudioso mexicano de la política Daniel Cosío Villegas (1898-1976) publicó en 1974 un libro llamado “El estilo personal de gobernar”, en el que analizó, con una visión crítica, el sexenio y la forma de gobernar de Luis Echeverría Álvarez (1922-2022), de triste memoria. En dicha obra, Cosío afirmaba que, dadas las características del sistema político mexicano, los defectos del presidente de la república se convierten en parte esencial de los rasgos distintivos del sistema político mexicano. Es decir: si el régimen es autoritario, las patologías del presidente, como cabeza del Estado, del gobierno y de su partido (el PRI), se vuelven también patologías del gobierno mismo.
Traemos a cuento a Don Daniel porque, en los meses recientes, algunos estudiosos están analizando las formas de gobernar de Donald Trump, por lo que hace imposible no recordar al emblemático crítico del régimen priista y su célebre estudio sobre el estilo personal de gobernar en el México autoritario de los años setenta. Ahora, sin pretender trazar paralelismos entre los estilos personales de dos gobernantes muy locuaces, caóticos y autoritarios -Echeverría y Trump-, haremos un breve análisis de las características personales del gobierno (o desgobierno) del presidente estadounidense.
Quizá podamos resumir el estilo de Trump con tres palabras: bravatas, amenazas y ultimatos. Vayamos por partes.
Desde que comenzó su segundo mandato como presidente de los Estados Unidos, su gobierno se ha caracterizado por ejercer una presión fuertísima sobre sus interlocutores, amenazarlos (generalmente con la imposición de aranceles), fijarles un ultimátum y exigir la firma de un “deal” (trato). En primer lugar, las amenazas, en general, sólo tienen efecto si la persona amenazada cree que el actor que amenaza tiene la capacidad y la voluntad de llevar a cabo lo que afirma; a esto se le llama “credibilidad”. Así que las amenazas de Trump adquieren peso y credibilidad porque provienen de la persona más poderosa del mundo, quien además sazona sus dichos con abundantes actos de bravuconería y blandiendo las armas que el poder de su investidura le confiere. El poder le da peso a la amenaza. A esta le sigue por lo general la imposición de un ultimátum y la exigencia de llegar a un acuerdo, que debe ser, por supuesto, favorable a los Estados Unidos. O, mejor dicho, favorable al discurso de Trump, quien muchas veces no sabe que esos acuerdos pueden ser muy perjudiciales, a la larga, para su país.
El problema aquí, como observamos en muchos líderes populistas, es que tienden a actuar sin una visión estratégica, sino con objetivos difusos; esto es producto, muchas veces, tanto de su ignorancia en muchos temas como también de su renuencia a escuchar a los que sí saben. De ahí el cambio de rumbo y el fracaso de sus políticas a mediano y largo plazo. El rumbo zigzagueante se refleja en el constante cambio de las fechas de sus ultimatos, o en fijar fechas muy lejanas para aplicar sus amenazas: a Putin le dio 50 días para señalizar su disposición para sentarse a negociar y llegar a un “deal” sobre Ucrania. Lo más probable es que, cuando ese término se cumpla, Trump lo vuelva a posponer.
La política comercial del actual presidente estadounidense es quizás el ejemplo más evidente del constante cambio de rumbo, y demuestra que los plazos que fija pueden ser muy flexibles, al igual que su definición de lo que es un acuerdo favorable. A principios de abril, por ejemplo, Trump mostró un cartel a las cámaras en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca, en una pose que nos hizo pensar en Moisés mostrando las Tablas de la Ley a los asustados israelitas. En él, señalaba los llamados aranceles recíprocos contra numerosos países con los que el gobierno estadounidense cree que tiene un déficit comercial particularmente grande e injusto. Esto causó una conmoción mundial, por lo que las bolsas se desplomaron. Ante este panorama, Trump suspendió la mayoría de estos aranceles durante 90 días. Esta pausa se utilizaría para las negociaciones, y Trump y su equipo se veían en una posición ventajosa: "Se mueren por llegar a un acuerdo. Dicen: 'Por favor, por favor, lleguemos a un acuerdo, haré lo que sea por un acuerdo, señor'", dijo el presidente, con gran autosatisfacción, sobre los países afectados por sus amenazas arancelarias, poco antes de anunciar el aplazamiento. Su asesor económico, Peter Navarro, consideró, haciendo alarde de fanfarronería, la posibilidad de "90 acuerdos en 90 días".
Como ocurre con las personas y los políticos fanfarrones y habladores, la realidad se encargó, en las semanas siguientes, de mostrar claramente que las cosas no son tan sencillas. Tras 90 días, sólo se habían alcanzado unos pocos acuerdos y, según los observadores, estos “deals”, si los hubo, se parecían más a acuerdos marco que a acuerdos comerciales tradicionales y concretos.
Poco antes de que venciera el plazo, Trump simplemente lo pospuso tres semanas hasta principios de agosto, tras lo cual renovó las amenazas a sus socios comerciales mediante cartas arancelarias. Si bien amenazó a la Unión Europea con aranceles del 20 % en su aviso de abril, fue un paso más allá en su carta: ahora serían del 30 %.
Trump se refirió recientemente a esta amenaza intensificada como un "acuerdo", pero también dejó claro que las conversaciones continúan. ¿Habrá finalmente un acuerdo real? Esta opción está completamente en el aire.
El comportamiento de Trump hacia Irán difícilmente puede analizarse de forma aislada de su aliado, el impresentable Netanyahu, pero sí los mensajes que envió a Teherán y al mundo. Presentan la imagen de un presidente serio en sus amenazas si no se llega a un acuerdo antes de la fecha límite que estableció. Pero que todo suceda exactamente cuándo y cómo Trump pretendía es, sin embargo, no tan importante para esa imagen pública.
En abril, Estados Unidos e Irán reanudaron las conversaciones tras años de haberse interrumpido, gracias a la mediación de Omán. El objetivo era llegar a un nuevo acuerdo nuclear. Trump había enviado previamente una carta al líder supremo iraní, Alí Jamenei, expresando su esperanza de que Irán negociara, "… porque si tenemos que intervenir militarmente, será terrible". Según informes de prensa, el presidente estadounidense también le fijó a Jamenei un plazo de dos meses para el inicio de las negociaciones.
Aproximadamente dos meses después del inicio de las conversaciones, se planeó otra ronda de conversaciones entre Irán y Estados Unidos, pero esto nunca ocurrió, pues fue cuando tuvo lugar el ataque de Israel a Irán. Trump presentó esto en la plataforma “Truth Social” como consecuencia de la falta de voluntad para llegar a un acuerdo: hace dos meses, le había dado a Irán un ultimátum de 60 días para llegar a un acuerdo, escribió. "¡Deberían haberlo hecho! Hoy es el día 61".
Unos días después, Estados Unidos atacó con bombarderos B-2 las tres instalaciones nucleares más importantes de Irán que, según Trump, fueron destruidas por completo. Sin embargo, la magnitud real de los daños sigue siendo una incógnita; de hecho, todo parece indicar que los daños fueron mucho menores de lo que Trump afirmó. Otro punto que ejemplifica su andar errático como presidente es que, durante su campaña, les prometió a sus seguidores que mantendría a su país fuera de los conflictos militares internacionales. Aquí vale recordar las palabras de Otto von Bismarck, el “Canciller de Hierro”: “Nunca se dicen más mentiras que antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería”.
Si bien Trump anunció poco después un alto el fuego y el fin de la guerra de doce días entre Israel e Irán, el conflicto subyacente sigue sin resolverse de raíz. Trump anunció la reanudación de las conversaciones a finales de junio. Sin embargo, no se han anunciado nuevas negociaciones entre Estados Unidos e Irán sobre su controvertido programa nuclear. En cualquier caso, surge la pregunta de cuán serios son los esfuerzos de Trump por alcanzar un nuevo acuerdo nuclear. ¿Realmente consideró realista negociar dicho acuerdo en tan sólo unos meses? Pasaron años desde las negociaciones iniciales hasta la conclusión del acuerdo nuclear de Viena, que limitaba el programa nuclear de Irán, en 2015. De hecho, podemos decir que el mismo Trump tiene parte de culpa en que esta situación no se resuelva, pues él se retiró unilateralmente de dicho acuerdo en 2018, durante su primer mandato. La razón: como ese acuerdo no lo había negociado ni alcanzado él, entonces estaba mal, así que se salió. Como hemos dicho, Trump no actúa con visión estratégica.
En comparación con la política exterior, la combinación de bravatas, amenazas y plazos de Trump parece más efectiva en casa, es decir, en la política interior. Quizás su mayor éxito hasta la fecha en su segundo mandato sea la aprobación de la ley conocida como "One Big Beautiful Bill" (BBB, “Un Gran y Hermoso Proyecto de Ley”). Sin embargo, no todo se llevó a cabo de manera tersa, pues hubo reservas sobre este proyecto de ley de impuestos y gastos dentro de las propias filas republicanas, como ya hemos explicado anteriormente en esta misma columna que perpetramos cada semana.
Cuando terminó todo el proceso de negociación y discusión, Trump pronunció estas brillantes, solemnes y profundas palabras, sobre las que he estado reflexionando sin entender bien a bien qué quiso decir: "Lo que hice fue hablar de lo bueno que es el proyecto de ley. Es decir, creo que es un trato, pensándolo bien". Emplearé mis vacaciones de verano para seguir cavilando sobre ello, con el riesgo de sufrir un calambre cerebral.